
Los demonios según G.K. Chesterton: El olivo azul publica Basil Howe y Tratado elemental de
Chesterton: paradojas, ortodoxia y humorismo
Publica La Jornada
Por Bernardo Bátiz V.
Era Chesterton un lector, admirador y recreador de los cuentos de hadas, esa expresión popular que surge desde las raíces más profundas de la cultura europea, da luz a las épocas oscuras y aún forma parte del espíritu subyacente en el mundo moderno; fábulas que son un reducto de ética y de filosofía popular. Esos relatos ciertamente no eran historias sino leyendas, por tanto más dignas de crédito, decía el mismo Chesterton, quien quizás sin saberlo y sin duda sin proponérselo, parecía un personaje de esos cuentos, un gigante de su propio relato; era a la vez el creador y la criatura de una larga y azarosa historia contada para todos, para sus lectores y para sus detractores, para sus amigos y para los desconocidos, sin distingo entre quienes pensaban como él o quienes disentían, siempre, en todo caso, con respeto y honradez intelectual.
Quienes escriben o hablan de Chesterton, aún hoy, pero por supuesto en su tiempo o poco después de su muerte acaecida en 1936, se refieren y se referían a él como un gigante, en lo físico y en lo intelectual, un hombre grande, corpulento, grueso, figura inconfundible y blanco frecuente de los caricaturistas, un hombre sin duda desmesurado que tuvo como característica fundamental el escribir y publicar sin descanso, polemizar, disentir de las corrientes de pensamiento prevalentes, hablar e inventar personajes y situaciones casi al infinito.
Siendo un admirador de la vida activa y de las aventuras, su misma vida fue una larga aventura intelectual, un cuento fantástico en el que era a la vez el gigante y Jack mata gigantes; siempre en medio de la acción, en las calles, en las plazas, en los tranvías suburbanos y en las tradicionales tabernas de Londres y sus alrededores, aunque también, ocasionalmente, invitado a los salones de los aristócratas y de los políticos a donde llegaba con el mismo desparpajo, agudo y picante de su charla plena de humor, polémica, profunda y caballerosa.
Durante toda su vida no paró de escribir poemas, novelas, ensayos, biografías, artículos periodísticos, epigramas, y de su pluma brotaron cientos y cientos de cuartillas y todo ese universo de palabras, personajes, situaciones, paisajes bajo un plan maestro del que nunca se separó: defender al cristianismo de las herejías nuevas y antiguas que lo acosaban, y que en su visión de profeta moderno comprendía que serían para el mundo fuente de desastres, explotación y guerras. Por supuesto, él estaba seguro de que lo que se llamaba entonces la cultura occidental saldría adelante y victoriosa.
Desde muy joven, cuando aún era, como lo describió entonces la esposa de su hermano Cecil, un personaje alto y apuesto, con algo del Cyrano de Rostand en el porte y el desplante, tuvo el gusto por la vida rica en incidentes y acontecimientos, llena de aventuras que lo mantenían dispuesto a los duelos de ingenio, de argumentos y contra argumentos, de retruécanos y paradojas. Un duelista intelectual me parecería una buena descripción de este escritor, verdadero personaje de su tiempo.
Gilbert K. Chesterton nació en 1874, fue amigo y cómplice de travesuras intelectuales de Hilaire Belloc, contrincante en interminables debates, pero también amigo de Bernard Shaw y de H. G. Wells, entre otros, temido en la polémica periodística, brillante y arrollador en el debate verbal, dispuesto siempre, como lo dice en Ortodoxia, a escribir un libro a la primera provocación.
Y muchas veces seguramente fue provocado, porque además de poemas, ensayos, artículos y epigramas para periódicos y revistas, algunas fundadas y dirigidas por él mismo, durante mucho tiempo escribió al menos un libro por año, sin dejar de entregar sus contribuciones periodísticas y sin cesar de dar conferencias y charlas.
Desde su primera novela de juventud se ganó el respeto y el reconocimiento de sus contemporáneos. El Napoleón de Notting Hill muestra un estilo peculiar de narrador a la vez profundo y jocoso, certero y casi cinematográfico en sus descripciones de paisajes y situaciones, imaginativo en la trama que linda con lo estrafalario, pero que se desenvuelve en forma amena e intrigante ante el telón de fondo de un alegato político, un aliento constante de apego, de amor al terruño, que el lector atisba primero y luego encuentra convincente e ineludible.
Su estilo inimitable continuó en otras muchas historias en las que Londres y sus alrededores, la niebla del Támesis, las casas de los barrios, los muelles, las puestas de sol, las hosterías, los colores cambiantes del amanecer o del crepúsculo son el escenario en que entran, salen y actúan personajes inigualables y geniales, casi siempre discutiendo y expresando ideas audaces y brillantes, frecuentemente sorprendentes. Así desfilan en las más conocidas e inquietantes de sus obras de narrativa: El hombre que fue jueves, El Club de los Negocios Raros, Las paradojas de Mr. Pond, Cuentos del Arco Largo y la que en lo personal me parece la más lograda y representativa de su pluma, La esfera y la cruz.
No resisto detenerme en ella. Esta novela, que aún me deleita cuando la releo, fue producto de su madurez intelectual; en ella encontramos envueltos en aventuras interminables a dos personajes enemigos declarados, un católico ferviente y un ateo, escoceses ambos, que deciden que alguno de los dos sale sobrando en este mundo y, como buenos caballeros, recurren a un duelo a espada para decidir cuál es el prescindible. El asalto concertado y sin ventajas es evitado una y otra vez por la policía, que los persigue implacablemente, y por un siniestro personaje, el secretario de Salud, que trata a toda costa de convencer a la opinión pública de que el ya ampliamente conocido duelo mortal por puro ideal y puro romanticismo, es sólo una vaga leyenda y una mala superstición.
Y como los irreconciliables amigos-enemigos tienen que huir juntos para escapar de los incansables agentes de la policía que tratan de aprehenderlos, corren y recorren la campiña inglesa, paran en poblados de pescadores y en hosterías escondidas, siempre buscando el lugar tranquilo para batirse sin ser interrumpidos. Sus correrías les permiten discutir largamente sobre sus diferencias y al lector ser testigo de sus argumentos vehementes, cargados de convicción, expresados por ambos con integridad intelectual y agilidad mental.
Lo más interesante de esta difícil e intrincada historia, que aprisiona al lector, es que en sus correrías los duelistas van topándose con prototipos de corrientes de pensamiento y de formas intemporales de ser de la gente. El ambicioso mercader narigudo que, a sabiendas de que es para cometer un crimen, les vende las armas con tal de obtener su ganancia; el seguidor de Nietzsche, adorador de la violencia, pero él mismo incapaz de enfrentarse a nadie, el lector de Tolstoi, pacifista a ultranza, y así uno a uno, todos los representantes de las ideologías en boga. El desenlace, con su ingrediente romántico, es una ingeniosa e indiscutible lección de ética, de filosofía y de política práctica, pero también una muestra irrebatible del ingenio del narrador, capaz de crear situaciones inesperadas y sorpresivas.
Fue también Chesterton cultivador magistral de la novela policíaca, campo de la literatura al que aporta su personaje singular, el diminuto y aparentemente ingenuo y distraído Padre Brown, héroe principal, tan sagaz y observador como el Sherlock Holmes de Connan Doyle, a quien aventaja en el conocimiento de la naturaleza humana. No es menos interesante el compañero de andanzas del Padre Brown, el ladrón arrepentido, ágil y fuerte, amigo de aventuras y frecuente acompañante del menudo sacerdote católico, el francés Flambeau, siempre dispuesto a la acción y a las hazañas de valor personal, complemento del equipo, equilibrio dialéctico y partícipe de las aventuras.
Chesterton podría haber escalado la fama sólo con los cuentos cortos, pequeñas joyas de la novela policíaca en las que el Padre Brown es el actor principal, pero sus colecciones policíacas son apenas una muestra de su basta obra, aunque sean una muestra genial. Seis libros, nada menos, de aventuras, en los que los criminales y los crímenes más atroces son descubiertos por la sagacidad y el poder de observación del Padre Brown, siempre alerta para penetrar lo mismo los pequeños detalles que delatan al trasgresor que las aberraciones intelectuales y morales que lo inducen al delito.
Desde El candor del Padre Brown, en 1911, que causó gran revuelo en el mundo intelectual de la época, hasta El escándalo del Padre Brown, en 1939, escrito ya cerca del fin de su vida, una de cuyas aventuras sucede en la frontera entre México y Estados Unidos y que cierra la serie. De ella forman parte La sabiduría del Padre Brown, La incredulidad del Padre Brown (tan ferviente creyente) y El secreto del Padre Brown. Sin desperdicio, al igual que sus relatos de La hostería Volante ", El Club de los Negocios Raros y Cuentos del Arco Largo, todos con su sello peculiar, nutridos con las creencias populares y las formas de ser de su entrañable pueblo inglés.
Una veta más del genio chestertoniano, diferente en tono e intención, pero tan brillante, tan rica como sus relatos imaginarios, la constituye el conjunto de sus libros biográficos e históricos. Escudriñó y escribió sobre las vidas de personajes tan distantes y disímbolos como Chaucer y el santo filósofo Tomás de Aquino, o como Charles Dickens, de quien se sentía discípulo y admirador, y San Francisco de Asís, a quien veneraba sinceramente y a quien siempre admiró.
Para Chesterton, San Francisco, el santo poeta, admirador de la naturaleza, incansable caminante y fundador de comunidades y ermitas, es el prototipo del santo católico, a quien confronta y compara con el misticismo oriental encarnado en Buda. Mientras San Francisco, siempre activo e inquieto, yendo de un lugar a otro o construyendo algo, es como una cuerda de violín tensa y vibrante, abierto y entregado al mundo que lo rodea, Buda es un contemplador de sí mismo, "ensimismado", inmóvil, aspirando al nirvana, a la nada, a la pérdida de la individualidad en el todo. San Francisco, por el contrario, incansable, asombrado ante lo que lo rodea y cantando a Dios y a la naturaleza, rescata y resalta su propia e intransferible individualidad, que trasciende pero que no se pierde ni se confunde.
De Charles Dickens dijo alguna vez que el autor de Las Aventuras de Mr. Pickwick, de David Copperfield, entre otras novelas, encontró "el ideal viviente y vigorizante de Inglaterra en las masas", donde debe buscarse, y agrega: "Dickens era humorista, sentimental, optimista, pobre, inglés, y su mayor gloria fue haber visto a la humanidad en su lozanía asombrosa y no haber presentado nunca en sus obras a un gentleman ."
Digna de mención es su admirable estudio sobre Santo Tomás de Aquino, "el buey mudo", con quien sin duda se identificaba por su corpulencia y por lo certero de sus razonamientos. También por su perseverancia y por su solidez en los dos campos en los que son imprescindibles la fe y la razón. De este ensayo biográfico expresó Étienne Gilson, el filósofo y erudito francés, que en él se aprecia a Chesterton, más que como un historiador, como un teólogo.
Otro libro asombroso de Chesterton es su Pequeña historia de Inglaterra, en la que hace gala de erudición inigualable y de amor a su país, sin que esto le impida ser un crítico certero de los personajes negativos que descubre entre los ambiciosos barones terratenientes, explotadores de campesinos y, más adelante, entre los navegantes, mercaderes esclavistas y piratas. En cambio, destaca figuras populares como el buen rey Ricardo, el de las gestas de los juglares medievales, y a otro, al autor de Utopía, Sir Tomás Moro, canciller del reino y mártir de la congruencia y de la integridad personal.
Es Ortodoxia otra de sus universalmente conocidas obras, inclasificable ensayo entre alegato, confesión y credo personal, libro definitorio en el que explica la aventura intelectual de su vida; en él Chesterton expresa con maestría sin igual sus más profundas convicciones, reitera las críticas a las herejías del falso progreso y del individualismo egoísta de su tiempo, y defiende con brío denodado la filosofía cristiana, lo que hoy llamaríamos la justicia social, y a las clases pobres de Inglaterra.
Dice, como preámbulo y metáfora de su aventura intelectual, que siempre había querido escribir la historia de un navegante audaz que zarpa de la vieja Inglaterra para descubrir tierra nuevas y lejanas, y al cabo de un largo recorrido, en lugar de una playa exótica y desconocida, desembarca de nuevo en la misma vieja isla europea de la que había salido a la aventura. La sensación del marino es doble y simultanea, descubre algo nuevo y asombroso que es al mismo tiempo familiar, seguro y acogedor.
En Ortodoxia, traducida al español en forma insuperable por Alfonso Reyes, no hay frase ni palabra desperdiciada o sobrante; G. K. C., como fue identificado por años, sin esta obra no sería entendido cabal y completamente. Su relato brevísimo del explorador que busca lo desconocido y regresa al hogar, es la metáfora de su inquietud intelectual que corre y recorre caminos del pensamiento, y al final encuentra confiado la seguridad de la filosofía tradicional que formó a Europa. En una de sus clásicas paradojas dice: "Yo soy el hombre que con suprema osadía descubrió lo que ya estaba descubierto."
No fue por cierto ni un especialista en economía ni un politólogo al estilo moderno, pero en toda su obra se pone siempre de lado del pueblo frente a sus explotadores, de lado de los humildes y su dignidad, y nunca del lado de los soberbios, arrogantes, codiciosos que se jactan de su falsa grandeza. Frente al capitalismo rampante de la era victoriana, antepone su critica certera a los mercaderes y agiotistas, y no podemos olvidar, al tratar este tema, que en su juventud escribió para la moralización de la política y en defensa de los desvalidos. Fue en la revista New Witness en donde defendió y divulgó con otros camaradas, la corriente que llamaron el "distributismo" en defensa de la economía popular, como diríamos hoy y entonces especialmente, en defensa de la pequeña propiedad y en contra de la concentración de la riqueza. Fue siempre crítico severo de la plutocracia y del gobierno fundado en la protección de los intereses de los poderosos.
Su pensamiento, sus personajes, su alegre sabiduría han influido profundamente en todas partes. Los conocedores del tema saben que por todo el mundo, no sólo en Inglaterra, abundan los clubes de seguidores y admiradores de Chesterton, y hay páginas y portales en internet que se ocupan de su obra. En España las ediciones de traducciones de sus libros se han repetido una y otra vez; uno de sus traductores fue nada menos que Manuel Azaña.
En América Latina su influencia es indudable; podemos decir que al menos dos de los grandes de las letras latinoamericanas lo admiraron y respetaron; Alfonso Reyes fue su lector asiduo y su mejor traductor al español, y Jorge Luis Borges, quien lo citaba con frecuencia y se sentía su deudor intelectual y discípulo. En México frecuentemente se le cita. Un amplio artículo de Federico Arteaga, que conservo sin fecha ni fuente, pero que fue publicado en una revista local, es un excelente estudio y un homenaje a Chesterton. La editorial Polis, que tan buenos libros tenía en su acervo, contrarios al pensamiento oficial, en 1937, poco después de la desaparición física de Chesterton, publicó un pequeño libro en su homenaje, en el que escribieron sendos ensayos sobre él, el inquieto intelectual y alma de Polis, Jesús Guiza y Acevedo, el padre Antonio Brambila y Joaquín García Pimentel.
Para mí, y para muchos de mi generación, quienes nacimos en la década en que Chesterton murió, su influencia ha sido indudable y es nuestro deber rescatarlo para, al menos, proponerlo a las nuevas inquietudes y a las nuevas generaciones que buscan su propio camino y aspiran aún a pensar y convencer. Termino este trabajo con una cita clásica del extraordinario escritor, tomada de Ortodoxia, cuando en el primer capitulo del libro explica a quién sí y a quién no dirige su alegato: "Si hay quien mantenga que la extinción es preferible a la existencia, o la vida opaca preferible a la variedad y a la aventura, a ése no lo cuento entre los míos, con ése no hablo. Al que escoge la nada, la nada le doy."
Cómo escribir un cuento policíaco
Por G.K. Chesterton
Que quede claro que escribo este artículo siendo totalmente consciente de que he fracasado en escribir un cuento policíaco. Pero he fracasado muchas veces. Mi autoridad es por lo tanto de naturaleza práctica y científica, como la de un gran hombre de estado o estudioso de lo social que se ocupe del desempleo o del problema de la vivienda. No tengo la pretensión de haber cumplido el ideal que aquí propongo al joven estudiante; soy, si les place, ante todo el terrible ejemplo que debe evitar. Sin embargo creo que existen ideales para la narrativa policíaca, como existen para cualquier actividad digna de ser llevada a cabo. Y me pregunto por qué no se exponen con más frecuencia en la literatura didáctica popular que nos enseña a hacer tantas otras cosas menos dignas de efectuarse. Como, por ejemplo, la manera de triunfar en la vida.
La verdad es que me asombra que el título de este artículo nos vigile ya desde lo alto de cada quiosco. Se publican panfletos de todo tipo para enseñar a la gente las cosas que no pueden ser aprendidas como tener personalidad, tener muchos amigos, poesía y encanto personal. Incluso aquellas facetas del periodismo y la literatura de las que resulta más evidente que no pueden ser aprendidas, son enseñadas con asiduidad.
Pero he aquí una muestra clara de sencilla artesanía literaria, más constructiva que creativa, que podría ser enseñada hasta cierto punto e incluso aprendida en algunos casos muy afortunados. Más pronto o más tarde, creo que esta demanda será satisfecha, en este sistema comercial en que la oferta responde inmediatamente a la demanda y en el que todo el mundo esta frustrado al no poder conseguir nada de lo que desea. Más pronto o más tarde, creo que habrá no sólo libros de texto explicando los métodos de la investigación criminal sino también libros de texto para formar criminales. Apenas será un pequeño cambio de la ética financiera vigente y, cuando la vigorosa y astuta mentalidad comercial se deshaga de los últimos vestigios de los dogmas inventados por los sacerdotes, el periodismo y la publicidad demostrarán la misma indiferencia hacia los tabúes actuales que hoy en día demostramos hacia los tabúes de la Edad Media. El robo se justificará al igual que la usura y nos andaremos con los mismos tapujos al hablar de cortar cuellos que hoy tenemos para monopolizar mercados. Los quioscos se adornaran con títulos como La falsificación en quince lecciones o ¿Por qué aguantar las miserias del matrimonio?, con una divulgación del envenenamiento que será tan científica como la divulgación del divorcio o los anticonceptivos.
Pero, como a menudo se nos recuerda, no debemos impacientarnos por la llegada de una humanidad feliz y, mientras tanto, parece que es tan fácil conseguir buenos consejos sobre la manera de cometer un crimen como sobre la manera de investigarlos o sobre la manera de describir la manera en que podrían investigarse. Me imagino que la razón es que el crimen, su investigación, su descripción y la descripción de la descripción requieren, todas ellas, algo de inteligencia. Mientras que triunfar en la vida y escribir un libro sobre ello no requieren de tan agotadora experiencia.
En cualquier caso, he notado que al pensar en la teoría de los cuentos de misterio me pongo lo que algunos llamarían teórico. Es decir que empiezo por el principio, sin ninguna chispa, gracia, salsa ni ninguna de las cosas necesarias del arte de captar la atención, incapaz de despertar o inquietar de ninguna manera la mente del lector.
Lo primero y principal es que el objetivo del cuento de misterio, como el de cualquier otro cuento o cualquier otro misterio, no es la oscuridad sino la luz. El cuento se escribe para el momento en el que el lector comprende por fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los múltiples preliminares en que no. El error sólo es la oscura silueta de una nube que descubre el brillo de ese instante en que se entiende la trama. Y la mayoría de los malos cuentos policíacos son malos porque fracasan en esto. Los escritores tienen la extraña idea de que su trabajo consiste en confundir a sus lectores y que, mientras los mantengan confusos, no importa si les decepcionan. Pero no hace falta sólo esconder un secreto, también hace falta un secreto digno de ocultar. El clímax no debe ser anticlimático. No puede consistir en invitar al lector a un baile para abandonarle en una zanja. Más que reventar una burbuja debe ser el primer albor de un amanecer en el que el alba se ve acentuada por las tinieblas. Cualquier forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas verdades valiosas. Y por más que nos ocupemos de nada más importante que una multitud de Watsons dando vueltas con desorbitados ojos de búho, considero aceptable insistir en que es la gente que ha estado sentada en la oscuridad la que llega a ver una gran luz; y que la oscuridad sólo es valiosa en tanto acentúa dicha gran luz en la mente.
Siempre he considerado una coincidencia simpática que el mejor cuento de Sherlock Holmes tiene un titulo que, a pesar de haber sido concebido y empleado en un sentido completamente diferente, podría haber sido compuesto para expresar este esencial clarear: el título es "Resplandor plateado" ("Silver Blaze").
El segundo gran principio es que el alma de los cuentos de detectives no es la complejidad sino la sencillez. El secreto puede ser complicado pero debe ser simple. Esto también señala las historias de más calidad. El escritor esta ahí para explicar el misterio pero no debería tener que explicar la propia explicación. Ésta debe hablar por sí misma. Debería ser algo que pueda decirse con voz silbante (por el malo, por supuesto) en unas pocas palabras susurradas o gritado por la heroína antes de desmayarse por la impresión de descubrir que dos y dos son cuatro. Ahora bien, algunos detectives literarios complican más la solución que el misterio y hacen el crimen más complejo aun que su solución.
En tercer lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el personaje que lo explican todo, deben resultar familiares al lector. El criminal debe estar en primer plano pero no como criminal; tiene que tener alguna otra cosa que hacer que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en el proscenio. Tomaré como ejemplo el que ya he mencionado, "Resplandor plateado". Sherlock Holmes es tan conocido como Shakespeare. Por lo tanto, no hay nada de malo en desvelar, a estas alturas, el secreto de uno de estos famosos cuentos. A Sherlock Holmes le dan la noticia de que un valioso caballo de carreras ha sido robado y el entrenador que lo vigilaba asesinado por el ladrón. Se sospecha, justificadamente, de varias personas y todo el mundo se concentra en el grave problema policial de descubrir la identidad del asesino del entrenador. La pura verdad es que el caballo lo asesinó.
Pues bien, considero el cuento modélico por la extrema sencillez de la verdad. La verdad termina resultando algo muy evidente. El caballo da título al cuento, trata del caballo en todo momento, el caballo está siempre en primer plano, pero siempre haciendo otra cosa. Como objeto de gran valor, para los lectores, va siempre en cabeza. Verlo como el criminal es lo que nos sorprende. Es un cuento en el que el caballo hace el papel de joya hasta que olvidamos que una joya puede ser un arma.
Si tuviese que crear reglas para este tipo de composiciones, esta es la primera que sugeriría: en términos generales, el motor de la acción debe ser una figura familiar actuando de una manera poco frecuente. Debería ser algo conocido previamente y que esté muy a la vista. De otra manera no hay autentica sorpresa sino simple originalidad. Es inútil que algo sea inesperado no siendo digno de espera. Pero debería ser visible por alguna razón y culpable por otra. Una gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir cuentos de misterio es encontrar una razón convincente, que al mismo tiempo despiste al lector, que justifique la visibilidad del criminal, más allá de su propio trabajo de cometer el crimen. Muchas obras de misterio fracasan al dejarlo como un cabo suelto en la historia, sin otra cosa que hacer que delinquir. Por suerte suele tener dinero o nuestro sistema legal, tan justo y equitativo, le habría aplicado la ley de vagos y maleantes mucho antes de que lo detengan por asesinato. Llegamos al punto en que sospechamos de estos personajes gracias a un proceso inconsciente de eliminación muy rápido. Por lo general, sospechamos de él simplemente porque nadie lo hace. El arte de contar consiste en convencer, durante un momento, al lector no sólo de que el personaje no ha llegado al lugar del crimen sin intención de delinquir si no de que el autor no lo ha puesto allí con alguna segunda intención. Porque el cuento de detectives no es más que un juego. Y el lector no juega contra el criminal sino contra el autor.
El escritor debe recordar que en este juego el lector no preguntará, como a veces hace en una obra seria o realista: ¿Por qué el agrimensor de gafas verdes trepa al árbol para vigilar el jardín del medico? Sin sentirlo ni dudarlo, se preguntará: ¿Porque el autor hizo que el agrimensor trepase al árbol o cuál es la razón que le hizo presentarnos a un agrimensor? El lector puede admitir que cualquier ciudad necesita un agrimensor sin reconocer que el cuento pueda necesitarlo. Es necesario justificar su presencia en el cuento (y en el árbol) no sólo sugiriendo que lo envía el Ayuntamiento sino explicando por qué lo envía el autor. Más allá de las faltas que planea cometer en el interior de la historia debe tener alguna otra justificación como personaje de la misma, no como una miserable persona de carne y hueso en la vida real. El lector, mientras juega al escondite con su auténtico rival el autor, tiende a decir: Sí soy consciente de que un agrimensor puede trepar a un árbol, y sé que existen árboles y agrimensores. ¿Pero qué esta haciendo con ellos? ¿Por qué hace usted que este agrimensor en concreto trepase a este árbol en particular, hombre astuto y malvado?
Esto nos conduce al cuarto principio que debemos recordar. La gente no lo reconocerá como práctico ya que, como en los otros casos, los pilares en que se apoya lo hacen parecer teórico. Descansa en el hecho que, entre las artes, los asesinatos misteriosos pertenecen a la gran y alegre compañía de las cosas llamadas chistes. La historia es un vuelo de la imaginación. Es conscientemente una ficción ficticia. Podemos decir que es una forma artística muy artificial pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo a lo que los niños juegan. De donde se deduce que el lector que es un niño, y por lo tanto muy despierto, es consciente no sólo del juguete, también de su amigo invisible que fabricó el juguete y tramó el engaño. Los niños inocentes son muy inteligentes y algo desconfiados. E insisto en que una de las principales reglas que debe tener en mente el hacedor de cuentos engañosos es que el asesino enmascarado debe tener un derecho artístico a estar en escena y no un simple derecho realista a vivir en el mundo. No debe venir de visita sólo por motivos de negocios, deben ser los negocios de la trama. No se trata de los motivos por los que el personaje viene de visita, se trata de los motivos que tiene el autor para que la visita ocurra. El cuento de misterio ideal es aquel en que es un personaje tal y como el autor habría creado por placer, o por impulsar la historia en otras áreas necesarias y después descubriremos que está presente no por la razón obvia y suficiente sino por la segunda y secreta. Añadiré que por este motivo, a pesar de las burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay mucho que decir a favor de la tradición sentimental de estilo más lector o más victoriano. Habrá quien lo llame un aburrimiento pero puede servir para taparle los ojos al lector.
Por último, el principio de que los cuentos de detectives, como cualquier otra forma literaria, empiezan con una idea. Lo que se aplica también a sus facetas más mecánicas y a los detalles. Cuando la historia trata de investigaciones, aunque el detective entre desde fuera el escritor debe empezar desde dentro. Cada buen problema de este tipo empieza con una buena idea, una idea simple. Algún hecho de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y el lector puede olvidar. Pero en cualquier caso la historia debe basarse en una verdad y, por más que se le pueda añadir, no puede ser simplemente una alucinación.
Noticia nº: 3142 | 05-03-2009
ActualidadLiteraria/EDL/05-03-2009


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