NoticiasActualidadLiteraria/EDL/01-02-2010Un talento intensamente vivo y actual: Martin Amis recuerda a John Updike a un año de su muerte

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 Un talento intensamente vivo y actual: Martin Amis recuerda a John Updike a un año de su muerte

John Updike II
Mi único encuentro con John Updike –una entrevista de dos horas– tuvo lugar en un hospital de Massachusetts (donde tenía programada la extirpación de una verruga precancerosa de su mano derecha). Fue en 1987; yo tenía 38 años y él, 55. Y veintidós años después, el 27 de enero de 2009, Updike sucumbió al cáncer de pulmón en un hospital de Massachusetts. La coincidencia tiene muy poco de sorprendente. Sin embargo, en el año de su deceso, he pensado en mi interludio con esta gran presencia estadounidense, presencia que ahora es una ausencia de las mismas proporciones. Y he pensado en Updike, y en el arte de Updike, en el ambiente hospitalario. Además, nuestro largo encuentro, en el Hospital General, contenía el modesto presagio, el pequeño augurio, de una muerte anunciada....

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Por Martín Amis

Ese día de verano, el bar del hospital, horrorosamente enorme, fue escenario de todo tipo de achaques. Y en esa galería de enfermedades, Updike estaba intensamente vivo. La hiperactividad de sus impresiones sensoriales era palpable, casi audible. Yo sentía estar en presencia de una gran formación militar, de un comando aeroespacial de recolección de datos y microinspección. ...

"¡Dios mío", dijo con regocijo, "estamos rodeados de todo tipo de norteamericanos enfermos! Mire los anteojos de esa mujer". Una mujer pasó a tientas con lo que podría haber sido un par de antiparras de soldador. "Me imagino que no quiere nada de luz en los ojos... Dios mío, mire a aquel otro. ¡Mírele los hombros! Mire las piernas de esa chica"....

Sobre la cuestión de por qué nos gustan determinados personajes literarios y nos disgustan otros, Updike, en cuanto crítico, es categórico: "Lo que nos gusta es la vida". Lo que nos gusta es la vida; y la vida es naturaleza muerta en especial, quizá, cuando está amenazada no sólo por la enfermedad sino también por las dificultades económicas. La mole interminable del Hospital General de Massachusetts, como un enorme y próspero campo de concentración, con sus innumerables subdepartamentos de corazón, pulmón, riñón, vejiga, cerebro, también se parecía a un bazar o incluso a un shopping, donde los norteamericanos enfermos, individualistas y defensores de la libre empresa hasta el final, compraban bienestar....

Yo dije: "Ayer leí "La ciudad". Una obra de perfección joyceana". "Gracias. Volveremos a Joyce. Mire a esa señora que acaba de salir del ascensor. La que tiene..." Updike estaba alborozado, fascinado, extasiado; Updike estaba vivo....

Recordamos los motines somáticos, las horribles alternativas y las épicas internaciones que soporta Conejo Angstrom, el antihéroe de la serie de novelas de Updike-Conejo, tan animoso y dinámico (y tan laxo y esclerótico) como el Estados Unidos que personifica. Y los dramas y las preocupaciones médicas se inmiscuyen cada vez más en la ficción posterior de Updike, del mismo modo que demoran y agobian las conversaciones de todos los que tienen más de 55 años. Pero quizá "La ciudad", cuento de 1981 que pertenece a la colección De la finca (1987), se destaca como la visita más perfectamente cristalizada de Updike a la tierra de los enfermos....

"Una obra de perfección joyceana", dije. En realidad, no es totalmente perfecta, y no es del todo joyceana, lo cual es un mérito; Updike desperdició varios años de su época de plenitud en un infructuoso intento de transferir los ritmos del pensamiento de Leopold Bloom a los apáticos adúlteros de los suburbios estadounidenses (Parejas, El regreso de Conejo y, de manera más errática, The Maples Stories). "La ciudad" es Updike en estado puro: es a la vez embarazosamente íntimo e imponentemente universal. La primera oración nos da el comienzo ("Empezó a dolerle el estómago en el avión, cuando los motores cambiaron de tono para descender") y la segunda nos da el primer espasmo de negación, o la búsqueda de una causa inmediata: "Carson (Bob Carson, un vendedor de computadoras de segunda) al principio les echó la culpa de su dolor a los maníes salados y congelados", de los que, en el avión, había consumido dos paquetes, junto con un whisky.

Cuando desembarca, Carson rencorosamente sigue haciendo responsables a los maníes –los maníes, la bebida, el zumbido de los motores del avión, y luego, y con más autocompasión, al tedio de la mediana edad: "ducharse y afeitarse a la mañana y ponerse la ropa y luego, dieciséis horas más tarde, sacársela". En la cola del taxi, el primer síntoma decisivo lo convence de faltar a sus citas e ir directo al hotel: "Una repentina y transparente oleada de náuseas, como una sacudida en el vuelo del 747..."

La criatura herida quiere irse a la cama; pero primero tenemos la fantasmagórica fealdad del hotel, donde, mientras Carson sigue al "botones vestido de un rojo amarronado por el corredor alfombrado de naranja, no sólo los colores eran nauseabundos sino que además los planos de la pared y el piso parecían desencuadrados, como si el dolor que no quería ceder lo transportara a un nuevo conjunto de coordenadas..." Nuevas coordenadas, perspectivas extrañas: "Para cambiar de posición, Carson se tendió sobre el piso frío del baño, admirando la complejidad y los gruesos labios de la parte inferior de los artefactos de porcelana y la tableta lejana y brillante del espejo escorzado"....

La negación ahora se diversifica con la fe ciega en el renacimiento, del mismo modo que se diversifica y bifurca la identidad de Carson: los compromisos reprogramados a toda prisa sólo lo molestan "remotamente, porque de todo se ocuparía una persona muy distinta: su yo recuperado y resucitado". Va a la farmacia del hotel y compra el remedio patentado conocido: un frasco de Maalox. "El medicamento sabía a greda y polvillo y, tras un momento de vacilación, le dio al dolor un grado más de mordacidad, como de diminutos dientes cubiertos de arena". Ahora ya el acostumbramiento está haciendo lo poco que puede: "En los espacios oscuros de la habitación, su dolor se había convertido en un compañero... dejó que la tarde se consumiera hasta transformarse en noche y pensó cómo la infelicidad misma llega a ser una especie de hogar"....

Reuniendo los últimos jirones de fuerza de voluntad (y deseoso de oír una voz humana), Carson llama a la conserjería. Un joven empleado recomienda el servicio de emergencias del hospital municipal. Después de un viaje en taxi de "sorprendente" duración, llega a la "enorme y brillante mole"; espera –ansía– "entregar la carga de su cuerpo íntegramente, pero en cambio se vio obligado a arrastrarlo a una nueva serie de esfuerzos: formularios que llenar, pruebas que dar sobre su aptitud financiera para estar enfermo..." ...

La última frase, con su tímida ironía, es el primer reconocimiento del peculiar barbarismo estadounidense contenido en el cuento: la fatal sinergia de salud pública y lucro privado. No obstante, la peculiaridad, mencionada de nuevo sólo una vez más, a partir de aquí se dramatiza en silencio. Como hombre, Updike acepta el estilo norteamericano; pero como artista es consciente de sus deformaciones. Su mente subliminal sabe que estar enfermo en los Estados Unidos no es como estar enfermo en otros lugares. Y no puede estar bien –¿o sí?– que esa desigualdad nos persiga hasta el lecho de muerte.

Enfermarse invariablemente entraña una degradación del yo; si uno es estadounidense, la degradación también es socioeconómica. Después de todo, Carson es un pequeño burgués (no un bohemio, como su creador). "Carson lentamente volvió a vestirse, aunque la ropa lucía, prenda a prenda, tan raída que casi no parecía suya". Si en los Estados Unidos uno se siente mal también se va a sentir pobre. Tras una batería de análisis, a Carson le asignan una cama en una sala de tránsito, con otros pacientes que gimen, imploran y tienen arcadas. Durante la noche, abre los ojos y un médico nuevo y más imponente (otro refugiado del gran mundo) lo está mirando: "Carson deseaba resarcirlo socialmente pero estaba en una situación desventajosa para hacerlo, acostado de espalda y casi desnudo... Era muy consciente de que, aunque la hora inmoral y el entorno deshonroso se habían convertido en su propio hábitat, el médico estaba sano y debía tener una casa digna, una familia, una rutina a la cual volver".

Se diagnostica triunfalmente una apendicitis (con una complicación bien estudiada); el deiforme matasanos operará de inmediato; "sobre ruedas lisas y raudas" Carson flota "con los pies hacia delante" al interior del anfiteatro quirúrgico: "Una joven población de barbijo ya estaba allí, parloteando, de fiesta. "¡Cuántos son!" exclama Carson; estaba inmensamente feliz. Ya se le había pasado el dolor". Esa felicidad persiste y se ramifica, y la segunda mitad de "La ciudad" es una de las odas de Updike al renacimiento comunitario en el armonioso escenario estadounidense. El vándalo interior de Carson, "el demonio ardiente e inabatible que había llevado dentro", es domesticado por la ciencia médica, reducido a "hechos fríos", y esto "reivindicaba a Carson. Porque los enfermos se sienten tan avergonzados como los pecadores, los caídos". El renacimiento implica regresión. El afable cirujano le da breves lecciones "sobre comer y caminar e ir al baño –cosas que debían ser reaprendidas". Carson, conmovedoramente, se enfrasca en un rompecabezas que encuentra en la sala de recreación. De noche lo consuelan presencias no vistas. "Las luces siempre estaban encendidas; siempre había voces murmurando en los pasillos; este mundo no descansaba más que el mundo de los padres al costado de una cuna."

Ahora la realidad conspira para deleitarlo, y su gratitud todo lo abarca. "En la pared situada frente a él, estaba montado un televisor y era obediente a un panel de botones que anidaba en la palma de su mano"; de noche, el "aparato se convertía en un compañero aún más cálido y halagador, con sus colores danzantes y su brillo fluctuante". Carson hace ejercicio, como se le ha indicado, al principio entorpecido por el "espigado y ruidoso portasueros", pero descubre que la cosa tiene "cierto garbo", y su manejo del "fiel" aparato llega a parecerle "airoso". Para entonces, de Carson no mana nada más peligroso que una hemorragia de dólares y centavos. Sus indiferentes doctores, siempre a punto de "alzar el vuelo" e ir a algún lugar más agradable, lo vienen a visitar... a cambio de un precio. Pero Carson es estadounidense y no se da cuenta. Vean cómo divaga su mente mientras hace notar la avaricia titilante de sus cuidadores: "Todos ellos hacían sus visitas de modo tan casual y agradable –como si pasaran por allí– que, meses después, Carson se sorprendió de ver cada una de las visitas asentada por fecha y hora en la lista de servicios del hospital facturada a su cargo".

De pronto me viene a la memoria una frase que escribí sobre Lolita y el meticuloso ajuste de cuentas moral a que Nabokov somete a Humbert Humbert: "Como en un hospital estadounidense, hay que responder por cada funda de almohada manchada de lágrimas, por cada pañuelo de papel sucio".

Carson está siendo rebautizado: purificación, regeneración, readmisión. Desde la escalera, divisa la ciudad que no conoció ni conocerá: "Las casas grises y el hormigón con canto rodado que vio por la rejilla de la barrera de cemento, que no permitía una vista más amplia, a Carson sin embargo le parecieron brillantemente reales, húmedos y oscuros y carnosos. Vida, esto era vida. Esto era el mundo". "¿Joyceano le parece?", dijo Updike, cuando nuestra entrevista se acercaba a su fin. "En su perfección. O casi perfección".

"Nada es perfecto. Un poema breve puede ser perfecto pero un cuento de cualquier extensión pronto se expone a "los pecados naturales de la lengua", según la frase de Eliot".

Yo dije: "Usted sabe que Nabokov, cuando enseñaba, calificaba los cuentos que estudiaban. La peor nota que puso fue un 0-, pero Joyce se sacó un 10+++ por "Los muertos". Le podría haber puesto la misma nota a usted por "La ciudad". Dijo que le gustaba mucho su prosa, ¿no es cierto?"

"Eso dijo. Firmó su cartita con un "cordialmente". Era bastante minimalista esa carta. Lo que me hace sospechar que a Nabokov sólo le gustaba mi prosa cuando alababa la prosa de Nabokov. Hace rato que quiero preguntarle: ¿ha leído Finnegans Wake?"

"¿Entero? No. Sólo el principio y el final y algunos pedacitos del medio".

"Yo también. Mm. Asombroso. Me pareció que tenía el aire de un hombre que había leído Finnegans Wake". Me sentí halagado... probablemente por error. ¿Qué tipo de aire sería ese? Obsesivo, anteojudo, onanista.

"Nabokov consideró a Ulises "un libro magnífico"", le dije. "Pero de Finnegans Wake dijo que era "un ronquido en el otro cuarto"... No puedo entender cómo todo el mundo está tan contento. Están en un hospital. Y les está costando un ojo de la cara". "Cuando llegue la cuenta... esa es la parte que duele. Pero todos los norteamericanos tienen seguro. Salvo, naturalmente, los millones que no lo tienen".

"A mí me resulta grotesco. Pagar para estar enfermo".

El me dijo: "A nosotros nos resultaría grotesca la medicina socializada. No pagar, no poder elegir, no tener un arsenal de facultades discrecionales, cuando se trata de algo tan importante como la vida y la muerte. Sería muy poco americano".

Los lectores de "La ciudad" se sorprenderían de ver cuánto se fuma en el hospital de Updike. Había una sala para fumadores en el bar y, tras alguna vacilación, le pregunté si podíamos trasladarnos allí por diez minutos: "Mientras fumo un cigarrillo". "Sí, cómo no", dijo.

"Esto también es grotesco", comenté. "Fumar en el hospital. Supongo que es bueno para el negocio".

"Lo envidio. Yo dejé".

Updike dejó el cigarrillo; pero el cáncer de pulmón es el maratonista de las enfermedades mortales. A los seres humanos les llevó un buen rato descubrir que fumar era malo para su salud. La declaración oficial llegó en 1964, cuando Updike tenía 31 años y ya era veterano de muchos cigarrillos (y luego, de muchos cigarros). "Esa mujer... ¿ve el tamaño del corset que tiene que usar? Aquel hombre de sombrero. Tiene un parlante atornillado en la garganta. El viejo con el...".

Ahora, contemplando el metraje de libros de Updike que tengo en la biblioteca, me cuesta creer que alguna vez fue adicto a algo que no fuera la ética de trabajo. Ah, y a la vida, por supuesto.

Esos ojos suyos activos, la forma de la boca (como conteniendo, con dificultad, una euforia inmensa y misteriosa), el cabello con forma de turbante todavía vigoroso, las manos en la bandeja del té tanto más firmes que las mías que temblaban ante la dimensión y el vigor de su presencia y su talento. Ese día en el hospital, John Updike estaba vivo.


Traducción de Elisa Carnelli
Noticia nº: 3364 | 01-02-2010
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