NoticiasActualidadLiteraria/EDL/22-02-2010Oscar Wilde ante la justicia: La hipocresía victoriosa. Por Álvaro Ojeda

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 Oscar Wilde ante la justicia: La hipocresía victoriosa. Por Álvaro Ojeda

Oscar Wilde
En 1892 Oscar Wilde (Dublín, 1854-París, 1900) se encontraba, utilizando un lugar común de los que aborrecía, en el cenit de su gloria. El abanico de lady Windermere, su primer éxito teatral, le reportaba por derechos de autor unas 70 libras semanales. Al cambio actual la cifra varía entre 5.500 y 6.500 euros. Cuando en abril de 1895 tenga que pagar los gastos generados por los tres famosos juicios en los que participó, el Síndico de Quiebras nombrado por la Corte confirmará lo que todos presumían: el poeta estaba arruinado. Desde 1892 había dilapidado más de 5.000 libras. Wilde escribió: "El hecho de que un hombre sea un envenenador no dice nada contra su prosa. Las virtudes domésticas no son los verdaderos cimientos del arte". La opinión pública que ovacionaba su obra acabó juzgándolo por esas virtudes domésticas de las que Wilde en materia estética, abjuraba. Nadie recordó esa máxima en el momento de condenarlo por la relación homosexual que mantuvo con lord Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry. Nadie recordó su matrimonio con Constance Lloyd, ni el cariño ni los cuidados profesados a sus hijos Vyvyan y Cyril.

Publica El País (Uruguay)

Por Álvaro Ojeda

Esas virtudes domésticas no lo exoneraron de culpa, porque en rigor la moral victoriana juzgó su obra en forma implacable. La conducta privada de Wilde no era ni mejor ni peor que la de las clases altas que lo demonizaron, pero Wilde había escrito esta modernísima sentencia: "En Inglaterra, un hombre que no puede hablar de moral dos veces por semana ante un gran auditorio popular e inmoral, está casi tan perdido como un político en serio."

La caja. Merlin Holland (Londres, 1945) es el único nieto de Oscar Wilde y escribió Irish peacock & scarlett marquess: the real trial of Oscar Wilde como una cruzada personal en defensa de su abuelo. El título de la obra pudo ser traducido como "El pavo real irlandés y el marqués escarlata" -que era el apodo con el que Wilde motejaba al marqués de Queensberry- pero razones de marketing lo convirtieron en el rimbombante El marqués y el sodomita. El libro consta de tres partes: un interesante prólogo a cargo de John Mortimer, una larga introducción explicativa de Holland y la transcripción de la versión taquigráfica de las tres jornadas del primer juicio (3, 4 y 5 de abril de 1895) inédita hasta el presente, seguidas por abundantes notas, dos apéndices documentales y una iconografía somera. Holland cuenta en la introducción que, siendo adolescente, encontró en un armario de su casa una caja repleta de recortes de diarios y apuntes recopilados por su padre Vyvyan durante 30 años. Como estrategia para alejar a los curiosos, la caja estaba rotulada en caracteres cirílicos. El contenido informaba sobre famosos juicios contra homosexuales basados en la Sección II de la Ley de Enmienda del Derecho Penal vigente en Inglaterra hasta 1967. Dicha enmienda, que pretendía proteger a los menores evitando o al menos retardando el ejercicio de la prostitución, había sido redactada por Henry Labouchère, un amigo de Wilde, y fue utilizada contra éste y otros homosexuales por más de medio siglo. Para Holland el hallazgo fue toda una revelación. Si bien los dos hijos de Oscar Wilde fueron internados en un colegio en Suiza y no volvieron a ver a su padre en vida, la causa del juicio había sido una obsesión para Vyvyan. El nombre de su padre no figuraba entre los recortes de la caja.

Bosie. Todo comenzó en 1891 cuando un amigo en común -Lionel Johnson- puso en contacto a lord Alfred "Bosie" Douglas con Wilde, en la casa de éste en Tite Street. De allí en más Wilde salvó a Bosie de unos chantajistas, lo promovió socialmente y como escritor -acaso su único pecado porque Bosie era un mediocre- lo protegió e intimó con él. Lord Alfred Douglas tenía por entonces 21 años y era el tercer hijo del marqués de Queensberry, un energúmeno que maltrataba a su mujer -de la que estaba divorciado- y a sus tres hijos. Dos de ellos (Alfred y Drumlanrig) fueron homosexuales y el tercero (Percy) estuvo junto a su madre apoyando durante todo el juicio a Wilde. También se sabe que todo el desastre lo inició el propio Wilde demandando a Queensberry por difamación a raíz de una tarjeta dejada por éste en el club Albemarle, acusándolo de sodomita. Holland revisa los juicios con minucia, incluidos los dos que llevó adelante la Corona luego de que Queensberry fuera absuelto en el primero. Y al fin deja en claro que la combinación de la soberbia de Wilde y el arribismo de Bosie precipitaron al escritor en la ruina. Lo novedoso del aporte de Holland además de la recuperación documental, radica en mostrar la extraña velocidad con la que se diligenciaron los juicios que dieron con Wilde en la cárcel de Reading en mayo de 1895. Una velocidad acaso relacionada con el suicidio disfrazado de accidente de caza de Drumlanrig, el hijo mayor de Queensberry, unido amorosamente con Archibald Rosebery, primer ministro inglés durante los juicios contra el escritor. Un padre desesperado, un mediocre despechado y un genio soberbio dieron como resultado una venganza feroz.


Ficha:

"EL MARQUÉS Y EL SODOMITA. Oscar Wilde ante la justicia"
Merlin Holland
Globalrhythm. Barcelona, 2008
Distribuye Océano. 362 págs.


Sobre moral y arte

LA MAÑANA del primer día del juicio, E.H. Carson abogado de Queensberry, interrogó a Wilde:

Carson: Escuche, señor. He aquí una de sus `Frases y filosofías para uso de los jóvenes`: `La maldad es un mito inventado por las buenas personas para poder explicarse el curioso atractivo de los demás.`

Wilde.: Sí.

C.: ¿Cree que es verdad?

W.: Rara vez pienso que lo que escribo es verdad.

C.: ¿Ha dicho `rara vez`?

W.: He dicho rara vez, podría haber dicho nunca.

C.: ¿Nada de lo que escribe es verdad?

W.: No es verdad en el sentido que no se corresponde a un hecho, es una manera deliberada de presentar paradojas, bromas, absurdidades, cualquier cosa; pero no es verdad en el sentido de corresponderse con hechos reales de la vida, desde luego que no; lamentaría mucho pensarlo así.

C.: `Las religiones mueren cuando se demuestra que son verdad.`

W.: Sí, lo sostengo.

C.: ¿Es eso cierto?

W.: Sí...bueno, es una teoría para la filosofía de la asimilación de la religión a la ciencia. Es una cosa demasiado complicada para entrar en ella ahora.

C.: `Quien dice la verdad tarde o temprano será descubierto`.

W.: Sí, creo que es una paradoja muy agradable, pero no le doy mucho valor como axioma.

C.: ¿Cree que es un buen axioma educativo para los jóvenes?

W.: Cualquier cosa que induzca a pensar a cualquier persona de cualquier edad es buena para ella.

C.: ¿Cualquier cosa que induzca a pensar?

W.: Sí, cualquier cosa. (...)
Noticia nº: 3376 | 22-02-2010
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