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Actualidad Literaria: resumen de noticias culturales

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Actualidad Literaria es la revista de noticias de la Escuela De Letras. Su base de datos se actualiza diariamente y contiene información cultural, y especialmente literaria, proveniente del ámbito europeo y americano, desde febrero de 2003. Editor: Ernesto Bottini.

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Desde la cumbre: Vida y poesía de Umberto Saba. Escriben Rodolfo Alonso y Marco Antonio Campos
Actualidad Literaria
Allí donde no se respira sino el aire de las altas cumbres, en la gran estación de la poesía italiana, esa primera mitad del siglo XX donde sólo parecen erguirse las dos cumbres aisladas del –quizá mal llamado– hermetismo: nada menos que Giuseppe Ungaretti (1888-1970) y el único que merece aproximársele, Eugenio Montale (1896-1981), han logrado sin embargo perfilarse otras dos cumbres no menos solitarias, pero, cada cual a su modo, lo suficientemente individualizadas. Una es la figura a la vez sombría y radiante de Dino Campana (1885-1932), que en la mejor tradición de los poetas malditos pagó con una vida errante y de reclusión (inclusive en hospicios) su experiencia de fondo, eso que el mismo Montale supo percibir tan nítidamente como “la naturaleza más personal y más oscura del mensaje bárbaro de Campana”. La otra es sin duda la voz alta y humilde, la difícil y colmada sencillez de Umberto Saba (1883-1957), de quien el pasado 25 de agosto (la misma fecha que había elegido el Pavese suicida), se cumplió medio siglo de su muerte, en una clínica de Gorizia.

Por Rodolfo Alonso

Triestino, lo fue toda su vida. Y no sólo por haber nacido allí, como Italo Svevo, o por haber elegido vivir allí (como en parte James Joyce) prácticamente toda su vida, con la única excepción de ese período negro en que debió refugiarse en Florencia, donde cambió hasta once veces de residencia, escapando de las inicuas leyes raciales del fascismo (y donde la figura de Ungaretti se ilumina por haberlo ocultado en su propia casa), siempre bajo el temor de ser deportado a la Alemania nazi (a pesar del peligro, Montale lo visitaba casi a diario), sino también porque como la misma Trieste en que nació, un 9 de marzo, y que todavía formaba parte entonces del Imperio Austrohúngaro, los blasones de su vida y de su obra bien pueden ser la extraterritorialidad, la frontera, el cruce.

Hijo de un comerciante italiano y madre judía, Rachele Cohen, que al parecer no logró aceptarlo por haber sido tempranamente abandonada, el pequeño Umberto Poli (que tal era su nombre) sólo lograría amor y cobijo al ser adoptado por una campesina eslovena, Peppa Sabaz, a la cual homenajearía adaptando al de ella su propio apellido de escritor, su nom de plume. Muy pronto comenzó a padecer frecuentes crisis nerviosas que, en 1929, lo llevarían a psicoanalizarse con Edoardo Weiss, el introductor de Freud en Italia. En 1909, el tierno y melancólico Umberto Saba se casa con Carolina Wölfler, y al año siguiente nace su única hija, Linuccia. Aunque no le tocó ir al frente, participó en la primera guerra mundial.

Si Campana demostraba con la apasionada posesión casi crispada del mayor universo posible una de las características fundamentales –y más ambiciosas– de la poesía moderna, la calma mirada de Saba, no menos tensa ni menos apasionada, aunque discurra en apariencia serena y casi módicamente, prefiere colocar en los paisajes cotidianos que contempla y que es, su propio tono, su propio clima, el de un lenguaje exento de complicaciones y sutilezas, y hasta en extremo sencillo, pero cuya lograda tersura y cuyo sabio escandido no denotan en absoluto ninguna clase de facilismo o superficialidad, sino todo lo contrario.

Es la propia médula, el meollo de la misma vida cotidiana, y la del hombre –común, en el mejor sentido– que la refleja y que la vive, que la encarna, lo que Saba viene a hacer fructificar y florecer. Brotes que veremos también despuntar en las futuras corrientes realistas y neorrealistas de la poesía italiana (de Pavese a Pasolini), con otros rumbos quizá, pero con la misma legítima calidez de lo vivido y de lo compartible. Hay pocos casos como el de Saba en la literatura mundial, de un poeta que haya llegado a rondar entre los mayores de su patria y de su tiempo partiendo dignamente de un tono menor (y en realidad sin apartarse nunca de él), de una mirada humanísima, pero sensible a las sencillas –y humanísimas– cosas y hechos de todos los días.

Singular destino entonces el de Umberto Saba: nada menos que ser un buen poeta en una generación con cumbres como Ungaretti y Montale. Pero su natural y proverbial humildad, la aparente ajenidad (por otra parte tan humana) de su ascendencia, de su lugar de nacimiento y de su historia personal, supo hacer trascender su “sabiduría triste”, su “melancolía desolada” (como bien dijo Augusto Vicinelli), en una límpida y humanísima poesía, ésa con la que atemperó a “la serena desesperación”, bello título de uno de sus muchos y tocantes libros. Los libros que, callada y digna, hondamente (como por su propia esencia y presencia él sin duda ha preferido), siguieron hablando por él, lo han ido ubicando, poco a poco, pero con toda justicia, al lado de los grandes poetas de su tierra y de su tiempo.

Además de la poesía, toda su vida giró prácticamente alrededor de una única ocupación, su legendaria Librería Antigua y Moderna, cerca de la Plaza de la Bolsa, en Trieste. La misma que imprimió en 1921 Il canzoniere, primera versión de un mismo creciente volumen que iría incorporando todos los suyos, y que sería a lo largo de los años la recopilación reiterada de la totalidad de sus poemas bajo ese único título. No muchos lo percibieron, al principio. Honra sin duda a Montale el haber sido uno de ellos. Otro fue el crítico Giacomo Debenedetti, quien sutilmente apeló como metáfora al viaje del salmón hacia sus fuentes, enfrentando aguas contrarias, para aludir a la honradez y hondura con que Saba persistió en su propio camino mientras predominaban estéticamente otros dominios, por lo menos contrarios si es que no adversos. Pero incluso porque no resulta en absoluto usual que un prosista se ocupe de los poetas, se hace sin duda más valioso este aserto del narrador Guido Piovene: “Puede ser que la prosa italiana de este siglo haya dado algunos escritos (pocos) de igual valor. Pero estoy seguro que no ha dado nada mejor.”

Y también, para enfrentar hoy mismo la arrolladora banalización, el sinsentido apenas de adquisición de objetos con que la globalizada sociedad de consumo y del espectáculo ha devaluado los verdaderos valores originales de la vida cotidiana, y que por desgracia ha tenido su cría espuria en supuestos criterios estéticos de minimalismo esmirriado o de prefabricada coloquialidad, ha de resultar un verdadero antídoto, un gran mentís, la simplicidad de fondo, la conmovedora intimidad de la poesía de Saba. Sigo creyendo que es a nivel de vida cotidiana (como un verdadero test de realidad) que han de ponerse a prueba las cuestiones –pretendidamente– más significativas de la vida. Y mi experiencia personal es que lo que entendemos por poesía, por poesía lírica, aun en estos tiempos y también en todos los tiempos, en sus mejores exponentes, en sus más lúcidos logros, no ha hecho (como Saba) otra cosa que ocuparse de ello. Los poemas auténticos tratan de revivir, de mantener vivos, de conservar latentes, para uno mismo y para otros, esos chispazos de percepción de lo sagrado que hay en el hombre, de lo sagrado que hay en muchos instantes de muchas vidas cotidianas.

Esos relámpagos de hominización, donde el hombre se siente –más que se descubre–, se palpa, se convierte él mismo en conciencia de lo sagrado de su propia condición y de lo que la envuelve, de su relación con el mundo y con el tiempo, el universo y los otros hombres, son la herencia y la cantera a la vez donde la poesía (nunca mera literatura) trabaja y se logra. Y se justifica. Mantener encendida esa conciencia, como lo ha hecho cabalmente Saba, abierta siempre para los otros y para uno mismo, para el que quiera y pueda verla, es –fue, será– su tarea. Por eso hay (como en Saba) una poesía cotidiana de la vida extraordinaria. Y también una poesía extraordinaria de la vida cotidiana (y no son juegos de palabras). Porque más allá de vocablos y de anécdotas, en el centro de ese instante sagrado que conjuga, intercala, disuelve, unifica y hace irradiar otros miles y miles de instantes similares, el hombre se descubre y nos descubre, a la vez animal y especie, humanidad y sociedad, instinto y cultura, cuerpo sagrado y santo espíritu, capaz del poema y de la vida.

Eso mismo que, tal vez, el propio Umberto Saba vino a afirmar con sencilla grandeza: “A los poetas les queda por hacer la poesía honesta.”


La librería de Umberto Saba

Por Marco Antonio Campos

Los lugares simbólicos de su natal Trieste han sido una fuente de atracción –fuego y aire– para Stelio Vinci, que a mediados de los años noventa nos dio un bellísimo libro iconográfico del Caffè San Marco, centro de la vida triestina, del cual, por cierto, Claudio Magris escribió una deliciosa crónica-ensayo que abre su libro Microcosmos. Ahora, Stelio Vinci, teniendo como coautora a su esposa (Elena Bizjak Vinci), nos entrega La librería del poeta, que la editorial Hammerle publicó en Trieste en febrero de este 2008, donde se estudia otro lugar altamente simbólico de la intelectualidad triestina: la Libreria Antica e Moderna Umberto Saba, a la que luego se le cambia el nombre por Libreria Antiquaria Umberto Saba, propiedad del poeta, la cual, nos dicen los Vinci, ”no ha sufrido sustanciales modificaciones y refleja fielmente un tiempo y un hombre”. Salvo un intervalo de cuatro años (1943-1947) en que, por las leyes raciales, tuvo que refugiarse en Florencia, Roma y Milán, Saba siempre estuvo al frente de la librería como propietario o copropietario. A la librería la llamaba su antro oscuro.

En el catálogo de 1948 (Saba mismo hizo, si no me equivoco, cosa de ciento cincuenta), contaba que debía haber empezado a redactar la Historia de una librería, pero no le había sido dable cumplir la promesa. No perdía las esperanzas. “Una despedida –sin rencor– de una vida que no ha sido breve ni fácil, una buena mitad de la cual ha transcurrido para mí en la Bodega de San Nicolò.” Los catálogos son considerados ahora reliquias únicas.

En 1904, quince años antes de la compra, Joyce había llegado a la multiétnica Trieste, donde el italiano, el dialecto triestino-veneciano, el alemán, el esloveno, el griego, eran como un rumor de avispero en las calles. Trieste entonces era la joya marina del Imperio Austrohúngaro. Joyce se alojó primero en Pïazza Ponterosso 3, y luego en Via San Niccolò 30, donde estaría después la librería del poeta, pero no en el mismo edificio. Al que llegó Joyce se demolió en 1906. Al comprarla, Umberto Poli, que tuvo como nombre literario Umberto Saba, y usó alguna vez como seudónimo el de Umberto Montereale, nunca imaginó que se volvería uno de los lugares más emblemáticos de la scontrosa Trieste.

Los Vinci hacen notar que Saba, sabiéndose desde el principio aconsejar por libreros y amigos, rápidamente aprendió el oficio. Hasta 1924 tuvo numerosas ayudantes que, sin embargo, le duraban lo que el vuelo de una abeja. Tres de ellas aparecen mencionadas o aludidas en sus poemas: la primera, Paolina, otra, Margherita, la tercera, una joven bella y elegante, Giulia Morpurgo, a quien le dedicó el autógrafo de La amorosa spina, de la cual muy seguramente se enamoró, pero que renunció al puesto en la librería ante el acoso del quarantenne casado. Desde 1924 prescindió de las jóvenes dependientas porque, según escribió en una carta a su amigo Aldo Fortuna de una manera no muy elegante ni amable, “era impensable dejar el negocio en manos de esas estúpidas”.

En ese 1924 tomó como ayudante a Carlo Cerne, el famoso Carletto, un joven de lo más bueno y capaz, que sería su segundo casi toda la vida, después copropietario, y un año después de la muerte de Saba, propietario. Fue el hombre en quien el poeta quizá más confió, y el hombre que protegió los intereses del poeta en la librería en los años de pesadilla de 1943 a 1947 cuando estuvo fuera de Trieste. En tiempos de Saba la librería llegó a contar con 28 mil volúmenes.

Funcionó la librería asimismo como pequeñísima editorial, publicando cinco libros, tres de ellos del propio Saba: “Cose leggere e vaganti” (1920), “Il canzoniere 1900-1921” –con mucho el más importante– y “Ammonizione ed altre poesie” (1932). El primero tiró treinta y cinco ejemplares, del segundo quinientos y del tercero sólo se sabe que fueron muy pocos. Ahora esos libros, esas rarezas, como anota en el segundo apéndice del libro Nicoletta Trotta, se venden como objetos preciosos.

A Saba no le gustaba viajar. En París sólo estuvo brevemente dos veces: una, en 1931, dos semanas, y otra en 1938. “Durante la primera estancia en la capital francesa se dedica exclusivamente –como si fuera ayudante de su propia librería– a la búsqueda de volúmenes que adquirir, mientras el segundo viaje tiene motivaciones más complejas, porque su intención era sobre todo valorar la posibilidad de transferirse a París y abrir eventualmente una librería con el fin de distanciarse de Italia a partir de la promulgación de las leyes raciales”, escriben los Vinci. En ese 1938 el viaje “se revela pronto un sufrimiento interior”. En muy poco tiempo se daría cuenta que el racismo contra los judíos no era menor en Francia que en Italia. No estaba equivocado.

Resulta sorprendente cómo Saba, que dedicaba siete o más horas a la librería, con todo el desgaste físico y mental que eso significa, se haya dado tiempo para escribir una de las obras mayores de poesía en Italia del Novecento .

Libro delicioso, amable, La librería del poeta está escrito con leves pinceladas que nos dan un retrato de época: cómo eran entonces la ciudad, los políticos mussolinianos, los libreros, los habitués de la librería, amistades y colegas. Los Vinci no tratan de desentrañar la compleja personalidad de Saba, sino comprenderlo.


Poemas

Por Umberto Saba

Para un niño enfermo

En la casa paterna
tú rondabas silencioso
como un gato.

Sabías el nombre, pero
no la realidad del dolor.
Separado de tus comapañeros
en tus mejillas afiladas
palidecían las rosas.

Nacido de mi alma,
flor de la vida,
niño amigo.
Es tuya esta última
lágrima mía
que no puedes ver.

Versión de Hugo Gutiérrez Vega

La cabra

Hoy le he hablado a una cabra.
Sola estaba en el prado, estaba atada.
De hierba harta, bañada
por la lluvia, balaba.
Aquel balido igual era fraterno
a mi dolor. Y respondí, primero
riendo, después porque hay dolor eterno,
tiene una voz, no cambia.
Sentía esa voz
gemir en una cabra solitaria.
En una cabra de rostro semita
sentía quejarse a cualquier otro mal,
a cualquier otra vida.

Palabras

Palabras,
donde el humano corazón se reflejaba
–desnudo y asombrado– en los orígenes; un rincón
busco en el mundo, el propicio oasis
para limpiaros con mi llanto
de la mentira que os ciega. Junto
con los recuerdos espantosos el cúmulo
se disolvería, como nieve al sol.

Boca

De la boca
que primera en mis labios
puso el rosa del alba,
todavía
expío el perfume en bellos pensamientos.

Oh boca juvenil, boca querida
de atrevidas palabras y que eras
tan dulce de besar.
Ventana

El vacío
del cielo sobre el color de purgatorio
de las tejas. Detrás, la maternal
línea de las colinas; la cuesta abajo donde
de las cornisas del teatro bajan
palomas; reverdece
un árbol que poca tierra nutre;
estatuas llevan alados en la lira;
niños con caprichosos gritos andan
corriendo.

Entelo

Para una mujer lejana y un muchacho
que me escucha, celeste,
he escrito, yo viejo, estos
poemas. Lo recuerdo,
como apacible en mí vuelvo a pensarlo, antiguo
púgil. Entelo era su nombre. Venció
la última vez en los borrascosos juegos
de Eneas, junto a las amenas
playas de Sicilia, huésped de Anceste.
Blancas se perseguían sobre las olas
espumas que en alta mar eran Sirenas.
Un corazón gallardo era y era un sabio.
“Aquí”, dijo, “los cestos, y aquí el arte depongo.”

Amé

Amé palabras simples que ni uno
osaba. Me encantó la rima flor
amor,
la más antigua difícil del mundo.

Amé la verdad que yace en lo hondo
como un sueño olvidado, que el dolor
amiga redescubre. Con miedo el corazón
se le aparea, y ya no lo abandona.

Te amo a ti que me escuchas y a mi buena
carta dejada al final de mi juego.

Ulises

Desde mi juventud he navegado
junto a las costas dálmatas. Islotes
a flor de agua emergían, donde raro
un pájaro acechaba atento a presas,
cubiertos de aguas, resbalando, al sol
bellos como esmeraldas. Cuando la alta
marea y la noche los cegaba, velas
a sotavento más caían al mar,
para huir de su insidia. Hoy mi reino
es su tierra de nadie. A otros el puerto
encendía sus luces; a alta mar
empujé todavía el bravo espíritu,
y de la vida el doloroso amor.

Cuentito

Devastada la casa,
la casa arruinada.
Mil y una noches no la habitan ya.

Como un jardín su verde Alepo
una tierna madre recordaba.
Acogía a las amigas, palpitaba
por el hijo inquieto. Y el café
ofrecía, en tacitas, a la turca.

Devastada la casa,
la casa arruinada.
Mil y una noches ya no acoge.

La arruinó desde el cielo
la guerra,
en tierra
la devastaba el alemán. Lloraba
la gentil las suyas propias y las humanas
miserias. (No podía odiar.) El hijo
huyó a los montes, allí encontró a un querido
amigo suyo, con él jugó su vida.

Eran caros amigos, se maravillaban
recíprocamente, exageraban
un poco envidiosos, mujeres amores.
Eran caros amigos cuando romper
tú los veías horrorizado a golpes:
un mulo y un antílope.

Devastada la casa,
la casa arruinada.
Pero los dos muchachos viven todavía;
Vivas aún, un poco encanecidas, las madres.

Mediterránea

Pienso en un mar lejano, un puerto, ocultas
calles de aquel puerto; como en un día allí estaba,
y aquí estoy hoy, que a los dioses las palmas
implorantes elevo, no quieran castigarme
por una última victoria que suplico
(pero, por dulce, rige el corazón apenas);

pienso en sirena oscura
–beso ebriedad delirio–; pienso en Ulises
que allá abajo se alza de un triste lecho.


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