
J.D. Salinger: El legado literario del autor estadounidense. Por Michiko Kakutani
Publica The New York Times
Por Michiko Kakutani
Lo que realmente impactó a los lectores en "El guardián entre el centeno" fue el lenguaje tan maravillosamente cercano que J.D. Salinger creó para Holden Caulfield -un lenguaje que le permitió canalizar los pensamientos, ansiedades y frustraciones de un muchacho de 16 años, un lenguaje que evaluaba con escepticismo al mundo, denunciando a su gente falsa, hipócrita y latera-.Salinger tenía un radar tan infalible para los sentimientos de angustia, vulnerabilidad y rabia de los adolescentes que el "Guardián"," publicado en 1951, continúa siendo uno de los primeros libros de los que se enamoran los adolescentes -un libro que expresa íntimamente lo que significa ser joven y sensible y precozmente existencial, un libro que los despierta por primera vez a las posibilidades de la literatura-.
Ya sea Holden o los pequeños genios Glass o el soldado con trastornos psicológicos de "Para Esmé - Con amor y sordidez"-, los personajes de Salinger tienden a ser forasteros, viajeros espirituales que han naufragado en un mundo vulgar y materialista, desadaptados que nunca han superado los sentimientos de alienación de la adolescencia. Se identifican con los niños y se aferran a la inocencia de la infancia con una ferocidad que limita con la desesperación: Holden desea ser el guardián entre el centeno que impide que los niños caigan de un barranco; Seymour conversa con una niñita en la playa sobre los peces banana antes de subir a su cuarto de hotel y dispararse en la cabeza.
Escondrijos de la psiquis
Estos personajes tienen ansias de alguna mayor verdad espiritual, pero al mismo tiempo tienden a tener una visión adolescente del mundo y a dividir a la gente en categorías: los auténticos y los falsos, los que comprenden "la principal corriente de poesía que fluye a través de las cosas" y aquellos idiotas ordinarios e ignorantes que nunca la comprenderán -una categoría demasiado extensa que incluye a todos, desde pomposos estudiantes universitarios que repiten como loros teorías de crítica literaria de moda, gente elegante y bien alimentada que va al teatro, hasta charlatanes satisfechos de sí mismos que cuentan cada jugada de un juego de fútbol o usan con orgullo chalecos a cuadros sin mangas.
Al igual que Franny, los personajes de Salinger piensan que "todo lo que hacen todos es tan - no sé - no malo, ni siquiera mezquino, o necesariamente estúpido, pero tan pequeño y sin sentido y entristecedor". Salinger fue capaz de describir los escondrijos de la psiquis de su joven narrador, evocando al mismo tiempo una Manhattan sofisticada, post F. Scott Fitzgerald, post II Guerra Mundial -un mundo que le era familiar a sus lectores de Nueva York, rodeados del Radio City Music Hall, Bergdorf Goodman y Central Park (donde Holden se pregunta sobre los patos en la laguna y dónde van cuando se hiela en el invierno)-. De este modo, no sólo domesticó las innovaciones de los grandes modernistas - su habilidad para manipular los monólogos interiores, para indagar en las vidas internas de sus personajes-, sino que también presagió los personajes auto-inventariados de Philip Roth y Saul Bellow, y las meditaciones "mirándose al ombligo" de los autores de las futuras Generaciones del Yo.
El gesto decidor
Algunos críticos desestimaron el encanto fácil y superficial de la obra de Salinger, acusándolo de lindura y sentimentalismo, pero obras como "El Guardián", "Franny y Zooey" y sus cuentos cortos más conocidos tendrían gran influencia sobre varias generaciones de escritores. Sus mejores obras muestran un lenguaje coloquial e idiomático, su don extraordinario para el ventrilocuismo, su agilidad para crear cuentos dentro de cuentos, como asimismo su oído infalible para el lenguaje cosmopolita de los neoyorquinos (lo que él llamó "Oído para los ritmos y cadencias del lenguaje coloquial") y su visión con radar para hallar el gesto decidor - el cigarrillo que se prende con nerviosismo, la mirada de rayos X, el beso cohibido sobre la plataforma de la estación-.
Así como Holden Caulfield, los niños Glass -Franny, Zooey, Buddy, Seymour, Boo Boo, Walt, Waker- surgirían como avatares de la angustia adolescente y la propia postura alienada de Salinger frente al mundo. Brillantes, encantadores y gregarios, tienen la habilidad de su creador para entretener, y llaman al lector a identificarse con su inteligencia, su sensibilidad y su febril manera de ser especiales. Y, sin embargo, a medida que surgen los detalles de sus vidas en una serie de historias, se hace evidente que hay un lado más oscuro en su alienación: una tendencia a ser condescendientes con las masas vulgares, una obsesión familiar casi incestuosa y una dificultad para relacionarse con los demás que terminarán en crisis emocionales y en el caso de Seymour, en suicidio. "Ni tú ni Buddy saben cómo hablarle a la gente que no les gusta", dice la madre de Zooey, añadiendo: "No puedes vivir en el mundo con simpatías y antipatías tan fuertes".
Con el tiempo, la obra de Salinger se fue haciendo más elíptica. Cuentos prolijos y bien hechos como "Un día perfecto para el pez banana" dio paso al aún más prolijo "Zooey" y los rumiantes e informes textos de "Seymour: Una introducción"; y a medida que sus cuentos sobre la familia Glass se fueron haciendo cada vez más autoconscientes y autorreferentes, los lectores se fueron dando más cuenta del solipsismo de aquel invernadero de familia de genios.
"Seymour" es un largo e irritante monólogo de Buddy Glass sobre su hermano difunto, que fusiona tímidamente la identidad de Buddy con la de Salinger (jugando el tipo de juegos de espejo que Philip Roth jugaría con sus héroes semiautobiográficos). Y "Hapworth 16, 1924" (que apareció en la revista "New Yorker" en 1965) adopta la forma de una carta ampulosa, llena de digresiones, ostensiblemente escrita desde un campamento de verano por Seymour, un niño de siete años. El cuento sirve de hecho como una historia revisionista de la familia Glass y es una especie de burla a la defensiva de Salinger a sus críticos. Habiendo sido acusado de querer demasiado a sus personajes, de ser demasiado encantadoramente superficial, el autor nos da una nueva visión de uno de sus héroes, transformando al Seymour que solía ser un santito -el "unicornio de rayas azules" de la familia, el "genio asesor" y "conciencia portátil"- en un niño insoportable, dado a ataques de rabia y fanfarronerías intelectuales inverosímiles.
Ese cuento -la última obra publicada en vida del autor- no sólo reflejaba el propio distanciamiento del mundo al estilo Glass de Salinger, sino que subrayaba su propio temor a "desaparecer por completo, en mis propios métodos, locuciones y gestos". Sin embargo, por ácido y autorreflexivo que haya sido ese cuento, nunca eclipsaría el logro del "Guardián" en las mentes de los "fans" de Salinger. Una novela que continúa impactando a la gente, una novela, si realmente desean saberlo, que sigue siendo atesorada, casi seis décadas después de ser publicada por primera vez, por su retrato perfecto de la adolescencia y su indispensable héroe.
Fuente: El Mercurio
Noticia nº: 3365 | 01-02-2010
ActualidadLiteraria/EDL/01-02-2010


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