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Actualidad Literaria es la revista de noticias de la Escuela De Letras. Su base de datos se actualiza diariamente y contiene información cultural, y especialmente literaria, proveniente del ámbito europeo y americano, desde febrero de 2003. Editor: Ernesto Bottini.

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Escritor de agua dulce: Bartleby publica los "Cuentos completos" de Haroldo Conti
Actualidad literaria
La obra de Haroldo Conti (1925-1976), pese a su prematura muerte a manos de la última dictadura militar argentina (1976-1982), constituye un sólido legado literario que la tradición rioplantense recupera y acomoda según las afinidades del momento. Con “Mascaró” y “Sudeste” alcanzó un cierto renombre internacional, principal responsable de que importantes figuras intelectuales de la época interpelaran a sus captores (se cuenta que estuvo secuestrado durante varios meses, antes de ser asesinado) para lograr su liberación. De ahí que el prólogo que acompaña estos “Cuentos Completos” (Bartleby, 2008), firmado por Gabriel García Márquez y aparecido originalmente en el periódico El País, represente una preocupación colectiva por esclarecer las circunstancias de su muerte.

Redacción Actualidad Literaria

Por Ernesto Bottini

"Un buen día, un día que jamás recordaré, como tantos otros que representan algo en mi vida, cambié el avión por el barco y me interné en las islas".
H. Conti

Los cuentos de Haroldo Conti reunidos en este volumen fueron publicados durante algo menos de veinte años en libros o revistas, y representan toda la producción cuentística del autor, más conocido por sus novelas, en especial “Sudeste” (1962), “Alrededor de la jaula” (1966), “En vida” (1971) y “Mascaró” (1975). Algunas de estas piezas se adentran en cierto realismo social o naturalismo militante, aunque no de forma ortodoxa, respondiendo al compromiso político del autor con la representación de una problemática social específica de la Argentina y con la tradición literaria en la que se inscribe, aquella que tiene a Roberto Arlt como uno de sus exponentes más significativos. Allí donde Arlt construía un espacio de actuación del individuo en la ciudad, un marco de referencia urbano donde desplegaba conflictos de inmigrantes, solitarios y marginales, la ficción de Conti se desarrolla en un espacio semi-urbano, provincial o intermedio, y muy en particular a orillas del río (“Sudeste es como la respiración del río”, llegó a decir un crítico). Hay en esta reunión excepciones, aunque cuando un relato tiene lugar en la ciudad su ubicación más precisa es el extrarradio, el descampado o la villa miseria (barrio o pequeña ciudad de chabolas, muy frecuente en Latinoamérica); el paisaje interior y exterior de los personajes se dibuja en los márgenes de exclusión del centro de poder.

El río es auténtico personaje de muchas de estas historias, una presencia que contiene y a la vez mira pasar la vida de las criaturas que lo habitan. Es una matriz a cuyas orillas van a parar los hombres como la resaca, como “esas estacas peladas que escupe el río”. Haroldo Conti es el gran escritor argentino de agua dulce, una rara mezcla entre el ingenio y la sensibilidad de Mark Twain y la precisión y destreza de Horacio Quiroga, el otro de sus precursores. La provincia de Buenos Aires se abre en sus páginas en infinitud de meandros y deltas, en multitud de chozas ribereñas: “Un banderín de los Granjeros Unidos de Rivera colgaba de la punta del estante y en la pared opuesta a la puerta había un mapa de la República Argentina con la Red Caminera Principal. El mapa estaba lleno de cruces rojas o azules trazadas con tinta la cual, no sé muy bien por qué, me llenó de un humor vagabundo. Tales mapas debieran prohibirse porque le recuerdan a uno que vive en un miserable agujero. El miserable agujero es esta puta Babilonia que para completo escarnio se llama de los Buenos Aires”. La provincia es la antesala de la ciudad para los que se dirigen hacia ella y la primera escala de la exclusión, pero también es el umbral entre la metrópoli “civilizada” y el páramo de la “barbarie”. Esta relación dialéctica entre el campo agreste y la ciudad, entre civilización y barbarie, es una constante en la literatura argentina. En su puesta en escena y discusión han participado desde Esteban Echeverría, Sarmiento y Lucio V. Mansilla hasta Borges, Juan Filloy y más allá.

Pero el volumen, visto en su totalidad, es un edificio construido con piezas dispares, partes de un retablo que imposibilitan un acercamiento demasiado generalizador o el intento de aplicar una taxonomía rígida a las líneas estilísticas y formales que lo componen. Hay una buena muestra de esa ficción ribereña antes mencionada y que caracteriza su obra, pero también hay relatos de duro realismo social (¿realismo sucio?), aquello que seguramente movió a los poco imaginativos sicarios militares para sentenciar su fantasmática condena. “Marcado”, “Como un león”, “Cinegética” o “Con Gringo” son un puñado de ejemplos del esfuerzo de Haroldo Conti por conjugar la construcción de objetos estéticos e intelectuales de sólida factura técnica con la representación de dramas humanos de profundo recorrido psicológico y palpitante actualidad política. En “Como un león” asistimos al relato de un joven inmerso en la descarnada vida de la villa miseria, en sus apreturas, mezquindades y pequeños heroísmos de dignidad. Allí se respira la densa atmósfera de los condicionamientos sociales, donde el hecho de asistir a diario a la escuela se convierte en una odisea de dimensiones sobrehumanas, donde todo representa a la vez un obstáculo y una posibilidad: la memoria de los muertos, el sacrificio y las traiciones de los vivos. En estas circunstancias el agente del orden es “el botón”, el policía, el alcahuete, una presencia amenazante. En “Cinegética” esa figura adquirirá una dimensión absoluta, mostrando el rostro más terrible de la locura mesiánico-castrense que marcó la segunda mitad del siglo XX, rostro de la infamia y parte sustancial de la maquinaria de terrorismo de Estado. Estas intervenciones semánticas del autor, dando voz a personajes que encarnan la mayor injusticia que una sociedad pueda imprimir sobre sus miembros, sumadas a las manifestaciones públicas y a la cercanía de Conti con la revolución cubana, lo convirtieron en un blanco perfecto para los acólitos de la desaparición.

El verismo que articula más de un cuento de este volumen se conjuga con textos de sugerente misterio e intriga, cortes en apariencia anodinos o menores, momentos de vidas cargados de una poderosa capacidad de evocación. Es seguramente en estos casos, como en el cuento titulado “Perdido”, o incluso en “Marcado” y “Bibliográfica”, donde la narrativa breve de Conti alcanza su mayor contundencia y efectividad. Es cuando desancla su escritura de la reproducción o duplicación de lo visible cuando logra cotas de maestría, labrados objetos narrativos capaces de llevar al lector al descubrimiento de zonas de la experiencia que no se activan a través del verismo y la frontalidad, esa pretensión de abarcar con el texto la totalidad a la que se alude, y que acaba por envejecer llevándose toda su materia viva. Fue a través de esta faceta que su narrativa pudo abrirse un lugar en el conjunto de aquellos que han logrado trascender el enfoque realista que le exigían sus inscripciones políticas, modulando una voz narrativa de solvente autonomía y supervivencia: Rodolfo Walsh, Osvaldo Lamborghini y Daniel Moyano son epígonos atendibles de esa búsqueda compositiva. “Operación Masacre”, “El niño proletario” y “El trino del Diablo” componen un mismo universo con algunos de estos cuentos y con más de una de sus novelas. Ese universo tiene como hilo conductor, en gran medida, un contencioso histórico con el “realismo mágico” latinoamericano, sobre el que Conti tuvo su particular opinión: “Otro que no fuera yo le dedicaría a esa escalera lo menos una página pero, aparte de que la estoy subiendo a la carrera, detesto ese cúmulo de vaguedades a propósito de cualquier cosa, un jarrón, una puerta o una roñosa escalera. Creo que a eso le llaman realismo o, en todo caso, si lo cargan demasiado de tales vaguedades, realismo mágico”.

Puede entenderse entonces esta reunión necesariamente heterogénea de toda la obra cuentística de Haroldo Conti como una oportunidad perfecta para adentrarse en la tonalidad, las preocupaciones y hallazgos de su escritura. Las páginas de estos “Cuentos completos” están repletas de secuencias con tintes cinematográficos: “Cuando pasan frente a la iglesia, el sol, que cae a plomo, los borra de un golpe. Sólo queda en el aire la cabeza del capitán, blanca de polvo, con un par de huecos que le hunden la cara. Después viene la cabeza del hombre que se bambolea de un lado a otro...” (“Con Gringo”); fotografías: “Vio al tío en un banco, debajo del horario de trenes. Parecía muy pequeño e insignificante. Tenía las manos metidas en los bolsillos, las piernas bien juntas, un paraguas sobre las rodillas y la mirada perdida en el aire” (“Perdido”); y retratos de marcada textura plástica: “Detrás de él la casa se empina contra el cielo, un poco ladeada hacia el molino. Las sombras se le marcan negras e intensas, a contragolpe de la luz, de manera que parece más hueca y vacía y, por supuesto, más grande” (“Otra gente”).

Conti trabaja con materiales en bruto aplicando herramientas y recursos técnicos de retórica despojada, sin complacencias estilísticas, dejando muchas veces al descubierto el propio lenguaje de los sujetos sociales, sin construirles un discurso mítico o alegórico pero logrando una esclarecedora voz de carrasposo lirismo.


Ficha:

Haroldo Conti
“Cuentos Completos”
Bartleby, 2008


Empieza a funcionar el Centro Cultural Haroldo Conti en el que fuera el centro de detención clandestina de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada)

La biblioteca ya está prácticamente funcionando. Tendrá, entre otras curiosidades, los libros secuestrados por “el Camarón”, como se conocía a la Cámara Federal Penal creada por la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse para perseguir a los opositores. En el edificio habrá también un área de artes plásticas y una cinemateca. “La idea es que éste sea un lugar donde se puedan mostrar esos cruces entre el arte y la memoria”, dice Eduardo Jozami sobre el Centro Cultural Haroldo Conti, que funcionará en el predio de la ESMA a partir del próximo 31 de mayo. Como inicio de las actividades sacarán dos libros: una recopilación de las notas que Haroldo Conti escribió para la revista Crisis y la reedición de El violento oficio de escribir, de Rodolfo Walsh.

–¿Cuál va a ser la diferencia entre este espacio y otros que funcionan en la ESMA, como el de las Madres?

–Es difícil saberlo todavía, cuando estamos empezando. Me da la impresión de que el espacio de las Madres va a estar ligado a su universidad, va a tener un sentido más formativo, con talleres y actividades de capacitación, mientras que el nuestro va a estar enfocado en la expresión de posturas, tendencias y debates. En la Argentina hay mucha producción artística en relación con el terrorismo de Estado, desde la literatura, el cine, la pintura, la fotografía... Nos interesa mostrarlo y, al mismo tiempo, impulsar la reflexión sobre el tema.

–¿Con qué actividades comienzan?

–La biblioteca Obispo Angelelli, de la Secretaría de Derechos Humanos, va estar lista para ser consultada en unos días. La idea es desarrollarla para que sea una biblioteca especializada, de referencia. Pero el centro cultural no está pensado solamente para investigadores o especialistas, vamos a plantearnos otras actividades, como el cine para las escuelas, que nos parece fundamental para ampliar los alcances. En la inauguración, el sábado 31, va a haber actividades como números musicales, lectura de poesía, la presentación del libro de Walsh, la exposición de algunas de las pinturas ya donadas para la sala. Queremos, además, que Miguel Rep pinte ese día una de las paredes del centro con un mural. Y el domingo 11 vamos a presentar en la Feria del Libro el primer libro de las ediciones del Centro Cultural, con textos de Haroldo Conti y sobre él, que sacamos junto con Colihue. El centro va a hacer convenios con diferentes editoriales para ir sacando colecciones. También estamos preparando debates y jornadas.

–¿Con qué temas?

–Estamos trabajando con María Moreno para hacer, en agosto, unas jornadas sobre ficción y memoria histórica a las que se va a convocar a escritores jóvenes que han escrito en estos últimos años novelas sobre aquel período. En octubre está convocado un seminario internacional sobre políticas de la memoria... y pensamos para junio un par de debates sobre los 40 años del Mayo Francés.

–¿Tomaron modelos de otros centros culturales para este proyecto?

–Estuvimos viendo, pero no hay muchos modelos que uno pueda tomar, porque en general en el mundo hay espacios de memoria y, por el otro lado, centros culturales. Es un tema en discusión, hay gente que dice que lo que hay que hacer con el horror es simplemente mostrarlo, que no hay por qué ficcionalizar el horror. Nosotros pensamos que una aproximación a estos temas desde el lado del arte, la fotografía, el pintura, la literatura, enriquece la visión y el debate sobre la memoria. Ese es el objetivo, claro que va a depender, como todas las cosas, de qué respuesta vayamos encontrando.

–¿Modificaron el edificio o lo mantuvieron igual para armar el centro?

–Lo dejamos igual, salvo reparaciones de los lugares donde había humedad o alguna rotura. Hay un proyecto para el año 2010, de una obra importante para construir un anfiteatro para 400 personas (Cristina Banegas es la encargada del área de teatro) y un espacio de arte muy amplio, aprovechando las características del edificio. La idea del gobierno nacional es tenerlo terminado para el Bicentenario. Nosotros estamos empezando a trabajar con independencia de esa obra, porque la biblioteca ya empieza a funcionar. Aunque no podamos disponer de todo el edificio vamos a poder funcionar bien.

–Además de libros, ¿va a haber otros materiales de consulta?

–Una hemeroteca. Recibimos ya la donación de las colecciones completas del diario La Opinión y la revista El Periodista, y pensamos que va a haber más donaciones. También va a haber material fílmico.

–¿Qué hay entre los libros secuestrados por el Camarón?

–De todo un poco, pero sobre todo mucha literatura de izquierda muy clásica, por ejemplo manuales de la academia del URSS. Se nota que eso es lo que más buscaba la policía, aunque en realidad nosotros ya leíamos otras cosas en los ’70. Son unos doscientos libros, algunos semiquemados, que encontraron en la Cámara Federal y pasaron después al Archivo de la Memoria. No sólo de la época de Lanusse, sino también posteriores, incluso de los ’80. Son la muestra de que la policía siguió secuestrando libros incluso en épocas democráticas.

Fuente: Página/12

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