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Entrevista a Richard Ford: Obligado a ser un hombre común para triunfar

Noticia nº: 2923 | 13-05-08, 20:54
Actualidad Literaria
Richard Ford llega al bar del hotel céntrico envuelto en una bufanda multicolor tejida a mano y un gorro de lana con pompón. En cualquier otra persona esto hubiese quedado infantil o simplemente ridículo, al estar rodeados por yuppies de inmaculados trajes, que toman cócteles al salir de la oficina. En Richard Ford resulta, en cambio, viril al estilo de Clint Eastwood (a quien, de hecho, físicamente se parece). Posiblemente con ese mismo gorro y con esa misma bufanda estuvo paleando nieve o cortando leña esta mañana en su casa rural de Maine. Y cuando Ford confiesa su dislexia y cómo todavía hoy le cuesta leer, y además saca la birome Bic transparente que siempre lleva consigo, queda claro que todo es deliberado: Richard Ford quiere mostrar al mundo, y a sí mismo, que es un hombre común.

Publica La Nación

Por Juana Libedinsky

"Supongo que lo de la Bic es parte de mi esfuerzo consciente de desmitificar lo que significa ser escritor -confiesa ´el mejor escritor americano vivo , según dijo Raymond Carver, además de ganador de los premios Pulitzer y Pen/Faulkner y figura de culto en el ambiente literario de Estados Unidos-. Trato de que mis hábitos sean lo más ordinarios y corrientes posibles para no perder el contacto con lo que ocurre a mi alrededor que, después de todo, es el material sobre el que trabajo."

La falta de pretensión de Ford es tal que su obra más célebre es una trilogía -que comenzó con El periodista deportivo (1986), siguió con El Día de la Independencia (1995) y acaba de concluir con Acción de Gracias -, sobre uno de los aspectos de Estados Unidos más despreciados por la elite intelectual: la vida en el suburbio.

"Es cierto que los suburbios estadounidenses son el producto del consumismo más elemental, de la cultura del auto, y que con sus autopistas, casas idénticas y grandes centros comerciales no deparan el mayor placer estético", dice con una voz grave y rasposa, mientras con sus ojos rasgados de un gris profundo perfora a la mesera que se demora con los tragos, a los yuppies que hablan fuerte, a su interlocutora rodeada de bolsas de compras. Harry el Sucio ante la vida superficial del centro de la ciudad.

Ford asegura que los suburbios no surgieron de la nada. "Si surgieron es porque alguna necesidad humana satisfacían. Entonces creo que antes de ponernos a criticar como intelectuales este tipo de fenómenos, tenemos que tomar conciencia de que nos representan como cultura, apropiarnos de ellos, para poder criticar, sí, pero desde adentro y sin superioridad. Justamente, en Acción de Gracias, Frank, nuestro narrador, toma posesión del paisaje suburbano en vez de decir ´Esto es una mierda . Lo hice a propósito. No aguanto los lugares comunes, las verdades establecidas. Si todos dicen que algo es una porquería, mi instinto va a ser, a través de los personajes, actuar de abogado del diablo. Me resulta un buen ejercicio para forzarme a abrir los ojos al mundo y quizás a los lectores les sirva para lo mismo", resume.

A lo largo de tres libros, uno por década, con episodios de unos pocos días de duración cada uno, Ford ha contado la vida adulta de Frank Bascombe, un hombre estadounidense bastante feliz, un tipo corriente cuya vida se narra en una de las obras de la literatura norteamericana más importantes de los últimos años. A esa trilogía la precedieron otras novelas, un extraordinario libro de cuentos cortos, Rock Springs , y crónicas de periodismo deportivo que lo llevaron a crear el personaje de Frank.

Ford nació en Jackson, Misisipi, en 1944, hijo único de un vendedor que recorría el país. Cuando tenía ocho años, su padre sufrió un ataque al corazón y el niño empezó a dividir su tiempo entre su casa natal y la de su abuelo, un ex campeón de lucha libre, en Arkansas. En 1960 su padre murió de un segundo ataque al corazón, al tiempo que Ford entraba en la universidad.

Nunca fue un alumno destacado y tuvo problemas de dislexia; sin embargo, de adulto empezó a interesarse por la literatura. Luego de graduarse en la Michigan State University, donde conoció a quien sería su mujer, Kristina, e intentar por unos meses estudiar Derecho, entró en un curso de escritura creativa en la Universidad de California, en Irvine, donde se recibió en 1970. No pasó mucho tiempo y, junto con Raymond Carver, Tobias Wolff, Ann Beattie, Frederick Barthelme, Jayne Anne Phillips, entre otros, se convirtió en una de las voces más célebres de lo que pasaría a llamarse el realismo sucio norteamericano. Vivió en distintos puntos de Estados Unidos y terminó radicándose en Maine, en el frío Noreste del país.

"Soy un escritor sureño porque nací en el Sur de estados Unidos. Pero más allá de mis comienzos, nunca quise escribir libros para sureños, o ubicados en el Sur, o que reflejasen las típicas preocupaciones sureñas; es decir, cuestiones de raza y lo irreparable del pasado", aclara. Y consultado sobre si siente que mantiene el acento, aclara, galante, que este siempre le vuelve "después de un par de copas, o si estoy frente a una chica linda". "A todos los hombres del Sur nos pasa eso aunque hayan pasado décadas desde que nos fuimos", explica sonriendo, evidentemente encantado de ser uno más de la masa.

-¿Cuánto lo afectó la dislexia en su tarea de escritor?

-Curiosamente, mi dislexia leve me convirtió en mejor lector de lo que de otra manera hubiese sido, porque me obligó a abordar los libros de manera lenta y muy concentrado. Es decir, por leer tan despacio -cosa que todavía hago- y nunca poder darme el lujo de leer en diagonal o de manera superficial, creo que pude extraer mucho más de cada texto y entender realmente de qué se trataba. No creo que lea tan bien como el común de la gente ni siquiera hoy. Pero como nada me apura y puedo escribir y leer tan lento como quiera, no me hago mayor problema.

-¿Qué autores fueron los primeros que lo marcaron?

-Lo primero que leí tuvo un efecto gigantesco sobre mí. Arranqué directo con los grandes escritores estadounidenses, Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, a los 19 años. Antes de eso no había leído nada. Nada de nada. En la escuela habían intentado hacerme leer, sin ningún resultado. Hasta entonces no había entrado en mi cabeza que se podía leer si uno lo hacía más despacio que los demás. No tengo idea de cómo hice para terminar el secundario y menos idea tengo sobre cómo logré que me aceptaran en una universidad. Mentira, respecto a esto último tengo una teoría. Justo se acababa de morir mi padre y creo que les di lástima a los que se ocupaban del ingreso. Por otro lado, se trataba de una universidad de Michigan donde habían visto pocas veces a chicos de Mississippi blancos, y supongo que eso les interesó.

-¿Por qué es escritor?

-Porque fracasé en todo lo demás. Traté de ser un abogado, un periodista, trabajar para el gobierno, y fracasé miserablemente en cada intento. Hasta que un día le dije a mi madre: "Creo que voy a intentar ser escritor". No tengo idea de por qué lo dije. Podría haber dicho con la misma naturalidad que iba a ser mecánico de aviones o dedicarme a la lucha libre. A veces las cosas que uno hace no tienen una lógica para los demás; bueno, esto ni siquiera tenía una lógica para mí, pero nunca miré atrás. Le dije entonces a mi novia que quería largar todo y mudarme a Nueva York para ser escritor, y que se casara conmigo. Me respondió que le parecía una idea maravillosa y lo hicimos.

-¿Que ella se sumase inmediatamente a la aventura le reconfirmó que era "la indicada"?

-Eso ya lo sabía. Si me hubiese dicho "Mmmm no me parece una buena idea", me habría quedado con ella, pero no habría sido escritor.

-¿Qué diferencia hay entre un cronista deportivo y un novelista?

-Ser un cronista deportivo es mucho más divertido que ser escritor. Es un juego de chicos. Yo había fracasado en todo y de pronto conseguí que me pagaran por volar a distintos puntos del país para hablar con glorias del deporte y escribir sobre el encuentro. Encima, me ponían en buenos hoteles. Nada pudo gustarme más que ser cronista deportivo y, en definitiva, escribir finalmente es escribir. Entonces, como hoy, estaba en un escritorio con un lápiz o la laptop poniendo sobre papel lo que pensaba, armando una historia

-¿No hay mayores diferencias, entonces, entre ser periodista y novelista?

-Es más fácil ser periodista porque no hay que mantener la concentración en un tema por tanto tiempo. Como periodista uno escribe la nota, hace lo mejor que puede y listo, a la próxima. Como escritor uno pasa cuatro años exprimiendo sus entrañas, sacando recursos de donde uno jamás imaginó tenerlos, y no puede abandonar el texto hasta que no siente que dejó todo lo que tenía para dar en la página, lo cual suele tomar años.

-¿Cree que todos los periodistas son, en el fondo, escritores frustrados?

-¡No! Creo que todos los periodistas que conozco están muy contentos con su trabajo. Es verdad que la mayor parte de los periodistas con los que ahora entro en contacto están más cerca de los treinta y cinco años que de mi edad, así que todavía son jóvenes en su profesión, pero no ven razón alguna para estar haciendo cualquier otra cosa.

-¿Cuál fue su mejor nota como periodista?

-Una que nunca salió publicada porque justo se fundió la revista. Era el perfil de un famoso entrenador de fútbol americano, que trabajaba en la universidad donde yo había sido profesor por un tiempo. Entonces me gustó volver y ver lo que había sido mi entorno pero con ojo crítico, desde afuera. Este hombre, además, tenía muy mala reputación, se lo consideraba un fraude, pero para mi sorpresa encontré que me gustaba. Fue un desafío para mí poder contar esta transformación mental que tuve respecto a él, cómo yo pensaba que era un tipo de persona y me fui dando cuenta de que yo estaba equivocado; eso me gustó tanto como narrar la historia del personaje.

-¿Qué opina del término "realismo sucio" con el que se lo suele identificar?

-Nunca pensé que yo escribiera cosas particularmente sucias, ni que ninguno de los otros escritores así etiquetados lo hiciera. Lo que ocurrió fue que Bill Bufford, el editor de la revista literaria Granta, tenía un grupo de escritores estadounidenses que no tenían una audiencia en el extranjero, en particular en Gran Bretaña, y pensó que agruparnos como si fuéramos un movimiento literario podría ayudar a hacernos conocidos. Evidentemente funcionó, porque para mi sorpresa veo que "realismo sucio" es una expresión que sigue saliendo de la boca de bebés, ni siquiera estoy seguro de que alguien como tú hubiera nacido en 1985, cuando fuimos bautizados así y en otro país

-Es sabido que la trilogía que con este libro acaba arrancó cuando su mujer le dijo por qué no escribía sobre un hombre feliz. Sin embargo, ¿no se supone que los escritores anglosajones consideran que happiness writes blank (la felicidad no sirve más que para devolver la hoja en blanco)?

-Escribir sobre algo positivo es una empresa valiosa, pero no siempre es fácil. Para empezar, hay que creer en lo afirmativo, algo que muchos no hacen, y luego encontrar una historia que sea positiva pero que a la vez sea dramática e interesante. Ser inocente o estúpidamente optimista es lo más aburrido que hay. Hay una frase maravillosa de Wallace Stevens, el poeta americano, que dijo: "We gulp down evil, choke on good". Esto quiere decir que el bien no tiene buen sabor, es el mal el que se digiere fácil. Por eso es mucho más difícil escribir sobre lo bueno que sobre lo malo, pero, a la vez, hacerlo es un mayor desafío. Para mí la clave es entonces inventar barreras que debe superar el personaje. San Agustín decía que el mal es la ausencia del bien y yo me baso en eso para crear los argumentos de mis novelas, en las cuales tanto el bien como la felicidad se definen como los momentos en que los obstáculos quedaron atrás o se eliminaron.

-¿Qué piensa de sus libros una vez que están terminados?

-En general, que son tan buenos como yo podía hacerlos. Les di todo mi ser, nadie me apuró, nadie me hizo sacar nada que yo no quisiera porque tengo un magnífico editor. No digo que sean obras perfectas -por ejemplo, se me ocurre un párrafo de Acción de Gracias del que podría haber prescindido- pero son tan perfectas como yo pude hacerlas en un tiempo y un lugar. Igual, después de que un libro sale a la venta, nunca vuelvo a leerlo, salvo que me inviten a dar una lectura pública y no tenga otra alternativa. Me da demasiado miedo encontrar partes que no me gusten y me hagan infeliz.

-¿A veces ha entrado en librerías a comprar sus propios libros?

-Alguna vez, para hacer un regalo. Pero jamás entro para ver dónde están ubicados, cuántas copias tienen, cuánto se están vendiendo. Es una actitud que, supongo, me viene de mis comienzos, cuando estaba garantizado que si entraba en una librería, si de casualidad había un libro mío, estaba olvidado, bien al fondo

-¿Siempre pensó que estaba escribiendo una trilogía?

-Al comienzo no. Después de la primera novela, realmente no quería que mi siguiente libro fuera una continuación de El periodista deportivo, hasta que se volvió inevitable dado que la voz del narrador no podía sino ser la de Frank una vez más. El tercer volumen, en cambio, lo armé a plena conciencia como final de los dos anteriores. Los dos primeros títulos fueron buenas experiencias y eso me dio el ánimo de hacer una tercera parte superadora, más ambiciosa, con más humor, más abarcadora. Un mejor libro, en pocas palabras.

-¿Cómo hizo para ponerle los toques de humor?

-¿Toques de humor? ¡No son toques! Me pasé los últimos cuatro años riéndome a carcajadas mientras escribía.

-¿Puede reír y escribir al mismo tiempo?

-Absolutamente. Cualquier persona que escribe novelas largas tiene que encontrar algo en el proceso que le dé placer. Lo que más placer me da es sentir que la novela va por buen camino. Lo segundo, divertirme en el proceso con las cosas que los personajes descubren sobre el mundo que los rodea, sobre los letreros al costado de las autopistas, por ejemplo, y los juegos de palabras en los que caen sin darse cuenta, ese tipo de cosas cotidianas y bastante elementales.

-¿Qué hay de las relaciones entre los personajes? Leí recientemente que usted había estado hojeando una revista Playboy y que había comentado algo como que esas sí eran relaciones humanas interesantes

-Lo que pasó es que tengo una amiga editora en la revista y me mandó un par de copias para ver si podía interesarme escribir para ellos, pero la realidad es que ni siquiera llegué a verlas. En la secundaria, por supuesto, sí las compraba para ver las fotos de chicas desnudas

-¿Así que no era el tipo que las compraba por la extraordinaria ficción y las entrevistas?

-Por supuesto que no. Las compraba por el sexo. Quería ver chicas desnudas y no había muchas otras maneras. Era Mississippi en 1959, imagínate. Pero desde entonces mi situación al respecto mejoró, afortunadamente. Hasta que mi amiga me mandó los nuevos ejemplares no volví a hojear la revista, pero me pareció horrible, las chicas parecían muñecas inflables y los chistes eran insípidos. Playboy hoy es una broma, una mala broma. "No me suscribí por las fotos sino por los artículos", en cambio, ya se convirtió en una mentira clásica. Puedes imaginarte cuáles son las otras. Por ejemplo, "No se trata del dinero", cuando siempre se trata del dinero

-¿Eso implica que tiene alguna teoría sobre la relación entre los sexos?

-Para nada. Pienso que los hombres y las mujeres son básicamente parecidos. Algunas diferencias hay. Vi en la tele que las mujeres son mejores para el control de los músculos pequeños. Hablaba uno de los que inventaron los primeros videojuegos y decía que las mujeres eran mejores para manejarlos por eso. OK, no tengo problema en aceptarlo. Pero la literatura se basa en la empatía más que en aquello que nos separa. Yo invento personajes que pueden ser hombres o mujeres y nadie podría notar la diferencia si no fuera porque a unos les pongo pantalones y a otros, polleras. No tengo ninguna elaborada teoría sobre los sexos. Solo pongo a un hombre y a una mujer en una habitación y trato de imaginar qué pasa entre ellos.

-¿Y tiene alguna gran teoría sobre algo antes de sentarse a escribir?

-Absolutamente no. -¿Ni jamás la tendrá?

-Lo dudo, ya tengo 63 años y además soy aristotélico y no platónico. No busco la esencia eterna de las cosas sino que me interesa el mundo en su multiplicidad, en su diversidad. Los detalles que uno observa y luego refleja al escribir, después de todo, son los que hacen a la ficción interesante y no la corroboración o refutación de alguna teoría.

-¿Y qué hace cuando algún detalle le llama la atención?

-Tomo apuntes como un maníaco. Tengo un anotador pero si veo o se me ocurre algo que me puede servir, también anoto en la mano o en cualquier papel. Como en este que tengo aquí en el bolsillo, donde acabo de escribir: "Un hombre va a ver el espacio que compró en un cementerio privado con su mujer y su abogado. Hacerlo cómico". Es algo que yo tenía pensado hacer y a la vez me di cuenta de que podía servir para un cuento corto, quizás incluso una novela.

-¿Escribe a mano o con una computadora?

-El primer borrador siempre lo hago a mano. Uso una de esas biromes Bic transparentes, de las que compro paquetes enormes en el supermercado.

-¿Nunca sucumbió ante el glamour de la lapicera fuente?

-¡Me encantan las lapiceras! Pero la Bic es parte de mi esfuerzo consciente de desmitificar lo que significa ser escritor. A propósito, trato de que mis hábitos sean comunes y corrientes. Para mí lo importante es que me armé un esquema por el cual no tengo que estar matándome trabajando como un abogado, por el cual nadie me dice cuándo hacer o no hacer nada, así que trato de aprovechar al máximo lo que, simplemente, resultó ser una vida muy afortunada sin atarme a mayores rutinas.

-Y si no le viene la inspiración para trabajar, ¿qué hace?

-La inspiración me vino una sola vez, en 1968.

-¿La inspiración puede durar una vida entera?

-Un largo tiempo al menos. Cuando no tenía ninguna facilidad evidente para ello y podría haber sido cualquier otra cosa sin que nadie lo lamentara, la inspiración fue decidir que iba a ser escritor. He estado trabajando en eso desde entonces.



RICHARD FORD A pesar de haber nacido en el sur de Estados Unidos, no quiere se considerado un escritor sureño, de los que se consagran a temas raciales, al pasado de esplendor de las plantaciones y a su decadencia. Además de la trilogía consagrada a Frank Bascombe, ha escrito Rock Springs, Pecados sin cuento, De mujeres con hombres y La última oportunidad.

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