Erosionada la capacidad transformadora de las vanguardias históricas, en la segunda mitad del siglo XX las causas célebres literarias parecieron quedar reducidas, principalmente y en el sentido más vulgar, a cuestiones políticas e ideológicas. La mirada occidental, acicateada por la Guerra Fría, se encargó de destacar cada una de las disidencias que, a través de la narrativa o la poesía, se producían en la URSS y otros países de la órbita comunista. De esos revuelos, uno de los menos frecuentados es el que desencadenó la publicación de “Una tumba para Boris Davidovich” (1976), de Danilo Kis (1935-1989).
Publica ADN
Por Pedro B. Rey
En el prólogo a esta nueva versión del libro -que inaugura la publicación de toda la narrativa del escritor yugoslavo emprendida por Acantilado-, el poeta Joseph Brodsky explica una singularidad de la disputa que terminó depositando a Kis en su exilio parisiense, donde, celebrado, murió tempranamente: el libro del escándalo nada tiene que ver con el país balcánico ni con su situación interna. "Ninguno de sus personajes es yugoslavo -señala el poeta ruso-estadounidense-: son polacos, rusos, rumanos, irlandeses, húngaros, la mayoría de origen judío. En esencia, "Una tumba para Boris Davidovich" es un informe abreviado y en clave de ficción de la autodestrucción de aquel caballo de Troya, loco y desbocado, llamado Komintern." Los personajes tienen, contra todo, algo en común: "la ideología que ese país profesa y en cuyo nombre fueron asesinados ayer".
Vistas desde el presente, las acusaciones revelan el revés de aquella trama. La más importante, ridícula, fue la de plagio. Algún sagaz crítico señaló las similitudes estructurales entre "Una tumba..." e "Historia universal de la infamia". Esa estructura -relatos subdivididos en pequeños capítulos- acaso no sea más que un homenaje alusivo a un título que bien podría haber aprovechado el propio Kis.
Gracias a su notable manejo de la narración y la lengua, el escritor -hijo de padre judío y madre montenegrina- logra deslizar los temas urticantes que trabaja a un territorio ajeno a clásicos de la denuncia como "El cero y el infinito", de Arthur Koestler, o el masivo "Archipiélago Gulag", de A. Solyenitzin. "Una tumba..." narra historias de individuos que fueron sofocados, de uno u otro modo, por un engranaje político, pero lo hace con un talento sibilino que se ampara en el estilo. Por un lado, usufructúa una variedad de procedimientos de linaje posmoderno (la intromisión del autor, la reflexión sobre la escritura, una erudición desaforada, poblada, puede sospecharse, de información apócrifa). Por otro, enlaza sus siete relatos -muy diferentes entre sí, pero con un denominador común, el aniquilamiento- haciendo que los protagonistas de uno se deslicen, casi sin ser notados, en la trama de otro. En "Los leones mecánicos", por ejemplo, Chelyustnikov es el encargado de escenificarle al comunista francés ...douard Herriot, en su visita a Kiev, una misa religiosa que demuestre que en la URSS existe la libertad de culto. Pero también es aquel que durante la Guerra Civil española, en "La marrana que devora su camada", condujo al irlandés Gould Verschoyle al barco que le significó la captura y la muerte.
La historia de la modesta revolucionaria Hanna Krzyzewska ("La navaja con la empuñadura de palo de rosa"), brutalmente asesinada por una falsa acusación de traición, pasa como una exhalación por otro de los relatos. Estos artilugios hacen que Una tumba , colección de relatos, deje entrever algo que está más allá, la novela que no se cuenta sobre una masacre silenciosa. A Kisparece guiarlo el utópico proyecto de Mallarmé: no escribirlo todo, sino mostrar apenas los fragmentos ejecutados para señalar, así, lo que nunca podrá escribirse, "el resto para el cual no basta una vida".
El volumen, sin embargo, cierra su círculo virtuoso con una nota inesperada, sarcástica y patética. Una breve biografía de A. A. Darmolatov (1892-1968), la vida imaginaria de un literato que sufre una atroz enfermedad testicular, no es el texto más memorable de los que componen el libro, pero sí le permite al autor poner punto final con una moraleja para escritores. Tal vez sea esa estocada, que vuelve Una tumba... para siempre escurridiza, la que perturbó decisivamente a sus inquisidores: "Para escribir -se lee-, no basta con tener huevos".
Ficha:
“Una tumba para Boris Davidovich”
Por Danilo Kis
Acantilado
Trad: Nevenka Vasiljevic
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