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Actualidad Literaria: resumen de noticias culturalesEscuela De LetrasActualidad Literaria es la revista de noticias de la Escuela De Letras. Su base de datos se actualiza diariamente y contiene información cultural, y especialmente literaria, proveniente del ámbito europeo y americano, desde febrero de 2003. Editor: Ernesto Bottini.
Desde la cumbre: Vida y poesía de Umberto Saba. Escriben Rodolfo Alonso y Marco Antonio Campos Por Rodolfo Alonso Triestino, lo fue toda su vida. Y no sólo por haber nacido allí, como Italo Svevo, o por haber elegido vivir allí (como en parte James Joyce) prácticamente toda su vida, con la única excepción de ese período negro en que debió refugiarse en Florencia, donde cambió hasta once veces de residencia, escapando de las inicuas leyes raciales del fascismo (y donde la figura de Ungaretti se ilumina por haberlo ocultado en su propia casa), siempre bajo el temor de ser deportado a la Alemania nazi (a pesar del peligro, Montale lo visitaba casi a diario), sino también porque como la misma Trieste en que nació, un 9 de marzo, y que todavía formaba parte entonces del Imperio Austrohúngaro, los blasones de su vida y de su obra bien pueden ser la extraterritorialidad, la frontera, el cruce. Hijo de un comerciante italiano y madre judía, Rachele Cohen, que al parecer no logró aceptarlo por haber sido tempranamente abandonada, el pequeño Umberto Poli (que tal era su nombre) sólo lograría amor y cobijo al ser adoptado por una campesina eslovena, Peppa Sabaz, a la cual homenajearía adaptando al de ella su propio apellido de escritor, su nom de plume. Muy pronto comenzó a padecer frecuentes crisis nerviosas que, en 1929, lo llevarían a psicoanalizarse con Edoardo Weiss, el introductor de Freud en Italia. En 1909, el tierno y melancólico Umberto Saba se casa con Carolina Wölfler, y al año siguiente nace su única hija, Linuccia. Aunque no le tocó ir al frente, participó en la primera guerra mundial. Si Campana demostraba con la apasionada posesión casi crispada del mayor universo posible una de las características fundamentales –y más ambiciosas– de la poesía moderna, la calma mirada de Saba, no menos tensa ni menos apasionada, aunque discurra en apariencia serena y casi módicamente, prefiere colocar en los paisajes cotidianos que contempla y que es, su propio tono, su propio clima, el de un lenguaje exento de complicaciones y sutilezas, y hasta en extremo sencillo, pero cuya lograda tersura y cuyo sabio escandido no denotan en absoluto ninguna clase de facilismo o superficialidad, sino todo lo contrario. Es la propia médula, el meollo de la misma vida cotidiana, y la del hombre –común, en el mejor sentido– que la refleja y que la vive, que la encarna, lo que Saba viene a hacer fructificar y florecer. Brotes que veremos también despuntar en las futuras corrientes realistas y neorrealistas de la poesía italiana (de Pavese a Pasolini), con otros rumbos quizá, pero con la misma legítima calidez de lo vivido y de lo compartible. Hay pocos casos como el de Saba en la literatura mundial, de un poeta que haya llegado a rondar entre los mayores de su patria y de su tiempo partiendo dignamente de un tono menor (y en realidad sin apartarse nunca de él), de una mirada humanísima, pero sensible a las sencillas –y humanísimas– cosas y hechos de todos los días. Singular destino entonces el de Umberto Saba: nada menos que ser un buen poeta en una generación con cumbres como Ungaretti y Montale. Pero su natural y proverbial humildad, la aparente ajenidad (por otra parte tan humana) de su ascendencia, de su lugar de nacimiento y de su historia personal, supo hacer trascender su “sabiduría triste”, su “melancolía desolada” (como bien dijo Augusto Vicinelli), en una límpida y humanísima poesía, ésa con la que atemperó a “la serena desesperación”, bello título de uno de sus muchos y tocantes libros. Los libros que, callada y digna, hondamente (como por su propia esencia y presencia él sin duda ha preferido), siguieron hablando por él, lo han ido ubicando, poco a poco, pero con toda justicia, al lado de los grandes poetas de su tierra y de su tiempo. Además de la poesía, toda su vida giró prácticamente alrededor de una única ocupación, su legendaria Librería Antigua y Moderna, cerca de la Plaza de la Bolsa, en Trieste. La misma que imprimió en 1921 Il canzoniere, primera versión de un mismo creciente volumen que iría incorporando todos los suyos, y que sería a lo largo de los años la recopilación reiterada de la totalidad de sus poemas bajo ese único título. No muchos lo percibieron, al principio. Honra sin duda a Montale el haber sido uno de ellos. Otro fue el crítico Giacomo Debenedetti, quien sutilmente apeló como metáfora al viaje del salmón hacia sus fuentes, enfrentando aguas contrarias, para aludir a la honradez y hondura con que Saba persistió en su propio camino mientras predominaban estéticamente otros dominios, por lo menos contrarios si es que no adversos. Pero incluso porque no resulta en absoluto usual que un prosista se ocupe de los poetas, se hace sin duda más valioso este aserto del narrador Guido Piovene: “Puede ser que la prosa italiana de este siglo haya dado algunos escritos (pocos) de igual valor. Pero estoy seguro que no ha dado nada mejor.” Y también, para enfrentar hoy mismo la arrolladora banalización, el sinsentido apenas de adquisición de objetos con que la globalizada sociedad de consumo y del espectáculo ha devaluado los verdaderos valores originales de la vida cotidiana, y que por desgracia ha tenido su cría espuria en supuestos criterios estéticos de minimalismo esmirriado o de prefabricada coloquialidad, ha de resultar un verdadero antídoto, un gran mentís, la simplicidad de fondo, la conmovedora intimidad de la poesía de Saba. Sigo creyendo que es a nivel de vida cotidiana (como un verdadero test de realidad) que han de ponerse a prueba las cuestiones –pretendidamente– más significativas de la vida. Y mi experiencia personal es que lo que entendemos por poesía, por poesía lírica, aun en estos tiempos y también en todos los tiempos, en sus mejores exponentes, en sus más lúcidos logros, no ha hecho (como Saba) otra cosa que ocuparse de ello. Los poemas auténticos tratan de revivir, de mantener vivos, de conservar latentes, para uno mismo y para otros, esos chispazos de percepción de lo sagrado que hay en el hombre, de lo sagrado que hay en muchos instantes de muchas vidas cotidianas. Esos relámpagos de hominización, donde el hombre se siente –más que se descubre–, se palpa, se convierte él mismo en conciencia de lo sagrado de su propia condición y de lo que la envuelve, de su relación con el mundo y con el tiempo, el universo y los otros hombres, son la herencia y la cantera a la vez donde la poesía (nunca mera literatura) trabaja y se logra. Y se justifica. Mantener encendida esa conciencia, como lo ha hecho cabalmente Saba, abierta siempre para los otros y para uno mismo, para el que quiera y pueda verla, es –fue, será– su tarea. Por eso hay (como en Saba) una poesía cotidiana de la vida extraordinaria. Y también una poesía extraordinaria de la vida cotidiana (y no son juegos de palabras). Porque más allá de vocablos y de anécdotas, en el centro de ese instante sagrado que conjuga, intercala, disuelve, unifica y hace irradiar otros miles y miles de instantes similares, el hombre se descubre y nos descubre, a la vez animal y especie, humanidad y sociedad, instinto y cultura, cuerpo sagrado y santo espíritu, capaz del poema y de la vida. Eso mismo que, tal vez, el propio Umberto Saba vino a afirmar con sencilla grandeza: “A los poetas les queda por hacer la poesía honesta.” La librería de Umberto Saba Por Marco Antonio Campos Los lugares simbólicos de su natal Trieste han sido una fuente de atracción –fuego y aire– para Stelio Vinci, que a mediados de los años noventa nos dio un bellísimo libro iconográfico del Caffè San Marco, centro de la vida triestina, del cual, por cierto, Claudio Magris escribió una deliciosa crónica-ensayo que abre su libro Microcosmos. Ahora, Stelio Vinci, teniendo como coautora a su esposa (Elena Bizjak Vinci), nos entrega La librería del poeta, que la editorial Hammerle publicó en Trieste en febrero de este 2008, donde se estudia otro lugar altamente simbólico de la intelectualidad triestina: la Libreria Antica e Moderna Umberto Saba, a la que luego se le cambia el nombre por Libreria Antiquaria Umberto Saba, propiedad del poeta, la cual, nos dicen los Vinci, ”no ha sufrido sustanciales modificaciones y refleja fielmente un tiempo y un hombre”. Salvo un intervalo de cuatro años (1943-1947) en que, por las leyes raciales, tuvo que refugiarse en Florencia, Roma y Milán, Saba siempre estuvo al frente de la librería como propietario o copropietario. A la librería la llamaba su antro oscuro. En el catálogo de 1948 (Saba mismo hizo, si no me equivoco, cosa de ciento cincuenta), contaba que debía haber empezado a redactar la Historia de una librería, pero no le había sido dable cumplir la promesa. No perdía las esperanzas. “Una despedida –sin rencor– de una vida que no ha sido breve ni fácil, una buena mitad de la cual ha transcurrido para mí en la Bodega de San Nicolò.” Los catálogos son considerados ahora reliquias únicas. En 1904, quince años antes de la compra, Joyce había llegado a la multiétnica Trieste, donde el italiano, el dialecto triestino-veneciano, el alemán, el esloveno, el griego, eran como un rumor de avispero en las calles. Trieste entonces era la joya marina del Imperio Austrohúngaro. Joyce se alojó primero en Pïazza Ponterosso 3, y luego en Via San Niccolò 30, donde estaría después la librería del poeta, pero no en el mismo edificio. Al que llegó Joyce se demolió en 1906. Al comprarla, Umberto Poli, que tuvo como nombre literario Umberto Saba, y usó alguna vez como seudónimo el de Umberto Montereale, nunca imaginó que se volvería uno de los lugares más emblemáticos de la scontrosa Trieste. Los Vinci hacen notar que Saba, sabiéndose desde el principio aconsejar por libreros y amigos, rápidamente aprendió el oficio. Hasta 1924 tuvo numerosas ayudantes que, sin embargo, le duraban lo que el vuelo de una abeja. Tres de ellas aparecen mencionadas o aludidas en sus poemas: la primera, Paolina, otra, Margherita, la tercera, una joven bella y elegante, Giulia Morpurgo, a quien le dedicó el autógrafo de La amorosa spina, de la cual muy seguramente se enamoró, pero que renunció al puesto en la librería ante el acoso del quarantenne casado. Desde 1924 prescindió de las jóvenes dependientas porque, según escribió en una carta a su amigo Aldo Fortuna de una manera no muy elegante ni amable, “era impensable dejar el negocio en manos de esas estúpidas”. En ese 1924 tomó como ayudante a Carlo Cerne, el famoso Carletto, un joven de lo más bueno y capaz, que sería su segundo casi toda la vida, después copropietario, y un año después de la muerte de Saba, propietario. Fue el hombre en quien el poeta quizá más confió, y el hombre que protegió los intereses del poeta en la librería en los años de pesadilla de 1943 a 1947 cuando estuvo fuera de Trieste. En tiempos de Saba la librería llegó a contar con 28 mil volúmenes. Funcionó la librería asimismo como pequeñísima editorial, publicando cinco libros, tres de ellos del propio Saba: “Cose leggere e vaganti” (1920), “Il canzoniere 1900-1921” –con mucho el más importante– y “Ammonizione ed altre poesie” (1932). El primero tiró treinta y cinco ejemplares, del segundo quinientos y del tercero sólo se sabe que fueron muy pocos. Ahora esos libros, esas rarezas, como anota en el segundo apéndice del libro Nicoletta Trotta, se venden como objetos preciosos. A Saba no le gustaba viajar. En París sólo estuvo brevemente dos veces: una, en 1931, dos semanas, y otra en 1938. “Durante la primera estancia en la capital francesa se dedica exclusivamente –como si fuera ayudante de su propia librería– a la búsqueda de volúmenes que adquirir, mientras el segundo viaje tiene motivaciones más complejas, porque su intención era sobre todo valorar la posibilidad de transferirse a París y abrir eventualmente una librería con el fin de distanciarse de Italia a partir de la promulgación de las leyes raciales”, escriben los Vinci. En ese 1938 el viaje “se revela pronto un sufrimiento interior”. En muy poco tiempo se daría cuenta que el racismo contra los judíos no era menor en Francia que en Italia. No estaba equivocado. Resulta sorprendente cómo Saba, que dedicaba siete o más horas a la librería, con todo el desgaste físico y mental que eso significa, se haya dado tiempo para escribir una de las obras mayores de poesía en Italia del Novecento . Libro delicioso, amable, La librería del poeta está escrito con leves pinceladas que nos dan un retrato de época: cómo eran entonces la ciudad, los políticos mussolinianos, los libreros, los habitués de la librería, amistades y colegas. Los Vinci no tratan de desentrañar la compleja personalidad de Saba, sino comprenderlo. Poemas Por Umberto Saba Para un niño enfermo En la casa paterna tú rondabas silencioso como un gato. Sabías el nombre, pero no la realidad del dolor. Separado de tus comapañeros en tus mejillas afiladas palidecían las rosas. Nacido de mi alma, flor de la vida, niño amigo. Es tuya esta última lágrima mía que no puedes ver. Versión de Hugo Gutiérrez Vega La cabra Hoy le he hablado a una cabra. Sola estaba en el prado, estaba atada. De hierba harta, bañada por la lluvia, balaba. Aquel balido igual era fraterno a mi dolor. Y respondí, primero riendo, después porque hay dolor eterno, tiene una voz, no cambia. Sentía esa voz gemir en una cabra solitaria. En una cabra de rostro semita sentía quejarse a cualquier otro mal, a cualquier otra vida. Palabras Palabras, donde el humano corazón se reflejaba –desnudo y asombrado– en los orígenes; un rincón busco en el mundo, el propicio oasis para limpiaros con mi llanto de la mentira que os ciega. Junto con los recuerdos espantosos el cúmulo se disolvería, como nieve al sol. Boca De la boca que primera en mis labios puso el rosa del alba, todavía expío el perfume en bellos pensamientos. Oh boca juvenil, boca querida de atrevidas palabras y que eras tan dulce de besar. Ventana El vacío del cielo sobre el color de purgatorio de las tejas. Detrás, la maternal línea de las colinas; la cuesta abajo donde de las cornisas del teatro bajan palomas; reverdece un árbol que poca tierra nutre; estatuas llevan alados en la lira; niños con caprichosos gritos andan corriendo. Entelo Para una mujer lejana y un muchacho que me escucha, celeste, he escrito, yo viejo, estos poemas. Lo recuerdo, como apacible en mí vuelvo a pensarlo, antiguo púgil. Entelo era su nombre. Venció la última vez en los borrascosos juegos de Eneas, junto a las amenas playas de Sicilia, huésped de Anceste. Blancas se perseguían sobre las olas espumas que en alta mar eran Sirenas. Un corazón gallardo era y era un sabio. “Aquí”, dijo, “los cestos, y aquí el arte depongo.” Amé Amé palabras simples que ni uno osaba. Me encantó la rima flor amor, la más antigua difícil del mundo. Amé la verdad que yace en lo hondo como un sueño olvidado, que el dolor amiga redescubre. Con miedo el corazón se le aparea, y ya no lo abandona. Te amo a ti que me escuchas y a mi buena carta dejada al final de mi juego. Ulises Desde mi juventud he navegado junto a las costas dálmatas. Islotes a flor de agua emergían, donde raro un pájaro acechaba atento a presas, cubiertos de aguas, resbalando, al sol bellos como esmeraldas. Cuando la alta marea y la noche los cegaba, velas a sotavento más caían al mar, para huir de su insidia. Hoy mi reino es su tierra de nadie. A otros el puerto encendía sus luces; a alta mar empujé todavía el bravo espíritu, y de la vida el doloroso amor. Cuentito Devastada la casa, la casa arruinada. Mil y una noches no la habitan ya. Como un jardín su verde Alepo una tierna madre recordaba. Acogía a las amigas, palpitaba por el hijo inquieto. Y el café ofrecía, en tacitas, a la turca. Devastada la casa, la casa arruinada. Mil y una noches ya no acoge. La arruinó desde el cielo la guerra, en tierra la devastaba el alemán. Lloraba la gentil las suyas propias y las humanas miserias. (No podía odiar.) El hijo huyó a los montes, allí encontró a un querido amigo suyo, con él jugó su vida. Eran caros amigos, se maravillaban recíprocamente, exageraban un poco envidiosos, mujeres amores. Eran caros amigos cuando romper tú los veías horrorizado a golpes: un mulo y un antílope. Devastada la casa, la casa arruinada. Pero los dos muchachos viven todavía; Vivas aún, un poco encanecidas, las madres. Mediterránea Pienso en un mar lejano, un puerto, ocultas calles de aquel puerto; como en un día allí estaba, y aquí estoy hoy, que a los dioses las palmas implorantes elevo, no quieran castigarme por una última victoria que suplico (pero, por dulce, rige el corazón apenas); pienso en sirena oscura –beso ebriedad delirio–; pienso en Ulises que allá abajo se alza de un triste lecho. Selección y versiones de Rodolfo Alonso Recursos para escritores Informes de lectura | Seguimiento | Guía legislativa | Publicar un libro | Biblioteca técnica
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