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AUTORES – Un Antón Chéjov juvenil, que firmaba con el seudónimo “Antocha Chejonte”, presentado aquí por el cubano Guillermo Cabrera Infante
El dramaturgo y narrador ruso Antón Chéjov (1860-1904), presentado aquí por el cubano Guillermo Cabrera Infante, es una de las más señeras figuras del realismo: empezó su carrera literaria publicando relatos humorísticos y posteriormente brillaría por sus cuentos breves, y por su teatro, donde sobresalen piezas como Tío Vania, La gaviota, y El jardín de los cerezos, estrenada por el célebre teórico Konstanin Stanislavsky.

Publica EL PAÍS en su edición del lunes 11 de agosto de 2003:


LA VIDA DEL JOVEN CHÉJOV

Por Guillermo Cabrera Infante

”Antocha Chejonte” era el seudónimo de Antón Chéjov cuando comenzó a escribir, que escribía cuentos, anécdotas y sketches cómicos. Ahora se acaban de publicar muchas de estas breves notas (escribió cientos de ellas) con que se ganaba la vida y la de su numerosa familia.

Nada hacía dejar ver que sería el gran artista literario que era cuando murió en Alemania en 1904. De los grandes escritores rusos (Gogol, Dostoievski y Tolstói), Chéjov componía el cuarteto. Pero era el de origen más humilde.

Hijo de un tendero y nieto de siervos, nació en Taganrog, y cuando la familia se trasladó a Moscú quedó atrás cuidando los pocos intereses de su padre. Luego, en Moscú, estudió medicina, que ejerció irregularmente.

Se hizo ciudadano de Moscú, pero viajó mucho. Cuando murió en un balneario alemán sus últimas palabras las dijo en alemán, idioma que no hablaba. Después de decir en ruso que se moría, dijo: "Ich sterbe", tal vez hablando con el médico alemán que vino urgente a atenderlo.

El médico, curiosamente, fue al teléfono y pidió una botella de champán bien fría. Chéjov probó de una copa y dijo: "El champán no es bueno con el corazón vacío". Algunos biógrafos dicen que dijo ”estómago” en vez de corazón. La primera versión lo hacía un romántico; la otra, el realista que había sido siempre.

Hay como postmortem un dato incongruente. Su cadáver viajó de Alemania a Moscú en un tren que tenía un aviso en sus vagones: "Ostras frescas". A Chéjov le habría gustado saberlo.


Fui a Moscú en busca de Chéjov. Había sido muy importante en mi vida y en la de todos nosotros. Mi hermano Sabá escribió un guión basado en su cuento La mujer del boticario. Néstor Almendros quería dirigirlo, pero lo hizo finalmente Tomás Gutiérrez Alea, que lo convirtió en un corto sin mucha distinción o factura.

No fui a buscar su tumba (Chéjov muerto no me interesaba), sino rusos que tuvieran una relación y un interés en el escritor. El Ministerio de Culturame puso en contacto con una especialista, mujer de edad mediana con los restos de una gran belleza. Buscamos un lugar apartado en el inmenso lobby del hotel Ukraina, donde nos hospedábamos los miembros de una delegación de periodistas.

Hablamos de Chéjov y la especialista se asombró de que el escritor interesara en Cuba. Le dije que más debía asombrarla que Lenin hubiera llorado al leer La sala número 6. Me respondió que Lenin nunca lloraba. Supe por su tono que no era leninista.

Tampoco lo era yo; fuí el único miembro de mi delegación que se negó a visitar la tumba en la Plaza Roja, aunque entonces eran dos los grandes muertos: Lenin y Stalin. Después llegué a lamentar no haber visto el cadáver de Stalin hecho una momia inerte.

Volviendo a mi conversación con la erudita especialista en Chéjov, cuando le dije que Chéjov se sentiría muy bien en la Unión Soviética me respondió más cortante que cortada: "Lo dudo". Pero a Chéjov le gustaba que la gente toda trabajara, le dije.

"Cuando ese trabajo", me dijo ella, "era voluntario, sí. Pero no creo que le gustaran los trabajos forzados". De haber tenido esta entrevista algunos años después habríamos hablado del Gulag, pero entonces habría sido un acto de presencia. No de ella, sino mío. Preferí preguntarle por el Museo Chéjov.

"Chéjov no está en los museos", me dijo, "sino en sus libros". Debía decirle que los había leído todos, los que estaban en español. Aunque habíamos hablado en francés. Nos despedimos.


Pero visité el Museo Chéjov. Estaba en lo que debió ser un apartamento de clase media, ahora habitado por unas mujeres que saludaron a mi guía y se mostraron muy solícitas. Aparentemente no visitaba mucha gente el museo de Chéjov.

Vi las habitaciones, que no eran muchas, y recordé que Chéjov escribía aun en medio de la algarabía de su familia, que peleaba siempre. Vi su escritorio, que era breve y parecía más bien el mueble para una máquina de coser. Pero, cuando ya me iba, vi algo conmovedor. En el patio colgaban unas piezas de ropa de una tendedera y el frío había congelado las camisas, que parecían hechas de cartón. Pensé que podrían haber sido las camisas de Chéjov, un hombre siempre humilde.

Chéjov era humilde con respecto a su literatura. Según Thomas Mann, demasiado humilde. De no haberlo sido tanto, tendría otro puesto en la historia literaria. Dice Mann que la opinión que tiene un escritor de su obra siempre influye en la que tendrán sus críticos.

La gran influencia que ha tenido Chéjov está en su teatro. En Inglaterra, por ejemplo, se lo pone tanto casi como a Shakespeare. Aunque no se puede decir que yo sea un gran amante del teatro, en Moscú me invitaron a ver una representación de La gaviota puesta en escena por el Teatro de Moscú.

Era una representación habitual y mi guía me dijo que era una exacta copia de la puesta en escena original. Antes de empezar la función me señaló a una placa que había en mi asiento. "Desde aquí, Stanislavski dirigía los ensayos", me dijo. Sabía la opinión que tenía Chéjov de Stanislavski: decía que había demasiados grillos en el sonido ambiente.

"A veces", se quejaba, "los grillos no dejan oír a los actores". En la escena los actores ahora reproducían la representación original, hasta volvían los grillos. Me di cuenta de que el teatro y los actores eran otro museo Chéjov. Pero fue a mi regreso de Moscú que conocí realmente a Chéjov.


Caminaba por París cuando me encontré con una librería de viejo en la Rive Gauche. Entré y, no más dejar atrás la puerta, vi en unos anaqueles, pero central, la biografía de Chéjov de David Magarshack, que era famosa por su veracidad.

La compré enseguida y esa misma noche la comencé a leer en el hotel. Aquí estaba el largo, inexplicable viaje que hizo Chéjov hasta la isla de Sajalín, cuando atravesó Siberia en toda clase de transportes: diligencias, coches, trineos, porque todavía no se había construido el ferrocarril transiberiano.

A pesar de su enfermedad (Chéjov, aunque médico, se negaba a considerar su gravedad), Chéjov a su regreso confesó que nunca se había sentido mejor que durante el viaje. Sajalín era una colonia penal rusa y Chéjov escribió un largo reportaje de su largo viaje y su estancia entre los condenados. Todos están de acuerdo en que es un libro menor sobre un viaje inútil: nadie sabe por qué lo emprendió Chéjov, y sus razones siempre fueron especiosas.


Aquí estaba también su terrible almuerzo en el restaurant Hermitage de Moscú, en el que sufrió una grave hemoptisis. No murió, pero estuvo gravemente enfermo y fue cuando admitió que padecía una tuberculosis avanzada.

Su enfermedad no aparece en sus cuentos, pero sí en sus cartas: era un corresponsal asiduo, escribió miles de cartas. Muchas fueron para Olga Knipper, durante su noviazgo: Chéjov estaba en Yalta, en la Crimea, por su clima, y Olga estaba en Moscú porque era una actriz del Teatro de Arte. Terminaron casándose y ella vivió la vida de una viuda eminente hasta 1957, cuando murió.

Magarshack describe a Chéjov como un hombre alto, con bigote y barbilla, que usaba quevedos como si fueran gafas y estaba siempre muy atildado con su traje de tres piezas, pero su pelo más revuelto que bien peinado. Su voz, que apenas alzaba, era calmada y el médico era un mal paciente.

Ya era una personalidad literaria considerable cuando comenzó a escribir para el teatro. Así fue como conoció a Olga Knipper, quien mantuvo su nombre de soltera y siguió actuando cuando se casó con Chéjov, y después de enviudar. Olga era de origen judío por parte de padre, pero Chéjov nunca padeció de antisemitismo, ese mal ruso que se manifestaba no sólo en los diversos pogroms, sino en la vida común.

Cuando regresé a La Habana, la culminación de mi viaje fue un programa de televisión del semanario Lunes de Revolución en Televisión.

Consistió de una biografía ilustrada con fotos (Chéjov fue uno de los autores rusos más retratados, siempre con su purito en la mano), y la adaptación de uno de sus cuentos, en el que evidenciaba su pesimismo más allá de todo remedio progresista (que era lo que pretendía el programa), y su melancolía.

Los comunistas locales lo tildaron de reaccionario, refiriéndose a la vida del autor de La señora del perrito y a su literatura toda. En su perspectiva crítica se habían olvidado del Chéjov humorista y su visión del mundo, que daba a sus cuentos un tono psicológico maestro, y fue muy influyente en otros escritores rusos como Bunin y Zoshchenko, y en escritores ingleses como William Somerset Maugham. Mi programa comenzaba por una frase que se mantiene todavía: "Antón Chéjov era un gran escritor".


Ahora, adelantándose a la celebración de los 100 años de su muerte, se publican varias biografías y nuevas colecciones de sus cuentos y el gran éxito teatral del año fue la puesta en escena de sus Tres hermanas. Chéjov está bien vivo en el teatro y con la publicación de su antología de cuentos tempranos su nombre está en todas las revistas y páginas literarias.

Una antología, The undiscovered Chekhov, ha coleccionado 51 cuentos de nuevo traducidos o traducidos ahora. Un Chéjov renovado y sus historietas son en realidad una introducción a la modernidad, y son una muestra temprana de la literatura del absurdo: Chéjov, una vez más un innovador del arte de narrar. Estas viñetas, sketches y falsas anécdotas pertenecen a la época en que Antón Chéjov firmaba ”Antocha Chejonte” y fue feliz.

Su importancia en el siglo XX no pudo ser mayor y ha influido no sólo en la literatura y en el teatro, sino también en el cine.

Antón Chéjov es el escritor ruso más vivo y su influencia se extiende también a este siglo XXI haciéndolo nuestro contemporáneo.


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