El traductor y poeta José Luis Reina Palazón (Sevilla, 1941), reciente ganador del Premio Nacional a la Obra de un Traductor, estuvo el pasado lunes 3 de diciembre en la Escuela De Letras compartiendo con los alumnos las claves del proceso de gestación de su magna labor al traducir las “Obras Completas” de Gottfried Benn, uno de los principales referentes de la lírica alemana del siglo XX. En la charla explicó su método de trabajo, disertó sobre las características esenciales de la estética de Benn, leyó algunos de sus poemas y presentó un importante hallazgo: la aparición de un poema inédito que no llegó a ser incluido en las “Obras Completas” publicadas este año por la editorial Calima.
Redacción Actualidad Literaria
Por Ernesto Bottini
Adelantándose a las fiestas navideñas, Reina Palazón llegó a la Escuela De Letras con un saco lleno de regalos poéticos. Además de presentar el fragmento inédito de Gottfried Benn en exclusiva para los lectores en lengua española, repartió a los asistentes ejemplares de su “Antología esencial de la poesía alemana”, editada por Espasa Calpe en su Colección Austral en 2004.
Antes de la conferencia, el traductor de la exitosa edición de las “Obras Completas” de Paul Celan tuvo a bien contestar a unas preguntas para los lectores de Actualidad Literaria.
José Luis Reina Palazón, entre la expresividad y la exactitud
- ¿El premio que se le ha otorgado recientemente ha funcionado como estímulo para su trabajo futuro?
Yo soy muy estimulado precisamente por el trabajo en si. Es decir, yo trabajo con mucho placer en la traducción y para mí la palabra trabajo no es la adecuada, sino simplemente puro placer en aquello que hago porque se trata siempre de textos muy interesantes de grandes poetas, o de grandes narradores, y por lo tanto nunca necesito un premio o algo parecido del exterior, sino que de la propia fruición de los textos saco toda la energía, que es mucha. Trabajo mucho, desde las nueve de la mañana a veces hasta las once de la noche, sin cansarme, haciendo una pausa de dos a cuatro. El placer que siento es tanto que las horas más felices de mi día es cuando por la mañana me levanto, hago el café y me siento con la taza delante del ordenador. Por otra parte, estoy movido por un sentido social muy fuerte. Siempre entre en broma y en serio, como en una ocasión he dicho, yo trabajo por “patriotismo”. Es decir, porque creo que dadas mis coordenadas de haber ido a Alemania y escuchar a los autores y filósofos de la escuela crítica de Frankfurt y haber conocido a muchísimos autores, entre ellos varios de los que he traducido, con los que incluso tengo cierta amistad, como por ejemplo Enzensberger, o Genazino, y acabo también de hacer relaciones amistosas con el Premio Büchner de este año, Martín Mossebach, pues era mi deber aprovechar esos conocimientos y esas facilidades de bibliotecas e información que yo tenía allí para transmitir a la comunidad hispánica, no sólo España, toda esa riqueza que tiene la lírica, sobre todo, pero también la literatura alemana en general y otras literaturas que también traduzco.
- Teniendo en cuenta esta función social que menciona, y de estas coordenadas a las que hace referencia, ¿de donde viene su germanofilia?
Es un puro azar, o como diría tan bien dicho Pedro Salinas, un seguro azar. Mi formación ha sido más bien de cultura francesa, es decir que yo tuve francés y profesores de francés muy buenos, entre ellos quiero destacar a don Miguel Fernández de los Ronderos, en Sevilla, que junto con otro profesor de literatura y también de historia, Eduardo López Mejía, me abrieron sus bibliotecas, que eran en aquel entonces, los años cincuenta, bibliotecas prohibidas. Estaban todos los clásicos de la ilustración francesa, estaban los modernos que no se podían comprar en España, por ejemplo André Gide, y otros tantos. Por entonces mi gran ilusión fue siempre traducir del francés, puesto que era la lengua que mejor conocía. Pero al poco tiempo, cuando ya entré en la Universidad de Sevilla, llegó a la ciudad Agustín García Calvo. Me fascinó su persona, y me fascinó también sus enseñanzas, sus métodos de enseñanza de las lenguas clásicas, y también la crítica que hacíamos en comunicación con profesores de filosofía a veces también de textos filosóficos tanto clásicos, de los griegos, como a veces actuales.
Ese tiempo, que sería hacia 1958, Rafael Sánchez Ferlosio envió a Agustín García Calvo la traducción italiana, de la editorial Feltrinelli, de “Mínima moralia”, de Adorno. Rafael, a su vez, la había recibido de una persona extraordinaria, el lingüista de gran valía, semiótico y filósofo del lenguaje, que fue Víctor Sánchez Zavala. Fue también de los primeros, si no el primer traductor de Horkheimer y Adorno aquí en España. A mí me fascinó ese libro de Adorno, “Mínima moralia”, que leímos en italiano, y me fascinó tanto lo que decía y la manera en que analizaba las distintas situaciones sociales y artísticas de que habla el libro, que me dije que sería interesante escuchar a este hombre. Tuve esa guía, y comencé a aprender alemán en Sevilla inmediatamente con Umberto Pablo Spitz, que era un austriaco que vivía en Sevilla, casado con una gaditana, profesor de alemán, que tenía también una emisión en la radio.
Después en Salamanca también hice un poco de alemán con un lector que había en esa universidad. Pedí una beca y me la concedieron para estudiar en Frankfurt. Bueno, antes de eso estuve en Ginebra, trabajando precisamente de corrector de pruebas y de traductor del francés con Valente y Aquilino Duque, que estaba por aquel entonces en Ginebra. Allí gané un buen dinero, y con eso tenía la posibilidad de haberme quedado, y haber sido funcionario internacional como ellos, pero elegí ir a Frankfurt y efectivamente con ese dinero pagué también unos cursos de alemán en el Goethe Instituto cerca de Munich, en Bad Aibling. Ya después me dieron la beca para estudiar en Frankfurt, conocí a Adorno, lo escuché, murió, luego a Horkheimer, que vivió unos años más, y a sus discípulos, entre ellos Alfred Schmidt, que era el albacea también de Horkheimer, y a Habermas, durante muchos años. Cuando dejé de ir a la Universidad, porque estaba yo mismo dando clases, Habermas se hizo profesor emérito, de modo que durante todo ese tiempo también conocí a muchos escritores, debido que en Frankfurt hay una gran actividad de presentaciones de libros y editoriales. De ahí comencé a traducir porque vi que era necesario, o por lo menos yo creía que lo podía hacer un poco mejor que como se hacía en la traducción de poesía en España, sobre todo algunas traducciones que había por ejemplo de Celan, y de Trakl que había alguna que otra cosa, pero muy poco.
Después me llamaron también de la fundación de Trakl, de Salzburgo, y traduje la obra completa, que tuvo aquí un enorme éxito de prensa, y eso animó mucho a Alejandro Sierra, director de la editorial Trotta, y me dijo “vamos a lanzarnos a lo que tú quieras”, y le propuse a Paul Celan, que estaba en la misma línea que él quería, precisamente se la ofreció a von Ficker, que era un mecenas que protegió a Rilke, protegió a Trakl. Él administraba el dinero que Wittgenstein, el filósofo, dio para ellos. Rilke parece que cogió el dinero, pero Trakl no pudo porque le daba miedo entrar en los bancos, y parece ser que murió sin entrar en uno. Von Ficker conoció también a Celan, y lo quería unir en la línea de Elsa Lasker Schüler, que fue precisamente amante de Gottfried Benn, que es una gran poetisa expresionista, de la cual he traducido toda su obra poética en esta misma editorial donde está Benn, Calima, hace dos años. Celan se negaba a eso, lo que quería era que von Ficker lo metiese en la línea que más le corresponde verdaderamente, que es la línea de Hölderlin, Trakl y Rilke. Ahí quedó situado y vi, después del éxito de Trakl, que era Celan el que correspondía y el éxito fue también inmediato. Ese fue el primer Premio Nacional que recibí, en el año 2000. Por lo visto se impuso muy radicalmente frente a los otros candidatos, y el único finalista que quedó fue Eugenio Barjau, catedrático de lengua y literatura alemana en la Universidad Complutense. El éxito de la edición de las traducciones de Celan ha sido tal que vamos por la sexta edición, es decir que cada año, desde el año 2000, prácticamente se ha hecho una.
- ¿Qué hay de cierto en la máxima que afirma que para traducir a un gran poeta hace falta otro gran poeta?
Bueno, yo soy también poeta, y además soy un poeta muy conocido en el extranjero. He visitado ya cantidad de festivales en todo el mundo, desde México, Argentina, India, donde estuve en septiembre pasado, después, naturalmente, en Alemania, y en Italia, Bélgica y en muchos sitios. Tengo publicados otros libros antes, pero los dos libros definitivos están traducidos al rumano, completos, y también al francés y al macedonio. Se han pedido traducciones para el italiano, el ruso y el polaco. No siempre han sido concedidas por el ministerio. Las otras sí. Estoy publicado en muchísimas otras lenguas en revistas. Acabo de venir de Riga y de la bienal de poesía de Lieja, donde además he dado una conferencia sobre la trasgresión en la poesía. Este año estoy en febrero en el Festival de Nicaragua, luego tengo un Festival en julio en Melbourne, Australia, y otro en Macedonia, otro en México, en Acapulco. De modo que aquí también se me conoce, en España, pero digamos más entre poetas. He hecho lecturas en Madrid, en el Centro de Arte Moderno, y en mi región, que es Andalucía. Lo que pasa es que hasta ahora yo no he peleado esa baza, pero ahora lo voy a hacer. Es decir que voy a publicar pronto otro libro, es una trilogía que se llama “Exotarium”, y voy a continuar publicando con más frecuencia. Nuevos pomas siempre escribo, pero es necesario también publicarlos. No lo he hecho antes porque me hallo bastante seguro, veo la calidad que existe y veo la calidad y el éxito de mis poemas. No he hecho nada para que mis poemas sean traducidos, sino cuando yo he estado, por ejemplo en festivales.
Concretamente en un festival en la ciudad de Neptuno, cerca de la antigua Tani, que era donde estuvo Ovidio escribiendo sus Tristia. Precisamente en ese festival estaba también Jorge Semprún, era un festival de literatura, no sólo de poesía, y estaba también el periodista y novelista Armas Marcelo. Cuando terminé de leer, vinieron Semprún y Armas Marcelo a felicitarme y se acercó un editor rumano para proponerme la edición de un libro. Se había hecho una lectura en español, en francés y en rumano, dos actores y yo en español. Le dije al editor que adelante y lo editó inmediatamente. Y algo semejante me ocurrió en invitaciones a otros festivales. También se me acercó un director del Festival de Macedonia y me invitó a ir allí, y yo encantado. En cuanto a la traducción al francés, me pasó una cosa muy curiosa, una historia muy bonita. Un señor me escribió un día desde la Isla de la Reunión, que está cerca de Madagascar. Era un poeta francés allí afincado y que había leído en una revista española unos cuantos poemas míos. Probablemente fue en la revista Atlántica, una en la que publiqué hace unos años. Él quería comprarme el libro y yo se lo mandé. Quería traducirlo. Él mismo buscó la editorial belga, L`arbre à paroles, que es una editorial muy buena, donde hay una colección del mundo mediterráneo. Entre ellos está Casimiro de Brito, por ejemplo, o Paolo Ruffilli, de Italia. Lo publicaron con una ayuda del Ministerio de Cultura del gobierno anterior. Igualmente ocurrió con lo de Rumania. De modo que es la gente que se ha interesado. Propiamente yo no he forzado las traducciones.
Puede ser que haya un traductor bueno y que no sea poeta o que todavía no haya salido como poeta. Hay que tener, naturalmente, un dominio de la propia lengua, de la expresividad, y un buen gusto. En eso consiste también la buena poesía, en el buen gusto de la forma, en tener también la facilidad y la dote de dar una forma adecuada e ideal a eso que se lee en la lengua extraña, lo mismo que Benn postula para la poesía: la forma es el máximo contenido. También en la traducción hay que saber que eso es fundamental.
- Hay un esfuerzo notable en este trabajo por mantener el metro y la rima del original alemán. ¿Opta usted habitualmente por conservar estos parámetros aún a riesgo de rarificar el resultado en lengua castellana?
No hay apenas riesgo, es muy poco lo que varía del original. A lo mejor una palabra, y nada más. Sobre todo palabras que no cambian nada el significado fundamental del poema. Muy concretamente, se puede ver, y lo digo cuando leo este poema, un poema maravilloso y preciso que hay de Benn, que se llama “La hora azul”. Cuenta la historia de un marido que llega a casa tarde, abre la cancela, la cierra, entra, y su mujer le está esperando con una bandeja de rosas, y él sabe que ella tiene ya un amante, entonces él le dice “todo lo que nos hemos dicho ya son palabra que han pasado, ¿por qué me esperas con las rosas tardías?”. Después de hacerle una alabanza enorme a su belleza, ella responde que no se sabe lo que se vive, y “¿qué importa eso?, él, yo, tú”. Para la rima española, yo necesitaba una palabra que terminara en “ía”. Entonces he añadido “¿qué más da eso? Él, yo, tú, melancolías” Esa palabra, melancolías, en plural, no está en el original. Pero eso ni quita ni pone nada. Es como si hubiera dicho “¿qué importa? Él, yo, tú, tonterías, cosas vanas, vanidades”, si hubiese tenido necesidad de una rima en “ades”. Y todo lo demás al pie de la letra, casi al pie de la letra.
Mi regla es que las traducciones deberían ser exactas y expresivas. La traducción no solamente debe ceñirse al original, sino también darle una resonancia, una expresividad a esas significaciones originales. Por lo tanto es dar en la nueva lengua un nuevo poema, que es de lo que se trata. Si no, la traducción es buera, es decir, una traducción al pie de la letra simplemente sin conservar ritmos, sin conservar músicas, como por ejemplo se han hecho últimamente traducciones de Verlain y de Rimbaud, es verdaderamente increíble... leer a Verlain sin música y sin ritmo es una tontería. Para eso no se ponen los versitos, como si fueran poesía, sino que se hace una traducción literal como si fueran textos en prosa. Se puede tener al lado un intento de traducción en metro y rima. Hacer una traducción literal en prosa, y decir que eso es Verlain, que eso es Rimbaud, no puede ser.
- ¿Debe el traductor reponer las distancias de contexto cultural entre los originales y las traducciones?
Las figuras de dicción, o las figuras retóricas que puedan darse en la lengua original, efectivamente se deben paralelizar, en el sentido de crear algo semejante en la lengua de destino, en este caso el español. Ahora bien, no se debe caer en la ilusión de poder imitar. Lo ejemplifico también con una imagen pictórica. No se pueden imitar a Las Meninas, porque sale un churro como los que hacen los pintores del domingo. Cuando llega alguien que es tan artista como Velásquez, en este caso Picasso, pues lo que hace es otras Meninas. Pues también en la traducción hay que hacer otras Meninas, lo cual no quiere decir que uno haga algo tan distinto que no tenga nada que ver con el original. Se tiene que considerar todo lo que el original puede aportar. Uno tiene que saber que eso lo tiene que hacer sonar en su propia lengua. Uno no puede imitar la fonética inglesa, ni la francesa, ni la alemana, porque son fonéticas distintas, y por lo tanto hay que lograr esa resonancia en la lengua propia. Lo cual no quiere decir que si es posible en la lengua propia la repetición de la sílaba “re”, que lo uso varias veces, como por ejemplo en italiano, que está más cerca del nuestro, pues se intente la sílaba “re”, incluso cambiando las palabras, poniendo unas palabras semejantes, pero que no sean exactamente las mismas.
Lo ideal es la balanza entre aquello que se pierde y aquello que se gana. Los poemas pueden ganar, no solamente la poesía es aquello que se pierde en la traducción, como decía Cocteau, sino también aquello que se gana. Yo tengo unas traducciones de Cocteau publicadas en la revista Barcarola hace ya años, de las que estoy muy orgulloso, y que son tan buenas como pueden ser las de Cocteau. Son sonorísimas, son bellísimas, guardan los ritmos, guardan las rimas.
- Siguiendo ese razonamiento, ¿que opina de la sentencia que afirma que el traductor es un traidor?
No existe esa traición. Esa traición está imbuida de la perspectiva que considera que hay que reproducir un texto, y no se trata de la reproducción, porque eso es imposible. Tú tienes otro instrumento, tienes la guitarra española, y no se pude imitar el piano alemán. Tienes que hacer sonar tu lengua española, que es riquísima, que tiene una tradición enorme de posibilidades retóricas. Hay que conocer muy bien esa tradición, leer mucho a los clásicos, leer mucho a Bécquer, leer mucho a los maravillosos poetas del ´27, que tanto hicieron en esta renovación que hicieron de la tradición, y poder entonces tener esa imaginación y esa capacidad, que eso es lo que se dice “tienes que ser un poeta”, un individuo que sepa hacer cantar y hacer expresar esa lengua. En ese caso, repito, no hay tradición sino superación. Hay una revolución de aquellas ideas poéticas, de contenido y de forma, que da el original.
- Pensando en la “realidad subyacente” del lenguaje que planteaba Wittgenstein, quería preguntarle por la figura de Fritz Mauthner, un autor poco difundido en España.
Lo leía mucho Borges. Me parece extraordinario el análisis que hace sobre el lenguaje, y precisamente se detiene en la expresividad del mismo, de modo que lo considera como algo fundamental. Después está el propio Carl Büller, muy bien traducido por Julián Marías, y fue precisamente uno de los libros que me llevé a Frankfurt. La teoría de Büller señala las diversas cualidades del lenguaje, las fundamentales, y hace hincapié, lo mismo que también hicieron después los estructuralistas, en la parte de la expresividad como característica de la poesía, y de cómo esa expresividad es la que hay que lograr pasar a otras lenguas. En ese sentido, también él subraya esta línea que yo defiendo.
- ¿Queda algún gran escritor alemán aún por descubrir, que no haya sido suficiente o correctamente traducido?
Tengo que decir que la producción de traducciones españolas es formidable, extraordinaria y que se ha traducido mucho. La prosa está muy bien traducida. Conocemos la obra y el trabajo de Miguel Sáenz, que es ejemplar, pero también otros, por ejemplo Isabel García, que recibió un premio por la traducción de “La montaña mágica”. También hay traducciones de Sebald buenísimas por parte de Carmen Gómez. Ellas son alumnas de Eustaquio Barjau, cuyas traducciones de Peter Handke son extraordinarias. Hay nuevos autores que se irán traduciendo y se está muy al día sobre lo que va saliendo. Por ejemplo, acaba de recibir el Premio Büchner Martin Mossebach, que es un narrador, novelista sobre todo, y ya se están traduciendo dos novelas de él.
En el campo de la poesía, por ejemplo Grünbein, del que he traducido yo dos libros, y que es considerado el genio, digamos el Brecht-Benn actual de Alemania. Quedan, naturalmente algunos poetas jóvenes, o relativamente jóvenes, que todavía no han sido conocidos. Algunos están en esta Antología de Poesía Alemana que publiqué en Espasa Calpe, y otros que tienen gran dificultad para ser traducidos porque son tremendamente ricos. Uno de ellos murió hace un par de años, en la Feria del Libro, de un ataque al corazón. Oscar Pastior, un rumano-alemán que desde los años ´70 vivía en Berlín. Es casi imposible de traducir por la sencilla razón de que es una poesía fonética. Él me habló muchas veces sobre la posibilidad de que lo tradujera, y yo intentaré por lo menos pasar algo, lo que se pueda. Hay otro muy bueno, que es Peter Rumkorf, que entraña también una gran dificultad para traducirlo. Pero también lo voy a intentar. Hay tanta producción también en Alemania, que no se puede traducir todo.
Creo que estamos en un momento editorial extraordinario, y hay que dar las gracias a esas editoriales como Visor, Hiperión, Anagrama, El Acantilado, que están muy pendientes de lo que en Alemania se produce, y desde luego que lo mejor está ya traducido o se va a traducir. Y habrá nuevas generaciones que irán traduciendo lo que se vaya escribiendo. Sería muy raro que se escape alguien.
El momento cultural en España es muy fructífero, y hay que seguir en ello, y también la Escuela De Letras en eso juega un papel extraordinario, y deben también introducir la traducción y el encuentro con traductores, para que salgan nuevas generaciones. No hay que pensar sólo en uno mismo, en ganar uno mismo, lo que interesa es que la comunidad hispánica reciba todo ese enriquecimiento que se hace y que es absolutamente necesario, a través de la traducción, para que se varíen las perspectivas nacionales, provinciales y tradicionales en una literatura. Ya no es posible, y eso hace tiempo ya que lo dijo hasta Goethe, una literatura nacional. Ese es el gran mérito y el gran fruto de la traducción.
- ¿Qué lugar ocupa Miguel Sáenz en la tradición traductora de España?
El tradujo después de los años ´50, especialmente por iniciativa de alguien que, aunque no conozco personalmente, aprecio mucho, por la admiración hacia su padre, Pedro Salinas, que es Jaime Salinas, quien le propuso que tradujese y se concentrase en Günter Grass. Toda la labor que ha hecho es extraordinaria, lo mismo que otro traductor buenísimo que es Sánchez Pascual, el traductor de Nietzsche, una labor inmensa. Los dos y tantos otros, Feliu Formosa, que ha traducido también a Trakl al catalán. Todos ellos fueron inmediatamente reconocidos, porque tanto por la cantidad como por la calidad de sus traducciones son de admirar. Y hay otros a los que no se les ha dado reconocimiento oficial, pero que ya se les dará, como el propietario de Hiperión, Jesús Munárriz, el traductor de Hölderlin, Federico Bermúdez, Jaime Siles y otros.
- Ha nombrado a Salinas, y en un ensayo escrito sobre su obra, alguien mencionaba unos versos del “King Richard The Second”, de Shakespeare, donde el duque de Norfolk se lamentaba: “My native English, now I must forgo;/ and now my tongue´s use is to me no more/ Than an unstringed viol or a harp...”. ¿Qué opina usted sobre esta relación con la lengua materna?
Perder la lengua materna, como traductor, es morir. Aunque como escritor esto no es así. Incluso no estoy de acuerdo con Paul Celan cuando dice que en poesía no hay doble lengua, con el contenido metafórico que también tiene esta expresión. Es decir, no se puede ser doble, o tener doblez, como si eso fuera algo muy negativo moralmente. Pero él mismo escribió poemas en rumano, y en francés. No sabemos si hubiese continuado en rumano qué habría pasado. Actualmente estoy traduciendo la poesía primera de él, que va a salir en la editorial Trotta, donde hay algunos poemas rumanos también, que son tan buenos como los mejores poemas que escribió en alemán. No solo está el caso famoso de Beckett, sino el de Héctor Bianciotti, a quien le pregunté, en una entrevista para Quimera, si no le daba nada dejar la lengua de Borges, de Paz, de Lorca, por la lengua francesa, y me dijo que no, porque esa no era su lengua, porque sus padres, que eran italianos, lo obligaron a hablar el español en Argentina, y no podía hablar el dialecto italiano que ellos hablaban. Quiso recuperar el italiano, no funcionó, y ha hecho una obra en francés con bastante esfuerzo, al principio, según me contaba, con miles de diccionarios, pero ha conseguido un estilo que le ha merecido la entrada en la Academia Francesa. No creo que lo hayan dejado entrar allí si tuviese un francés de mal estilo.
Por supuesto que es una aventura, y hay en la propia lengua una serie de emotividades que tal vez sólo se pueden expresar en ella. Y si se está muy ligado a esa tradición, naturalmente es mejor no dejarla, escribir solo en ella e incluso no aprender otras lenguas tampoco, o aprenderlas para leerlas, pero no practicarlas como lenguas de escritura. Hoy en día conviene abrirse a todo. Creo que eso es una rémora que hay no sólo en los escritores, y en los poetas españoles, sino que lo tiene todo el país, también los científicos, que están al día de la información pero que no pueden expresarse fácilmente en la lengua ajena, y eso les impide entrar en las discusiones internacionales de los problemas que ellos manejan. Los filósofos también, y es muy necesario para los poetas, que son los que tienen que hacer tal vez el cambio o la revolución mayor en la lengua propia. Y eso a veces no puede llegar, precisamente en países como el nuestro, que ha quedado mucho tiempo aparte de la historia, en la modernidad, y eso nos e puede hacer más que estando informados y pudiendo leer en lenguas originales a los poetas del mundo. Es imprescindible, y es lo que hicieron los del ´27. Dieron el gran vuelco, y después con el ´50 se bajó el nivel en ese sentido, y fue Valente el que recuperó de nuevo la lectura de Celan y otros, y también Claudio Rodríguez, que conocía muy bien la tradición inglesa.
- ¿En qué está trabajando actualmente y cuales son sus proyectos para el futuro?
Estoy trabajando en la poesía primera de Paul Celan, que está por la mitad, y he terminado la poesía completa de Nelly Sachs, que fue Premio Nobel en 1966, y que fue algo extraordinario para mí, una revelación acerca de todo ese fenómeno de la Shoa, el Holocausto, pero con una nota positiva, de resurrección y con una riqueza de imágenes hermosa, que va a ser un impacto mayor, creo, que el que ha significado la traducción de Celan aquí en España. Es algo extraordinario, fabuloso; yo sabía que era buena, pero no tan buena. No falla en ningún poema de los diez libros que tiene. Eso va a publicarse en Trotta en la próxima primavera.
También estoy terminando la traducción de un poeta belga, que se va a publicar en la editorial Eda libros, en una colección de poesía internacional que yo dirijo, que se llama Norte y Sur, donde hemos publicado la Poesía Completa de Sara Kirsch, que es la última poeta alemana de gran prestigio, que vive todavía y tiene unos setenta años. Allí publicaré a este joven poeta belga, que se llama Carl Norac, un libro que recomiendo de todo corazón y que se titula “Elogio de la paciencia”. Es exquisito.
”Un poema es siempre la pregunta por el yo”: El poema olvidado de Gottfried Benn
Por José Luis Reina Palazón
A pesar de la exaustividad de los filólogos de la Edición Crítica de Stuttgart de las Obras Completas de Gottfried Benn, que se publican por Calima Ediciones en mi traducción española, por primera vez en una lengua extranjera, ha ocurrido el milagro, nada raro dada la intensa producción en verso y prosa de Benn, de que aparezca un texto que, aunque publicado en su día, dado su carácter ocasional no cayó en las redes críticas de Gerhard Schuster y Holger Hof. El poema se publicó en 1925, etapa de plena madurez poética de Benn, aunque fuese genial desde sus primeras publicaciones que le catapultaron a la fama. Era ya la época en que Benn salía de la experimentación expresionista y asentaba su trascendente nihilismo en un esplendor de la forma. Apareció este poema en un pequeño catálogo de la exposición de retratos de personalidades de la fotógrafa Riess en la galería Flechteim de Berlín. El catálogo es escueto: sin datos biográficos de la Riess, como ella se llama a sí misma, contiene sólo una lista de los 177 retratos, algunas reproducciones y... en la última página: un poema de Gottfried Benn, que no dejó huella en su legado y que se publicado por segunda vez desde 1925 en el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung del viernes 27 de abril de 2007, a cargo de Thomas Ehrsam, de quien tomo la información sobre el mismo.
Los yoes sobre las placas
con luces reflejas,
figuras y trazos saca
de su – plato de lentejas:
Allí la ceja, la mejilla
aquí -, ¿no intuye
tras la impuesta mascarilla
el otro rostro que huye?
Son ojos que durmieron,
frente que lo grande pensó,
labios que atrajeron –
¿pero qué se consumó?
La figura y sus trazos
en sombra de luz bañada,
en la placa los yoes, acasos –
rasgos de la nada.
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