NoticiasActualidadLiteraria/EDL/10-02-2010Herta Müller: la patria es el lenguaje. Por Ricardo Bada (y otros)

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 Herta Müller: la patria es el lenguaje. Por Ricardo Bada (y otros)

Herta Müller II
Recapacito sobre las relaciones del Comité Nobel con Europa oriental, aquella que a partir de 1945 se denominó "bloque socialista". Y llego a la conclusión de que si los historiadores futuros se orientasen por los criterios de Estocolmo, no irían tan desencaminados. Explicaré semejante atrevimiento basándome sólo en datos objetivos. Desde 1901 a la fecha, la Academia Sueca ha premiado de esa Europa a catorce escritores en total, entre ellos dos novelistas polacos, Henryk Sienkiewicz (1905) y Wladyslaw Reymont (1924), anteriores a la segunda guerra mundial y a la división del mundo en bloques antagónicos. Descartado Tolstoi, cuyo no-premio se justificó con la disculpa de que su postulación llegó fuera de plazo (un indicio bastante temprano de lo burocratizado que estaba ya el proceso de premiación), el primer Nobel al idioma ruso se concedió en 1933 a Iván Bunín, un escritor desde luego bueno, pero asimismo un noble exiliado fugitivo de la Revolución de Octubre.

Publica La Jornada

Por Ricardo Bada

Para remachar la bofetada sin mano, un cuarto de siglo después, 1958, se le otorga a Boris Pasternak, poeta y novelista del exilio interior, provocando que el Kremlin reaccione de una manera violenta, hasta el punto de obligar al galardonado a rechazar el premio. Y así, en 1965, como para purgar (¡qué palabra tan soviética!) su pecado, los académicos suecos distinguen a Mijail Shólojov, quien nunca hubiese recibido el Nobel si no fuera por el susodicho pecado.

En el cual los pecadores reinciden sólo cinco años más tarde, en 1970, con Alexandr Solzhenitsin, un ex habitante del Gulag y disidente notorio, a quien Moscú exonera de la nacionalidad soviética enviándolo al exilio. Pero esta vez en Estocolmo no vuelven a echarse ceniza en la cabeza: el próximo Nobel ruso será en 1987, a Joseph Brodsky, por más que en la estadística cuenta como estadunidense, nacionalidad que adoptó al exiliarse él también.

En 1961, entre los premios a Pasternack y Shólojov, y como coletazo impotente ante la furia del Kremlin, figura el otorgado a Ivo Andric, serbio de un país hoy día inexistente, Yugoslavia, y en aquellos momentos disidente de la disciplina soviética.

Por lo que respecta a Polonia, 1980 es el año de Czeslaw Milosz, disidente y exiliado, y 1996 (ya extinto a su vez el "bloque socialista") sería el año de Wislawa Szymborska, que escribió su poesía en el exilio interior, a contrapelo del régimen que gobernaba desde Varsovia.

El resto se cuenta pronto: en 1981, Elias Canetti, búlgaro de ascendencia sefardí, naturalizado inglés, que escribía en alemán (¡¡y qué lujo de alemán!!) y murió en Suiza. En 1984, Jaroslav Seifert, un cazurro poeta nada afecto al régimen de otro país también extinto en la actualidad: Checoslovaquia. En 2002 el novelista húngaro Imre Kertész, superviviente de Auschwitz y de Buchenwald. Y por último, el año pasado, Herta Müller, del Banato (la minoría alemana) de Rumania, un Estado que la censura y persigue hasta hacer que se exilie en Berlín, donde reside.

Así, pues, los historiadores del futuro, si se atienen a los certificados expedidos por Estocolmo, van a concluir que el socialismo de cuño moscovita fue un fracaso en toda la línea. Y tendrían razón, al menos (pero es un menos muy más) en lo que se refiere a la literatura. Curiosamente, la Academia Sueca se habría reivindicado, con ello, y sin querer, de numerosos agujeros negros en los que se hundió –¡qué digo hundirse! ¡bucear a piacere!– a lo largo de un siglo.

(Antes de seguir hago un inciso para señalar el único verdadero gran olvido, el gran descuido, la gran afrenta del Premio respecto de Europa oriental: me parece imperdonable y vergonzoso que excluyera de su canon a todo un Bertolt Brecht.)

Concentrémonos ahora en el caso de Herta Müller. Y comenzaré diciendo que sigo opinando que Gonzalo Rojas, Philip Roth, Mo Yan, Margaret Atwood, Charles Tomlinson y last but not least el brasileño Millôr Fernandes, merecerían más que ella haber sido galardonados con el Nobel. Pero dejemos esa polémica intransitable a un costado de nuestra pesquisa.

Lo cierto es que cuando se hizo pública la noticia de su premio, y ante mi estupor, una colega mostró comprensión hacia el hecho de que se lo hubiesen concedido: "Tiene que ver con el este", me dijo. ¿Y Christa Wolf –pensé– no es también el este? ¿Y si se trata del este, por qué no dárselo póstumamente a Ryszard Kapuscinski? Pero dejemos también esta otra polémica.

Es evidente que el Nobel a Herta Müller, estando aún viva no sólo Christa Wolf sino también Friederike Mayröcker (quien ya debía haberlo recibido en 2004 en lugar de Elfriede Jellinek), me indignó más allá de lo razonable. Sólo que a fin de cuentas, si no se le otorgaron a Zola ni a Rilke, Ibsen, Galdós, Tolstoi, Borges, ¿qué puñetera importancia puede tener tal Premio?

Confieso que en esos momentos no había leído ni una sola línea de Herta Müller, porque la verdad es que de literatura alemana contemporánea, quiero decir posterior a Böll, Andersch, Lenz, Enzensberger, Grass y Martin Walser, Frisch y Dürrenmatt, Heimito von Doderer, Drach, Bernhard y Handke (para separarlos por países), no sé casi nada, exceptuando a Erich Hackl y Uwe Timm, amigos personales además: Dagmar, la esposa de Uwe, es la traductora de García Márquez al alemán y nuestra amistad se remonta a 1979, que se dice pronto.

Ahora, ya, sí he leído a Herta Müller y escuché con atención suma su discurso de Estocolmo, cuando recibió el Nobel, y que es una pieza oratoria de primera categoría: "¿Puede decirse que justo los más pequeños objetos, ya sean una trompeta, un acordeón o un pañuelo, vinculan lo más disparatado de la vida? ¿Que los objetos giran y en sus vueltas y revueltas tienen algo que obedece a las repeticiones, al círculo vicioso? Se puede creerlo, pero no decirlo. Pero lo que no se puede decir, puede escribirse. Porque la escritura es una tarea muda, un trabajo de la cabeza a la mano: a la boca se la pasa por alto."

Y también esta media verónica ceñida: "El sonido de las palabras sabe que tiene que engañar, porque los objetos engañan con su material, y los sentimientos con sus gestos. En el punto de intersección donde se unen el engaño de los materiales y el de los gestos, anida el sonido de las palabras con su verdad inventada. Al escribir no puede hablarse de confianza, antes bien de la honestidad del engaño." ¡Qué hermoso! Chapeau, doña Herta!

Hay otro discurso suyo que me ha llamado poderosamente la atención, y es el que pronunció en Sarrebruck a los jóvenes que concluyeron su bachillerato en 1961. Herta Müller lo tituló a partir de unas palabras de Jorge Semprún en su libro Federico Sánchez se despide de ustedes, ampliadas luego en su discurso de recepción del Premio de la Paz de los Libreros Alemanes, el año 1994: "A fin de cuentas, mi patria no es la lengua, ni la española ni la francesa: mi patria es el lenguaje. O sea, un espacio de comunicación social, de invención lingüística; una posibilidad de representación del universo, de modificarlo también, aunque sea mínima o marginalmente, por el lenguaje mismo. Ahora bien, en esa patria mía que es el lenguaje, hay ideas, imágenes emblemáticas, momentos emocionales, resonancias intelectuales, cuyo origen es específicamente alemán. Me atrevería a decir que, en cierto modo, ‘lo alemán" –en poesía, novela, reflexión filosófica– es un componente esencial de mi patria espiritual."

Este párrafo es aplicable íntegramente a Herta Müller, basta con sustituir "lo alemán" por "lo rumano". Es eso lo que le da a su prosa una calidad indescifrable, un perfume que a veces llega a ser embriagador, y que me recuerda lo que experimenté cuando leí por primera vez a Emine Sevgi Özdamar. La narradora turca en lengua tudesca es una mujer que escribe en un "alemán con sabor a turrón", como lo definí al reseñar algún libro suyo para una revista española.

En cuanto a lo que Herta Müller narra, usando ese lenguaje, pensemos en su primer libro de cuentos, Niederungen, donde conjura los recuerdos de una niña que no es otra sino ella misma, en Nitzkydorf, un pueblito del Banato, y lo que declaró al respecto en una entrevista al cubano Carlos A. Aguilera: "He aprendido mucho de los libros. He leído a determinada edad un determinado libro que, de repente –y eso seguro que lo han vivido muchas personas–, se volvió muy importante y me abrió los ojos. No era en absoluto necesario que el libro tuviese relación directa con el país donde vivía o con mi situación de vida. Eso es lo incomprensible y lo fascinante de la literatura. Establece semejanzas entre campos totalmente distintos. No hay que ser un autor del propio país para escribir un libro sobre ese país. Por ejemplo, Thomas Bernhard describió para mí de manera más concreta el Banato rumano y su minoría alemana que cualquier otro escritor de cualquier otro lugar. O García Márquez, con su Cien años de soledad. Macondo era para mí Nitzkydorf, porque era un pueblucho similar con mucha soledad dentro. O aquel páramo en El otoño del patriarca. No en balde algunos países suramericanos estaban también marcados por dictaduras."

Al reseñar en 1984 ese libro, recién aparecido, el crítico alemán Friedrich Christian Delius comenzaba describiendo el marco donde tenían lugar los cuentos de Herta Müller: "Hay que imaginárselo: los alemanes han quedado reducidos a sólo 300 mil personas, son campesinos, artesanos, pequeños comerciantes, no gozan de bienestar pero mal que bien logran pasar el invierno, no albergan intenciones expansionistas, son una minoría bajo el protectorado de un Estado represivo que les concede unos espacios limitados de libertad (idioma, prensa, teatro) pero que los aísla lo máximo que puede."

Y más adelante, hablando de la prosa de Herta Müller, una fulgurante comparación que opaca incluso el recuerdo de la propia autora acerca de sus lecturas: "Hasta donde alcanzo a ver, este procedimiento poético de romper y mezclar hechos y fantasía, en la literatura en lengua alemana sólo lo domina Wolfgang Koeppen [...] Es un procedimiento que también recuerda al narrador mexicano Juan Rulfo. Los paralelismos con Rulfo son de a deveras asombrosos: la atrozmente arcaica vida rural, la superstición católica, el odio sordo, proporcionan la misma imprimación. Comala, el pueblo devenido cementerio, escenario de la novela Pedro Páramo, y Nitzkydorf, en el Banato, no están muy alejados entre sí."

Rulfo y Comala, sí, mucho más que Macondo y García Márquez, pero quizás Herta Müller no había leído entonces (y quién sabe si ahora) ni la novela del jalisciense ni El llano en llamas.

Aunque lo cierto es que el asombroso paralelismo de que habla Delius alcanza incluso al título del libro que reseña, Niederungen, que se tradujo al español como En tierras bajas. Pero lo que en verdad significa niederung es "llano" en sentido geográfico, "bajón" en sentido moral.

Repaso el canon Herta Müller: Tango opresivo, El hombre es un gran faisán en el mundo, Febrero descalzo, Viajero con una sola pierna, La percepción es inventada, El diablo está en el espejo, El zorro ya era entonces el cazador, Una papa caliente es una cama caliente, El centinela agarra su peine, El animal del corazón, Hambre y seda, Hoy mejor que no me hubiese encontrado, La mirada extraña o La vida es un pedo en el farol, En el moño vive una dama, El rey se inclina y mata, Los pálidos señores con las tazas para el moka, Columpio del aliento. Y me digo que hay que tener un sexto sentido muy desarrollado, muy depurado, para atreverse a titular así. Así es que cuanto más la leo, más admiro su talento y su talante.

Me siento a mis anchas en la casa de su lenguaje y me río con sus juegos bilingües de palabras (como esas golondrinas que en rumano son rindunica (hileras negras posadas en un cable), y entiendo cómo ella, igual que su compatriota Paul Celan, no renunciará al alemán por nada del mundo: ni Celan por Auschwitz, ni ella pese a Ceaucescu.

Entretanto, ya me reconcilié con la injusticia que ha sido su Nobel en vez de haber sido el de ...

Ah, pero dejemos eso.


Fiesta para Herta

Por Esther Andradi

Exactamente una semana después que Herta Müller recibiera el Nobel de Literatura en Estocolmo, la ciudad de Berlín decidió festejarla. Clausuró la duda nacional –¿es rumana? ¿es alemana?– y la declaró ciudadana berlinesa. Fue el primer día de invierno verdadero en esta ciudad. Doce grados bajo cero. Desde el día anterior estaba nevando. Nieve bajo las suelas de los zapatos. Nieve que se combate con arena gruesa, cenizas y gravilla. Y sin embargo, la nieve de ayer ya es hielo.

La cita es a las ocho de la noche del pasado 18 de diciembre. Y Herta llega a las ocho y diez, retrasada por el tráfico sorprendido por la nieve. Su figura menuda, vestida de negro, es rápidamente reconocida en esta sala colmada de punta a punta, con capacidad para mil asistentes. Hubieran podido ser 4 mil. Pero es una fiesta casi improvisada, organizada por las instituciones culturales de Berlín. Una fiesta para alguien a quien no le gusta festejar, a quien las aglomeraciones de gente le producen más susto que alegría.

Aplausos. Aplausos como a Mick Jagger, a John Lennon, a Elvis. ¿Quiénes han llegado aquí esta noche? ¿Su madre, sus amigos, sus admiradores? ¿Sus lectores? Una sutil relación reúne a estas personas con esta mujer que hace veinte años se refugió en esta ciudad, y a quien en la panadería o el kiosco de revistas le hacían la habitual pregunta:

–¿De dónde es Usted?

–De Rumania.

–Ah, bueno, no importa. Pensé que era francesa.

O búlgara, o italiana, o turca. Siempre extranjera. Porque la lengua materna viene tatuada en la frente. En la pronunciación de ciertas palabras. Es el identikit ineludible. Herta Müller escribió de esta realidad muchas veces. La piel extranjera. Ser extranjera apenas salir de su pueblo. Porque allí se hablaba el dialecto alemán del Banato, los suabos que llegaron a los Cárpatos hace más de trescientos años. Esta región, entre los Cárpatos y el Danubio, se pobló de inmigrantes provenientes del centro de Europa hace más de tres siglos, bávaros, suabos, palatinos, y también croatas, armenios, búlgaros y eslovacos entre otros.

Se abre el telón y los reflectores enfocan un hombre vestido de negro y su acordeón. La respiración del instrumento podría transportar a los presentes a cualquier estación del Metro berlinés donde músicos rumanos de todas las edades se ganan la vida como pueden, tolerados por somnolientos usuarios, pero mucho menos por las autoridades del servicio público. Claro que en este caso se trata nada menos que del acordeonista ruso Aydar Gaynulin, quien instala los acordes de la melancolía en un suspiro. Todos son pasajeros en el Metro de Herta por esta noche. ¿Adónde va esta línea?

PRIMERA ESTACIÓN: EN TIERRAS BAJAS

El poeta Joachim Sartorius, director de los Festivales de Berlín, y de la casa que homenajea a Herta esta noche, no puede asistir. Quedó atascado en las nieves de París. Lo reemplaza el actor Ulrich Matthes como maestro de ceremonias, quien da por comenzada la fiesta diciendo: "Estimado público presente, estimados ausentes involuntarios...."

El actor Albert Kitzl, oriundo de un pueblo cercano a Nitzkydorf, donde nació la escritora, lee un relato del primer libro de Herta, En tierras bajas. ¿Cómo escribir historias de una manera inolvidable? Los relatos penetran en la memoria precisamente por la forma en que están contados. Y esa forma hace que no se pueda abandonar la lectura a pesar de los estremecimientos y sensaciones que produce aquello que se cuenta. Así, aunque hayan pasado veinte años, los rastros de la lectura, las imágenes, permanecen. Crueles y distantes, como amores malos. Por textos como éste, la gente de su pueblo escupía en la calle a la joven Herta.

SEGUNDA ESTACIÓN: LOA

El poeta Michael Krüger, director de Hanser, la editorial que publica a Herta Müller, le quita el cuerpo a una loa tradicional y cuenta sin remilgos cómo fue aquello de alquilar un frac para llegar a Estocolmo. De lo difícil que significó tener que amarrar unos con otros los hilos para aplacar con ese material los rollos rebeldes de un cuerpo en expansión. Y mientras pasaba por ese trance, el editor pensaba en Herta, que ojalá no tenga que sortear semejantes disparates. Porque si así fuera, acaso ella diría basta y se pondría jeans para la ceremonia en Estocolmo. ¿Hablar de "trajes" en vez de literatura? En medio de las risas que despierta este quiebre, siempre suena algún celular de estos lectores devotos.

TERCERA ESTACIÓN: EL HAMBRE

Lectura de un fragmento de Atemschaukel, la última novela de Herta Müller, algo así como Respiración alterada en español. Esta novela, dedicada a su amigo Oskar Pastior, también escritor de la minoría alemana en Rumania, también emigrado a Berlín, donde falleció en 2006, tiene como argumento la sobrevivencia en un campo de trabajo soviético, de "rehabilitación", donde estuvo el joven Pastior a sus quince años, y también la madre de Herta durante cinco años. Es un fragmento acerca del hambre, y la conversación –más bien monólogo– del narrador con un botón.

ESTACIÓN CUARTA: ¿COMO CANETTI?

Ahora le toca el turno a Andrei Plesu, el ex ministro de relaciones exteriores de Rumania, quien recuerda el texto hilarante escrito por Herta Müller, cuando recién llegada a Berlín, es invitada a una comida y se establece el siguiente diálogo con su anfitrión:

–Así que rumana.... como Canetti.

–No, Canetti es de Bulgaria.

–Ah, cierto, es que con esos países uno siempre se confunde, pero las capitales las conozco bien. Bulgaria: Sofía; Rumania: Budapest...

–No, Budapest es la capital de Hungría. La capital de Rumania es Bucarest.

–Pero Usted no es de Bucarest, ¿verdad?

–No, yo nací en Nitzkydorf.

–Ah, ya veo ¡entonces usted es alemana!

ESTACIÓN QUINTA: LA POESÍA

Herta elige varios poemas para leer. Son poemas visuales, collages de palabras recortadas de periódicos y revistas. Reunidas entre sí con ese pegamento sutil del sentido esencial, de la palabra por su sombra, de la sospecha. Exigentes, refinados, los poemas de la Müller levantan algún suspiro, una exclamación, un aplauso tímido, silencios. Müller eligió lo más difícil, lo menos accesible al llamado "gran público", para demostrar una vez más que no le interesa capturar al lector, anestesiarlo y transportarlo. Prefiere una lectura que no se deje seducir por las palabras, que resista, que recele."Las palabras más poéticas son aquellas que no tienen ni idea de serlo." " La palabra me mira" dice, y entonces la corta y la pega. El choque entre palabras es lo que produce el sentido, y el sonido en estos poemas. Conmovida hasta el borde del llanto, Herta Müller concluye su lectura con un poema en rumano dedicado a los centenares de muertos en la masacre de Temeswar. Hace veinte años, en una noche como ésta, en 1989.

La consuela la música fresca y crítica de su joven amiga rumana Ada Milea, que ha llegado de sorpresa, con su acordeón, para cerrar el círculo de la fiesta. Flores, emociones y un tropel de fotógrafos ingresa por la puerta directamente contigua al escenario. Flashes y más flashes, el brazo izquierdo de Herta Müller comienza a balancearse con rapidez. Está claro que no le gustan las fotos, que ya está bueno, que quiere irse a casa con sus amigos. Entonces el público se pone de pie. Y aplaude. Aplaude hasta que arden las manos en esta noche. La primera noche del invierno que ha llegado a Berlín.


Para un retrato de Herta Müller

Por Esther Andradi

Cuando rotativas y televisoras del mundo anunciaron el nombre de Herta Müller como Premio Nobel de Literatura, pocos sabían quién era. Menuda, delgada y de grandes ojos tristes, no era de las escritoras que arrasaba con las ventas, ni la figura mediática presente en todos los cocteles. Ni la voz propensa a hacer declaraciones de todo orden como manda el glamour contemporáneo. Y aunque ya había sido reconocida con más de una veintena de premios y distinciones, como el Würth por su obra completa, el Heinrich Heine por su trayectoria, o el Premio de Literatura de la ciudad de Berlín, seguía siendo una desconocida para el gran público. Hasta que irrumpió el Nobel. Ahora, el solo anuncio de una lectura con su presencia supera todas las previsiones. Herta Müller, la escritora que lleva un nombre en alemán tan común como el de María Pérez en español, llena salones y sus libros están en la lista de bestsellers. Una situación ni soñada apenas tres meses atrás.

Herta Müller nació en 1953 en Nitzkydorf, una pequeña población de la minoría alemana en Rumania. "La noche está hecha de tinta", pensaba la niña Herta. Atravesada por murmullos, gritos, por el miedo y el silencio. El orden del mundo familiar se alteró cuando tuvo que ir a la escuela. Allí no se hablaba dialecto, sino alemán culto, y rumano. En ese desplazamiento de lenguas, descubrió que las palabras tenían muchos ojos y servían para definir cosas muy diferentes. Y que ni siquiera comiendo plantas o flores, o torturando pájaros, era posible incorporar el sentido original. Ser como ellas. Aunque bien hubiera podido ser costurera, como su tía, el destino quiso que aprobara el bachillerato y entonces partió a la ciudad. En Temeswar, el centro cultural, histórico y económico del Banato rumano, estudió Filología Alemana y Rumana entre 1973 y 1976. Después trabajó como traductora en una fábrica donde "no se producía nada, no había nada, nadie llegaba a viejo. Cuando los obreros alcanzaban la edad de retiro ya estaban enfermos y, un poquito después, muertos." La despidieron por negarse a colaborar con la Securitate, el servicio secreto del régimen de Ceaucescu. El miedo a la noche. Miedo a los ojos de las palabras que la acechaban. Y devino escritora. Su primer libro, En tierras bajas, fue publicado, con censuras, en 1982. En 1984 la editorial alemana Rotbuch publicó la versión original. Y se sucedieron reconocimientos a la joven autora, lo que le valió la censura definitiva en Rumania, junto con allanamientos constantes, presiones y amenazas. En 1987 Herta Müller logró emigrar del país junto con su madre y se refugió en Berlín Occidental. Tenía treinta y cuatro años. Se hizo conocida entonces, en esas lecturas poco concurridas, y en ese idioma alemán que sonaba como "extranjero".

En Berlín publicó una veintena de libros entre poesía, ensayo, relato y novela. La lengua, las palabras, la memoria, su pueblo, las dictaduras, el despojo del lugar de origen, son sus temas recurrentes.

¿Es alemana? ¿Es rumana? Ni los medios ni la academia estaban preparados para este Nobel atípico. Distraídos, parecían ignorar que la literatura alemana viene siendo atravesada desde hace más de veinte años por aquellos autores que llegan desde las márgenes, lo que encarna un compromiso vital con la lengua elegida, y en el caso de Müller, con la lengua de una minoría en un país de régimen totalitario. Es literatura alemana contaminada por el rumano, un idioma que Hertha Müller aprendió a los quince, y que ha influenciado su manera de ver, de sentir.

Sólo unos pocos libros de Müller están traducidos al español, entre ellos los relatos de En tierras bajas y El hombre es un gran faisán en el mundo. La Editorial Siruela, que acaba de ganar la pulseada por los derechos en español de la Nobel, reeditó recientemente La bestia del corazón y La piel del zorro. Tímida, seria, sin aires de estrella inalcanzable, sus altos tacones para disimular su baja estatura son quizá la única coquetería que se permite. "El Nobel es un premio y está bien –aclara– , pero es algo externo, la escritura llega desde otro lugar. No puedo ser una Nobel todo el tiempo, mientras frío un huevo o voy a comprar papas al mercado."

Con una celebridad tan fuera del canon, los medios sensacionalistas se la vieron en figurillas para el cotilleo. ¿Cómo traspasar la barrera de una personalidad semejante? Pues consiguiendo una entrevista con la mamá. Una mujer sencilla que ojalá opine como los lectores del periódico más vendido de Europa.

"Habiendo tantos colores, mi hija siempre se viste de negro. ¿Lo peor? Pues ya le dije que deje de fumar. Y no me hace caso." Algo es algo. Para que nadie diga ya que no sabe quién es la Nobel.


Las silenciosas calles del poder

Por Gabriel Gómez López

En las silenciosas calles del poder el mundo es otra cosa, nunca falla la energía eléctrica, la carne está envuelta en celofán cubierto de una escarcha como la piedra o el mármol y no se pudre en el refrigerador, las puertas funcionan y las cortinas permanecen cerradas, la intimidad permite a la clase dominante realizar sus perversas fantasías, hay cigarrillos, chocolates, vino, buena vida, allí viven los directores, los alcaldes, los agentes del servicio secreto.

Lo primero que llama la atención en la lectura de Herta Müller es su concisión, frases cortas y lapidarias, imágenes heladas que transmiten su carga de frío al lector que recorre sus páginas estremecido ante esas fotos que adornan su habitación y la congelan. "El frío que me invade remueve un amor que contraria toda razón."

El microcosmos de Herta Müller se localiza en el Banato, donde la llanura de Rumania introduce su nariz entre Serbia y Hungría; épica de una minoría, los suabos, católicos, étnica y lingüísticamente alemanes. Herta somete a un análisis minucioso, tanto a su colectividad como a su persona, tal es el material de su ficción. Nacida en 1953, víctima de la postguerra, sobreviviente, con secuelas, de la Guerra fría.

Tras la segunda guerra mundial los países del este persiguieron a la población civil alemana, les confiscaron sus viviendas y pertenencias, violaron a las mujeres, los expulsaron a campos de concentración en Rusia. Luego vino Nicolae Ceaucescu en uno de los momentos de la historia más cercanos a la visión de Orwell. En 1987 Alemania pagó por el rescate de los compatriotas, la protagonista de La bestia del corazón, antes de partir, en una original venganza, escribió con mierda sobre las paredes de la casa del inquisidor Pjel.

Convertida en testigo y actor, escribe en un ejercicio catártico impuesto como penitencia, se adivina que ella es la protagonista de sus escritos, teniendo como telón de fondo los duros tiempos de la dictadura de Ceaucescu y de su policía secreta, la Securitate, que la acosaba física y psicológicamente por negarse a colaborar. Acorralada por el sistema, escribe con trazos firmes; los detalles van formando un fresco minucioso; a lo largo de su obra hace variantes de sus experiencias, como mirándose desde ángulos distintos aparecen las relaciones con su padre, alcohólico y antiguo militante del ejército nazi, y a quien no escogió, "mi padre ha vomitado el hígado que apesta a tierra podrida en el cubo"; con la madre (a la que nunca quiso) deportada a Ucrania tras la segunda guerra mundial, cuando pagaron justos y pecadores, y quien se vio obligada a prostituirse a cambio de un poco de calor para sobrevivir; con sus amigas que la traicionaron, hace el descubrimiento del sexo (el gran secreto de los adultos) y de la muerte (el otro gran secreto), y da fe de la cascada de antivalores que formaban su entorno: el miedo, la represión, el desamor, la miseria, la deslealtad, la corrupción, la incomunicación. En su obra la despersonalización se acentúa con la creación de personajes sin relieves, sin apellido, nombrados sólo por sus oficios, meras fotografías; Herta es una especie de fotógrafo de guerra.

El miedo es el arma con la que los poderosos someten a los débiles; el miedo es la piel de zorro que adorna la habitación de la protagonista y sobre la que los agentes de la Securitate van dejando evidencias de su presencia para que sepa que está siendo vigilada, "nos veíamos obligados a caminar, comer, dormir y amar con miedo". Herta escribía sin miedo para superar el miedo denunciado las rígidas condiciones de la dictadura de Ceaucescu.

No hay escapatoria, las fronteras, como los pensamientos, están celosamente vigilados, incluso el suicidio, la única puerta posible para muchos, es considerado una traición a la patria; los suicidas reciben una degradación post mortem que recuerda al Papa medieval que sacó de su tumba a su antecesor para excomulgarlo. En un Estado represivo todos deben levantar el brazo y apoyar en forma unánime al régimen, la disidencia es el peor delito; en tiempos de dictadura los escritores son especialmente perseguidos y bajan de su torre de marfil para hermanarse con el pueblo; los agentes secretos intuyen que en sus escritos está incubado el germen de la libertad. El poema colectivo se recita en silencio en los parques abandonados, da alientos al corazón; los inspectores sospechan que se está inventando otro lenguaje, un código secreto. "Cada persona tiene un amigo en cada pedacito de nube, es lo que pasa con los amigos en este mundo sembrado de horror."

En La bestia del corazón el capitán Pjel obliga a comerse el poema a Kurt y somete a tortura a sus amigos; en La piel del zorro el comandante Pavel interroga a Paul acerca de ese poema en el que, sospecha, se habla del dictador: "rostro sin rostro, voz sin voz". Habrá que recordar la tragedia de Ossip Mandelshtam deportado a Siberia por un poema en el que satirizaba a Stalin. Los dictadores no tienen sentido del humor.

La traición es alentada por el miedo, nace del instinto de supervivencia: Clara en La piel del zorro y Tereza en La bestia del corazón traicionan a su amiga; la madre incrimina a su hija; Ilie, el amante de Adina, es quien cuenta a la policía secreta el chiste de su amigo Abi. Todo el mundo espía, husmea en las habitaciones, abre las cartas para leerlas, siguen a Windisch con la mirada tanto un hombre vestido con traje de faena azul y como otro que aparenta trabajar en el alcantarillado; el diario de Lola es robado de su recóndito escondite, no hay secreto, el secreto es el eje de la intimidad, el bosque también tiene ojos. "¿Crees que si no confías en nadie te volverás invisible?"

Herta nos presenta un panorama desolador, un infierno helado "yo miraba los bloques de viviendas como desde el fondo de un abismo": niños de aspecto inexpresivo, que envejecieron en su niñez y tienen olor a fruta guardada; "los hombres pasan embozados, hablando solos, y las mujeres flotan macilentas en sus largos jubones por las calles del pueblo, saliendo de sí mismas para refugiarse en las labores domésticas", el paisaje se diluye "en el crepúsculo que rueda por las calles como un intestino grueso y en el cual el sol se pone en una roja charca de tedio", el rojo divisor, símbolo evidente del comunismo, rojo es el vestido con el cual será sacrificada Amalia para obtener su pasaporte en El hombre es un gran faisán en el mundo; de rojas quedan teñidas las manos de Tereza en La bestia del corazón, roja es la sandía (¿Alemania?) que al ser dividida lanza un estertor y provoca la indigestión y muerte de la abuela, y cuyo jugo rojo llena el suelo, las vallas y las paredes son rojas, "el cielo estaba rojo y hacía daño a los ojos".

Como en Hiroshima las sombras han abandonado a sus cuerpos. Los pescadores sólo pescan hierba, calcetines carcomidos y calzoncillos hinchados, la ropa de los ahogados que han tratado de escapar sin saber nadar, y de vez en cuando un pez mugriento que podría ser un gato muerto; al día siguiente los barrenderos barrerán todo, hasta las ideas, hasta las ganas de vivir.

Los regímenes dictatoriales están plagados de ojos y orejas, pero, a mayor represión, más ironía; a mayor opresión, símbolos aderezados con unas gotas de folklore: esa hormiga que arrastra una mosca muerta podría representar al pueblo que, ignorante de su poder, conduce al dictador arrojador de larvas; ese manzano devorador de sus manzanas verdes, tal vez sea la patria corrompiendo a sus jóvenes, convirtiéndolos en una juventud agusanada de la que no cabe esperar nada; en ese perro, que tiene nombre femenino y vigila atento el entorno, se adivina a Rusia. Ironía de ese padre, que podría ser el de la protagonista de "En las tierras bajas" o el padre de Rumania, Nicolae Ceaucescu, autodenominado "el conductor", y cuya foto, falsa también, lo muestra conduciendo las reses al matadero.

El escritor intenta pasar desapercibido transitando en dos caminos: el de la burla soterrada y el del disfraz de la metáfora, complicando el trabajo de los censores; así puede estar tranquilo con su conciencia, ya que denuncia, como es su obligación y, al mismo tiempo, permanece oculto en sus palabras. Herta viste un luto transparente, "el vestido se me había congelado, mi vestido era transparente y negro".

A través de su obra va en búsqueda de la raíz de ese hielo envenenado que ha contaminado a la sociedad y congelado su alma, remueve las sombras del pasado, abre heridas que se pensaban secas para liberarlas de sus costras falsas. Se resistía a ser aplastada por la historia y a toda costa intentaba mantener su individualidad, su marginalidad, lo que la hacía distinta, hasta que se rindió y partió a Alemania en una especie de fuga en muerte, lejos de su tierra natal, la bestia de su corazón quedaría por siempre dividida. "El hogar está donde estás tú. "

Para Herta no hay esperanza, Eros intima con Thanatos, el amor degradado hasta sus últimas consecuencias: el carpintero tiene relaciones con su mujer ante su madre agonizante; Windisch hace el amor con Katharina entre las tumbas del camposanto; Adina lo hace con Dimitri entre la basura; sexo solitario de Katharina, jadeante como una máquina de coser; entrega de Clara a cambio de unos cigarrillos y chocolates; amor desleal de Tereza. Amor contrarreloj, con el calor y el hielo mezclado en la piel, siempre en el mismo lugar, a la misma hora, el mismo día.

Y Thanatos, tan degradado como Eros, "una muerte barata como un agujero en el bolsillo: metías la mano y el cuerpo entero te acompañaba". La muerte de los frustrados evasores; la muerte miserable de Lola que había arribado a la ciudad cargada de esperanzas y terminó ahorcándose con un cinturón; del hojalatero, colgado de una soga que aún podría ser utilizada y cuyo anillo de boda no aparece; del infeliz que ha muerto en la cabina de teléfono que era su hogar; los escapistas que se arrojan de las ventanas del hospital incapaces de soportar sus sufrimientos; Kurt ahorcado; Edgar víctima, como Ioan Culianu, de los tentáculos a distancia de la Securitate; muerte de un niño con sus vías respiratorias bloqueadas por caca de corneja; muerte por error de Dimitri, en cuyo entierro, al tiempo que llora, la cartera informa a Amalia que debe ser sacrificada; muerte negligente de Tereza con un cáncer no atendido; muerte de la abuela ahogada con un trozo de manzana, roja por cierto; muerte corrupta del infeliz obrero al que postmortem le hacen ingerir el alcohol para que el Estado no pague la indemnización por su accidente; muerte en la calle, la muerte colectiva, "los hombres caían sobre el asfalto, gimoteaban, se estremecían y no eran de nadie. Luego venía gente que les quitaba los anillos, los relojes de pulsera cuando sus manos aún no estaban tiesas, los lóbulos de las mujeres sangraban cuando les arrancaban los aretes."

La corrupción no deja piedra sobre piedra: mordida al veterinario para sacrificar un ternero; para obtener el pasaporte se requiere pactar con el servicio secreto o entregar incontables sacos de harina al alcalde y/o someterse a los bajos instintos del cura y el policía; corruptos son los aduaneros que permiten a las mujeres pasar el contrabando en sus genitales, corruptos son los obreros que roban en las fábricas y en el matadero, "los trabajadores bebían sangre caliente", como su compatriota Drácula y, al hacerlo, se convertían en cómplices del sistema, nadie está libre de culpa... Cada uno aporta el granito de arena de su propio fracaso.

Pero las cosas cambian para seguir siendo las mismas, pesadilla del eterno retorno; Windisch luce su uniforme nazi y se molesta al ver que su hija, quien se sacrificó para obtener los pasaportes, sufre en silencio, ¡Estoy harto de ella!, ¿Por qué llora? "Lo único que sabe es deprimir a la gente."

¿Quién paga las culpas? El siniestro Pavel logra escapar con el pasaporte de Abi, (quien no pudo resistir a la tortura) y desde Viena escribe a su amante; se remueven los puestos, el severo Pjel, convertido en un inocente anciano, lleva de la mano a su nieto; el frenesí ha pasado, ahora el director enseña educación física, el profesor de educación física es dirigente sindical; el profesor de química es el responsable del proceso de cambio y democratización, la hija de la criada, que había obtenido su puesto de maestra gracias al servicio secreto, es nombrada directora; cuando las llamas consumen las fotos del dictador la flamante directora exclama ¡cuánto he esperado este momento! Adina le reclama, pues no se te notaba, "no podía hacer nada, tenía que callarme, tengo una niña". Ya lo sé, los hombres tenían mujeres, las mujeres tenían hijos, los hijos tenían hambre. Aquello se ha acabado, estamos vivos. Vendré a verte la próxima semana. La ciudad cambia de abrigo. Cuando Windisch y su mujer regresan a su pueblo se dicen, "es como si nunca hubiéramos vivido aquí", y así es... allí sólo habían muerto.

Por encima del sueño, detrás de la ciudad, aguarda un día ligero y triste. Invierno y aire caliente, y los muertos están fríos, la vida continúa.

Ovidio desterrado por Augusto a los confines del imperio romano, terminó sus días en la antigua Dacia, hoy Rumania; en la desolación del exilio se engendraron sus Tristes y sus Pónticas: "Si miro el lugar, es un país odioso y no puede haber en todo el mundo ningún otro más triste; si miro a sus hombres, apenas si son personas dignas de este nombre y son más fieros y crueles que los lobos. No temen las leyes, sino que la justicia cede su lugar a la fuerza y el derecho yace vencido bajo la combativa espada."

"Sabía que estaba viva porque me dolía. Y como aún estaba viva, llegó el odio." Herta Müller hurga en el basurero de su infancia; desde su óptica de niña busca la razón del fracaso. Remontándose al pasado encuentra una evidencia: sus padres la concibieron entre las lápidas de un cementerio, el desamor es el origen de su frialdad, la cruel herencia. La hija no deseada le dice a la madre no querida: "¿Por qué me preguntas la hora? Porque es lo único de lo que se puede hablar contigo."

Herta bucea en las heladas aguas donde crece la flor de la creatividad: esa niña es "la criatura del diablo" que sale de una casa en la que no hay más que adultos. Lleva en las manos tantos juguetes como puede cargar, tiene envidia de ver que los otros niños juegan mejor que ella, pero tiene miedo de quedarse sola, para defenderse no tiene más remedio que morder y arañar, convertirse en una bestia que ahuyenta a los niños y echa a perder los juegos que tan impaciente había esperado. Está más abandonada que cualquier cosa en el mundo, es fea, quiere regalar todos sus juguetes, llegar a casa antes de que la culpa pierda su frescura. "Eres demasiado tonta para jugar", le dice su madre.

Esa niña que quiere morir pero no muere, que sueña con verse muerta es Herta. "Se refugia en su cuarto cuando le entran ganas de llorar. Cierra la puerta, baja las persianas y enciende la luz, se coloca frente al espejo del lavabo. El sol no puede entrar, allí la autocompasión crece tres veces más. Cuando la niña ya no sabe cómo acabar el día se va a su habitación con la tijera. Se coloca ante el espejo, se corta el pelo. Por qué lo has hecho: porque no me soporto. " En efecto, por eso escribe, para matar y congelar a sus recuerdos. "La felicidad nos devora la vida, se evapora en una olla de remolachas."

Herta Müller hace hincapié en el elevado precio que hay que pagar por la libertad: torturas, acosos, arrestos domiciliarios... si el costo de París fue una misa, bien valen tres pasaportes, cinco revolcones con el cura y otros pocos más con el policía, por fortuna al alcalde le interesa más la gula que la lujuria, y además se trata de un pueblo donde la burocracia no está tan entrampada.

El fascismo, dice Juan Gelman, comienza en la intimidad de las relaciones humanas. "El dictador dormita en el corazón, como en tus novelas", dice Paul a Adina en La piel del zorro, desliz que revela la verdadera identidad de que quien se había ocultado con las máscaras de sus personajes es Herta Müller. Esa niña que juega a ser adulta y quien quería bajarse del tren de la vida a recoger amapolas, que quería ser una muerta hermosa y a quien los sauces le habían dicho que era el pantano más hermoso del mundo, esa niña que se resiste a dormir y juega con otro niño de su edad: "Yo lo riño porque está borracho, porque no trae dinero a casa, porque es un gandul y un inútil, un granuja y putañero, un cabrón. Así es el juego, me divierto y es fácil jugar. No quiero dormirme, el sueño es muerte... Mi corazón palpita de miedo en su alegría. miedo de no poder seguir alegrándome, miedo de que el miedo y la alegría sean la misma cosa".
Noticia nº: 3371 | 10-02-2010
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